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domingo, 2 de marzo de 2014

Cataluña

Los grandes negocios en nuestro país siempre vienen precedidos de grandes declaraciones de amor a la patria. Los grandes disparates también, pero, bueno, a esto ya estamos bastante más acostumbrados. Los ministros franquistas fueron unos consumados maestros en la práctica de hacer caja tras profesar su profundo amor por el cerdo ibérico, la tortilla de patatas, la Virgen del Pilar, el Real Madrid, el brazo incorrupto de Santa Teresa y demás símbolos patrios, por lo que no resulta nada extraño que los políticos actuales - descendientes naturales de tan perspicaces mandatarios - hayan conseguido perfeccionar esta práctica hasta convertirla casi, casi en una disciplina artística. Los políticos nacionalistas, por ejemplo, lo bordan, los muy cabrones es que lo bordan, sobre todo los catalanes, por no hablar de los vascos, claro... Así cada vez que escucho a cualquiera de los muchos dirigentes de nuestro disparatado país manifestar su profundo sentimiento de amor al estado, la provincia, la ciudad, el caserío o la casa de putas que le viera nacer hago un rápido calculo mental de los cuartos que me van a quedar cuando este profundo sentimiento de amor se concrete en un nuevo tributo a pagar. Nunca falla. Tras unas cuantas sentidas declaraciones de amor patrio siempre hay un listo – estatal, autonómico o municipal - que pretende cobrarte hasta por respirar el aire que respiras.
Aunque resulte contradictorio, sobre todo teniendo en cuenta la situación económica de una notable mayoría de ciudadanos, parece ser que, atendiendo al discurso de ciertos dirigentes nacionalistas, lo único que tenemos son problemas de ricos. Nada grave, aunque desconcertante ya que no estamos habituados. No sabemos cuál es nuestra identidad. En fin... Los subsaharianos que asaltan nuestras vallas y a los que alegremente les recibimos con un variado surtido de disparos de balas de goma, no saben que nosotros no sabemos quiénes somos, pero bueno, para trabajar como temporeros en nuestros campos, albañiles en nuestras desmesuradas construcciones o traficantes en nuestros barrios bajos parece, no sé, como si les importara un rábano descubrir si, en realidad, somos una nación de naciones, una nación de nacionalidades o un burdel con pretensiones.
Tras más de treinta años de democracia constitucional estamos ahora en un proceso de cotidianas discusiones acerca de Cataluña y su encaje o desencaje en el Estado Español; podríamos estar en un periodo de reforestación, ilustración, regeneración hídrica, desarrollo tecnológico o investigación judicial que limitara la colosal corrupción urbanística que ha tenido lugar en nuestros ayuntamientos – atendiendo, sobre todo, a la urgente necesidad de proteger los escasísimos solares patrios que nos quedan -, pero no, estamos enredados, de nuevo, en cuestiones identitarias o sea en un interminable proceso de reformas de los estatutos de autonomía. Primero fue el mal llamado plan Ibarretxe, luego la reforma estatutaria aprobada por las cortes valencianas, más tarde la modificación del estatuto de Cataluña y ahora ya se verá. Vigilen su cartera. Aunque no sean catalanes. Vigílenla porque tras más de treinta años de democracia constitucional parece que nuestro país se encamina, fatalmente, hacia el modelo democrático italiano. Ya saben, mucho patriotismo, mucha palabrería, mucho sentimiento de profundísimo amor a las tradiciones, la familia, la virgen maría, las hortalizas locales y el equipo de fútbol del barrio, pero, eso sí, todo controlado por unas cuántas mafias que se dedican a hacer negocio aprovechándose de la ignorancia, la ingenuidad, las desmedidas emociones y el exceso de sentimentalismo que, durante años, siglos, civilizaciones casi enteras, nos ha caracterizado a los españolitos de a pie.

jueves, 9 de enero de 2014

Un Territorio Fronterizo

         
Cuando se pierde la juventud, cosa que sucede con una sorprendente facilidad, disminuye considerablemente el interés por eso que denominan las fiestas navideñas. No es culpa de nadie. Ni siquiera de Zapatero. Simplemente ocurre, como ocurren muchas otras cosas en la vida sin que intervenga para nada la voluntad de los hombres o de las mujeres; ocurre y uno no tiene más remedio que acostumbrarse a ello del mismo modo que termina acostumbrándose a la pérdida del pelo, la vista, la fé, la firmeza de los músculos o los amigos. Estas navidades, las de esta España retrotraida, ahora, por decreto ley, a la España del convento y el cuartel, los patios de vecindad, las sacristías y el potaje de garbanzos, discurren, como casi siempre, con mucho ruido, con los árboles de nuestras ciudades cubiertos de bombillas, los bares repletos, los niños desatados, los adolescentes pegando gritos por las calles y con un trasiego constante de personas entrando y saliendo de los centros comerciales cargados de turrones, camisas, corbatas, perfumes, cubertería, ipads y compactos que recopilan los grandes éxitos de Nino Bravo, Jacques Brel, los Cinco Bilbaínos, Lady Gaga o Von Karajan... Seguramente esto es así porque durante estas fechas descubrimos, no sin alivio, que todos los derechos contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos han terminado reduciéndose a uno: el derecho a comprar; derecho que en estos días de petardos, confettis, christmas, villancicos y multitudinarias borracheras, más que un derecho parece una obligación, casi un deber patrio, sobre todo si tenemos en cuenta que cuánto más consumamos más ayudamos a reactivar la maltrecha economía de nuestro maltrecho país...
Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar.

                           La Navidad es un terreno fronterizo. También es muchas otras cosas que tienen que ver con la religión, la infancia, la memoria culinaria y familiar, el consumismo o las agencias de publicidad, pero, fundamentalmente, es un territorio fronterizo. No solo entre el año que termina y el año que empieza, sino también entre lo que fuimos y lo que finalmente hemos llegado a ser.
                      Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar, las fotografías, breves, fugaces, de los instantes perdidos, su misterio, su caprichoso carrusel de palabras, de situaciones, de personas, etcétera, etcétera... Lo cierto es que el resultado de este recuento casi nunca genera demasiados entusiasmos, pero, en fin, lo bueno de estas fiestas es que entre petardo y petardo, mientras descorchamos una botella de champagne tras otra, cada año, no se sabe bien por qué, desde lo más profundo de nuestro actual desamparo siempre nos vuelve a crecer la disparatada esperanza de que en el próximo año no nos tomen por más tontos de lo que realmente somos, no juguemos tan solo a perder, no nos perdamos de vista tan facilmente, nos crezca el disminuido entusiasmo, no engordemos con solo entreabrir la puerta del frigorífico, no nos jodan tanto los patriotas y demás delincuentes y a ser posible - pero esto ya como auténtico milagro navideño – el presidente de este gobierno y sus secuaces emigren todos juntos, en alegre comandita, al islote de Perejil, a algún crater lunar, al Valle de los Caídos, o allá donde tengan a bien soportarles tanta incompetencia, tanto descaro, tanta mezquindad...

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Antonio Machado




                   Dos características esenciales, ambas muy poderosas, conforman la poética de Antonio Machado: la voluntad de ser un poeta en el tiempo, a la manera de Jorge Manrique, por ejemplo, y la circunstancia, involuntaria, por supuesto, de ser, en palabras de Josep Pla, "un hombre abrumado por el dolor".





Es una hermosa noche de verano. 

Tienen las altas casas 
abiertos los balcones 
del viejo pueblo a la anchurosa plaza. 
En el amplio rectángulo desierto, 
bancos de piedra, evónimos y acacias 
simétricos dibujan 
sus negras sombras en la arena blanca. 
En el cénit, la luna, y en la torre, 
la esfera del reloj iluminada. 
Yo en este viejo pueblo paseando 
solo, como un fantasma.







Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, 
así en la costa un barco, sin que al partir te inquiete. 
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; 
porque la vida es larga y el arte es un juguete. 
Y si la vida es corta 
y no llega la mar a tu galera, 
aguarda sin partir y siempre espera, 
que el arte es largo y, además, no importa. 






Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...

No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.






Este hombre del casino provinciano 
que vio a Carancha recibir un día, 
tiene mustia la tez, el pelo cano, 
ojos velados por melancolía; 
bajo el bigote gris, labios de hastío, 
y una triste expresión, que no es tristeza, 
sino algo más y menos: el vacío 
del mundo en la oquedad de su cabeza. 


Aún luce de corinto terciopelo 
chaqueta y pantalón abotinado, 
y un cordobés color de caramelo, 
pulido y torneado. 
Tres veces heredó; tres ha perdido 
al monte su caudal; dos ha enviudado. 



Sólo se anima ante el azar prohibido, 
sobre el verde tapete reclinado, 
o al evocar la tarde de un torero, 
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta 
la hazaña de un gallardo bandolero, 
o la proeza de un matón, sangrienta. 



Bosteza de política banales 
dicterios al gobierno reaccionario, 
y augura que vendrán los liberales, 
cual torna la cigüeña al campanario. 



Un poco labrador, del cielo aguarda 
y al cielo teme; alguna vez suspira, 
pensando en su olivar, y al cielo mira 
con ojo inquieto, si la lluvia tarda. 



Lo demás, taciturno, hipocondriaco, 
prisionero en la Arcadia del presente, 
le aburre; sólo el humo del tabaco 
simula algunas sombras en su frente. 



Este hombre no es de ayer ni es de mañana, 
sino de nunca; de la cepa hispana 
no es el fruto maduro ni podrido, 
es una fruta vana 
de aquella España que pasó y no ha sido, 
esa que hoy tiene la cabeza cana.






lunes, 16 de septiembre de 2013

Fascismo


En las sociedades desarrolladas de nuestro hemisferio occidental el fascismo es siempre una posibilidad. No tan remota como pudiera parecer. Una posibilidad que durante la década de los noventa, por ejemplo, impulsó la limpieza étnica en los Balcanes, incorporó un partido fascista al primer gobierno italiano de Berlusconi, propició la violencia de los cabezas rapadas contra los inmigrantes en Inglaterra, Alemania o Escandinavia y facilitó el inicial ascenso de Le Pen al segundo lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas del dos mil dos. Cuando determinados grupos humanos se creen en posesión de la verdad, se presentan ante la sociedad como víctimas y no consiguen sus propósitos mediante métodos democráticos, siempre existe la tentación fascista de enfundarse la camisa negra, colocarse una llamativa hebilla de plata en el cinturón, aclararse la garganta y con el pistolón en la mano proclamar a los cuatro vientos que hay que hacerse cargo de la situación, que ya no hay por qué escuchar más argumentos, más posiciones, más razonamientos, que las cosas se van a enderezar sin necesidad alguna de parlamentos, elecciones, diputaciones y demás zarandajas democráticas... Esta es la actitud suicida que propició que durante las primeras décadas del siglo pasado se extendieran por Europa los movimientos totalitarios que culminaron con las dos desastrosas guerras mundiales.

En la actualidad los movimientos fascistas están creciendo de nuevo en Europa debido, a mi juicio, a la crisis económica y social, al descenso del poder adquisitivo, el aumento del paro y la pobreza, al racismo, al imparable desprestigio de una clase política copada por los más estúpidos de la manada, marcada por una corrupción casi, casi, institucionalizada y a una más que discutible política neoliberal. Muchas formaciones fascistas han experimentado un rápido e inesperado crecimiento, tanto electoral como social, como se ha podido comprobar en las ultimas elecciones celebradas tanto en Finlandia como en Francia. A menudo su éxito ha partido de pequeñas victorias locales que han servido para impulsarse, luego, a la totalidad del estado. Este progreso del fascismo en nuestro avejentado continente se ha plasmado en el crecimiento electoral de estos partidos como se puede comprobar en la actual composición del Parlamento europeo, por ejemplo, cuyo sistema electoral por circunscripciones grandes favorece su representación, donde pasaron de ocupar 19 a 35 escaños tras las elecciones de 2009.

La idea fascista del monolito, la idea totalitaria de que todos debemos ser como ellos, hoy la hallamos por todas partes, pero, atendiendo a lo que nos concierne, también se halla en muchos de los planteamientos nacionalistas que durante lustros llevan dándose en la vida politica, económica y social de nuestra dividida España. Los diferentes nacionalismos que conviven en nuestro estado están fundamentalmente basados en conceptos tan arbitrarios como la "autenticidad" – ya saben, esa constante retahila que tanto se repite de ¿quienes son los auténticos catalanes, los autenticos vascos, los auténticos gallegos o los auténticos españoles? -. Para todos estos nacionalismos los "auténticos" son unicamente quienes pertenecen a un grupo que tiene como señas de identidad las impuestas por los propios nacionalistas; aquellos que consideran que el grupo está por encima de cualquier derecho individual; quienes creen que su grupo es una víctima de la historia, que temen por su decadencia debido a los efectos corrosivos del liberalismo individual, las influencias extranjeras y la invasión de los emigrantes; aquellos que, en definitiva, consideran que su grupo tiene derecho a dominar a otros sin limitaciones de ninguna clase, tanto las que provienen de las leyes divinas como de las leyes humanas. Reminiscencias del fascismo, más o menos sutiles, pero reminiscencias. El sentimiento de pertenencia a un “pueblo oprimido”, como habitualmente se suelen presentar ante la sociedad nuestros partidos nacionalistas, puede, incluso, justificar cualquier disparate, ya sea discutir sobre la conveniencia o no de hacer desaparecer la bandera nacional de las instituciones públicas o sobre la necesidad de educar a nuestros descendientes tan solo en catalán, por ejemplo, o en vasco o en gallego... Lo cual llevado a sus últimas consecuencias explicaría por qué tantas veces algunos dirigentes nacionalistas del País Vasco, por ejemplo, trataron de justificar, comprender o minimizar los brutales destrozos causados por la última banda terrorista que opera en Europa. Para que este disparate no vuelva a suceder esta es la exigencia, a mi juicio, que nuestro estado democrático debe de reclamar de un modo inmediato a la coalición Bildu, heredera de lo que durante años fuera llamado - mal llamado, por cierto, - la izquierda abertzale: hasta que sus representantes, ampliamente elegidos en los últimos comicios electorales, no se desmarquen contundente, lapidaria e inequivocamente de ETA, la tentación del fascismo volverá a estar presente, de nuevo, en todos los pueblos y todas las ciudades de la complicada y castigada comunidad autónoma vasca.

jueves, 27 de junio de 2013

Misterio



             
En la historia de nuestras costumbres y de nuestra peculiar manera de entender el mundo, hay ciertas conductas sociales que nos son tan propias que se diría que las hemos inventado: hablar a gritos, por ejemplo, remover Roma con Santiago hasta conseguir que alguien de la familia meta la cabeza dentro de la administración pública, zanjar cualquier discusión con la legendaria retahíla de "no sabe usted con quién está hablando" o dejarnos los cuartos sobre la barra de cualquier bar apostando a ver quién la tiene más grande. Todas estas conductas nos son tan propias que me extraña que no se hayan reflejado en alguno de los articulos de nuestra constitución para así tratar de entendernos un poco mejor y no sorprendernos tanto a nosotros mismos, aunque, no sé, puestos a buscar una singularidad que realmente nos caracterice, tal vez en la constitución debería haberse reflejado esa costumbre tan nacional de pasarnos la vida hablando de lo que no sabemos: los periodistas y los políticos, por ejemplo, hablamos de todo sin saber de nada; los hombres de las mujeres como si estas hubieran venido al mundo con un manual de instrucciones; los que nunca han jugado al fútbol hablan de regates, saques de esquina y penaltis como si alguna vez hubieran empatado con Maradona y los curas, que es a lo que ibamos, llevan siglos gastando más saliva hablando de la familia, del matrimonio y del aborto que de lo que, supuestamente, saben y además están obligados a practicar; o sea de las bondades del celibato, el poder de la oración, el amor, no carnal, a nuestros semejantes, niños incluidos, y el misterio de la fé - tan arbitrario en la mayoría de las ocasiones que parece que se tratara, tan solo, de un juego de azar más...

              El misterio es para la religión lo que el secreto para el Estado: una zona inaccesible que rodea a Dios y a los dirigentes. Solo mediante ciertos ritos, algunos elegidos pueden penetrar en ese espacio secreto, recóndito, reservado... Se requieren juramentos, vestiduras, unguentos y palabras esotéricas para celebrar la ceremonia de iniciación y traspasar, así, al interior de ese enigmático espacio, aunque apenas franqueado el umbral de ese arcano los iniciados descubran que ese espacio sagrado esta lleno de delincuentes, en el caso del Estado, y de hombres perplejos ante la magnitud de su ignorancia, en el caso de la religión.




                           Dios, antes, en tiempos muy anteriores al vértigo y la angustia que las nuevas tecnologías le están proporcionando a nuestras vidas, estaba protegido por el rigor de toda esa liturgia, lo mismo que el Estado está protegido por el rigor de sus secretos. En realidad Dios nunca hubiera llegado a ser Dios sino hubiera sido por el misterio que le rodeaba; todo aquel oropel de cardenales renacentistas, columnatas de Bernini, oraciones susurradas en lenguas ya muertas, olor a incienso en las puestas en escena de las misas para celebrar festejos nacionales y los interminables funerales oficiados por una veintena de sacerdotes que habían estudiado canto gregoriano en los seminarios, pero la Iglesia Católica, Apostólica y Romana terminó de precipitarlo hacia la vulgaridad cuando abandonó el latin. A partir de entonces todos comprendimos que Dios tenía muchas preguntas que responder y que los depositarios de su palabra en este planeta, los curas, no se sabían las respuestas, ya que, en realidad, no eran más que unos pobres desgraciados, como nosotros, que solo trataban de adecuarse a los nuevos tiempos guardando la sotana en el armario, vistiendo pantalones tejanos, dejándose barba, viviendo en desordenados apartamentos, tratándonos como si fuéramos colegas de barrio y desenfundando la guitarra para cantar en la misa de doce, tras la lectura de las Sagradas Escrituras, canciones de Victor Jara, Maria Ostiz, los Chalchaleros, Quilapayun o Joan Baez. Seguramente la familia no necesite de la Iglesia para sobrevivir, pero sí del misterio. La realidad es demasiado vulgar como para soportarla sin tener una deidad, inaccesible, remota y misteriosa - sobre todo para una sociedad descomunalmente racionalista - a la que reclamarle un poquito, solo un poquito de por favor...

martes, 11 de junio de 2013

Ladrillos


En estos días que anteceden al verano, cuando la calor todavía no aprieta, realizar un viaje por los pueblos o las pequeñas ciudades de nuestra geografía nacional puede ser una buena oportunidad para desentenderse durante unos cuantos días del futbol, la televisión, el tedio, los índices de precios al consumo, las crecientres cifras del desempleo y la desoladora certeza de que tanto la derecha como la izquierda española aún consideran que el ejercicio de la política, en este antiguo reino de taifas ahora prósperamente reconvertido en un reino de mafias, tiene que semejarse, obligatoriamente, a una reyerta tabernaria entre distintos clanes gitanos. El viaje, además de balsámico e instructivo, también puede resultar aterrador: por todas partes uno, asombrado, no acierta a ver más que kilómetros y kilómetros de ladrillos que desfiguran comarcas enteras, convertidas ahora en muladares de hormigón que sustituyen a lo que en tiempo fueron hermosos litorales, bosques frondosos, arboledas que con sus anchas sombras y su rumor de hojas y de pájaros civilizaban el violento calor del verano. Durante el viaje, a poco que se haga sin más prisas que las propiciadas por el apetito culinario del viajero, no se contemplan más que las barbaridades que se están cometiendo en nombre del progreso quedando ya, apenas, ningún espacio de respeto y belleza que no esté amenazado por la negligencia de los políticos y por la codicia caníbal de los constructores. En algunas comarcas se está devorando el paisaje a dentelladas. Los territorios del sureste nacional, sobre todo, han sido masivamente colonizados por las empresas constructoras dejando tras de sí un rastro de litorales arrasados, playas sombreadas, hoteles descomunales, pueblos destruidos, manadas de turistas borrachos, murallas arquitectónicas alzadas sobre arenales de dominio público y polvorientos campos de golf que se abrasan bajo el silencioso resplandor de un sol hebraico. Todo ello con el beneplácito de las autoridades locales que como única disposición para ordenar su territorio reclaman continuos trasvases de agua, por ejemplo, como si el resto del país estuviera obligado a atender las necesidades provocadas por el demencial desarrollo demográfico que están propiciando; – según la mayoría de expertos dedicados a la investigación y el análisis de las cuestiones demográficas, parece claro que uno de los grandes desafíos de nuestro país para los próximos años es conseguir un modelo de ordenación y desarrollo territorial más equilibrado y sostenible que ponga fin al éxodo rural y a la desorbitada masificación costera y urbana que está superpoblando amplias zonas de la desértica, tórrida y arrasada vertiente mediterránea.

                  En países de democracias antiguas, laicas, prósperas y asentadas en largas tardes de lluvia, bostezos, abedules, chimeneas humeantes y una gastronomía sin demasiadas especias, los dirigentes políticos no arrastran masas, no levantan demasiadas pasiones y ni siquiera suelen ser muy conocidos. Me refiero a lugares como Suecia, Dinamarca, Finlandia, los Países Bajos o Noruega. Territorios condicionados por las bajas temperaturas donde los ciudadanos se saben administrados por hombres mediocres pero eficaces, aburridos pero honestos. En estas democracias los alcaldes de muchos de nuestros municipios – curiosamente también propietarios de las concejalías de urbanismo - hace ya tiempo que estarían a disposición judicial, aunque solo fuera por las disparatadas y demenciales urbanizaciones que han promovido en espacios protegidos, parques naturales, lindes costeros y arenales de dominio público, atentando no solo contra las normas más elementales de la estética sino también contra un mínimo de sentido común. Pero, en fin, ya se sabe, en los países de democracias más recientes, países, casi todos, consumidos por el sol, los curas, la corrupción y una tradicional pobreza, los dirigentes políticos parece que aún no han comprendido bien el funcionamiento de los estados democráticos, así que tienden a confundir lo público con lo privado; hablan mucho; se significan demasiado; mienten mal; se dan una importancia que para sí la hubiesen querido los faraones egipcios y son incapaces de disimular que, en realidad, no son más que unas tristes marionetas al servicio de quienes realmente gobiernan las recientes democracias. Y la verdad no creo que haga falta estudiar un Master en Dirección de Empresas Detectivescas en la prestigiosa agencia Pinkerton para averiguar quienes son los que realmente gobiernan lo que desde tiempo inmemorial se conoce como España.

                 La gente, en este país de virreyes autonómicos, está acostumbrada a protestar por cuestiones sentimentales. Ya saben, por todas esas cosas que se discuten en las reuniones familiares o en las cenas de fin de semana con los colegas; o sea, por las bodas de los homosexuales, las supuestas bondades de los santos patrones parroquiales, la calidad metereológica de la aldea donde reside o por sus preferencias futbolísticas, culinarias, taurinas, paisajísticas, etcetera, etcetera.... Todas estas cuestiones sentimentales, de trascendental importancia para el devenir de la humanidad, siempre han preocupado mucho a los ciudadanos de este país. Estos mismos ciudadanos, sin embargo, no suelen mover un músculo cuando los constructores que nos gobiernan arrasan sus comarcas, desfiguran sus pueblos, destrozan su patrimonio histórico, taladran sus tímpanos con las hormigoneras o cuando los alcaldes de sus municipios no solo consienten este atropello sino que lo promueven. En los pueblos costeros, por ejemplo, las obras no cesan ni cuando los modestos contribuyentes disfrutamos - o padecemos, que eso nunca se sabe - de unos cuántos días de merecido descanso. El ruido es una constante. Las zanjas una propuesta deportiva. El polvo un bien nacional y la falta de consideración con el turista una patriótica tradición. Pero aún así la mayoría de los municipios, independientemente del partido político que los administre, pretenden vivir del turismo construyendo campos de golf en los secarrales, piscinas en las barranqueras, burdeles por todas partes y más y más urbanizaciones, más y más adosados, más y más edificios repletos de minúsculos apartamentos que, curiosamente, permanecerán vacíos durante más de diez meses al año. Magnífica manera, por cierto, de resolver el problema de la vivienda. En fin, todas las construcciones que el asombrado viajero contempla con desventura, construidas quedarán, así que nuestros desdichados descendientes, en el desdichado porvenir que les estamos preparando, si algo nos han de agradecer, seguro que será esta descomunal herencia de ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos y nada más.








viernes, 24 de mayo de 2013

Turistas



El mundo ha ido perdiendo poco a poco su variedad y hoy podríamos decir que por obra y gracia de la televisión, el cine, las aspirinas, los aviones, la coca-cola, las hamburguesas con doble de queso y los marines, todos los ciudadanos de este planeta nos comportamos, más o menos, de la misma manera. Una de las primeras cosas que percibes viajando por este sorprendente planeta es que en todos los mercados venden las mismas latas de refrescos, las mismas gorras de baseball y los mismos pantalones vaqueros. No es que esto me importe demasiado, pero lo cierto es que el libre comercio, el inmenso poder de las multinacionales y el turismo, o sea, el masivo traslado de individuos de terminal de aeropuerto en terminal de aeropuerto, no sólo ha limitado este intercambio de productos comerciales sino que también está terminando – no sé si para bien o para mal, que esto siempre es relativo - con las peculiaridades sicológicas que antes diferenciaban a las razas, los pueblos, las comarcas y los continentes. El mundo se ha globalizado tanto que dudo mucho que las sociedades actuales contengan diferencias notorias unas de otras. Los países cada vez se parecen más. Los individuos tienen las mismas o parecidas costumbres y los medios de comunicación informan en todas partes de las mismas chorradas, las mismas catástrofes y los mismos cotilleos. Con todo esto, cada vez me parece más difícil distinguir a unas sociedades de otras del modo simplista que antes calificaba a los franceses, por ejemplo, de avarientos, a los italianos de histriónicos, a los ingleses de borrachos, a los alemanes de cabezas cuadradas, a los estadounidenses de ingenuos y a los españoles de jodidamente envidiosos. Aún así, todavía hay sutiles diferencias que pueden apreciarse si uno, además de disponer del tiempo suficiente, se toma la molestia de observar el comportamiento de los distintos individuos que deambulan por este planeta atendiendo a una cuestión, tan arbitraria y tan caprichosa, como es el lugar procedencia; o dicho de otra manera, a pesar del pensamiento único todavía hay una marca de nacimiento que condiciona nuestro carácter, algunos de nuestros hábitos, bastante de nuestras nostalgias y parte de nuestra conducta.

En cualquier lugar de este desquiciado planeta un español, por ejemplo, es inmediatamente reconocido por el elevado volumen de su voz. También por esa tendencia natural que tenemos para hablar de nosotros mismos concediéndonos demasiada importancia, discutir de fútbol en los bares como si la vida nos fuera en ello o utilizar expresiones malsonantes cada vez que tratamos de recalcar nuestras convicciones más profundas – en el supuesto, claro está, de que todavía las tengamos -, pero con todo, considero, que aquello que verdaderamente nos caracteriza es nuestro elevado volumen de voz. En verano, por ejemplo, esta cualidad se hace tan patente que resulta del todo imposible pasearse por cualquier orilla sin escuchar los alaridos de los niños que chapotean en el agua, las recriminaciones de las madres que los maleducan y las interjecciones groseras de los adolescentes que no saben como liberar tanta energía, tanto derroche, tanta líbido... Los extranjeros, por el contrario, suelen permanecer tumbados sobre la arena como mármoles castrados– sobre todo cuando no están bebidos – y se comportan como si la toda lluvia que han soportado durante el largo y tedioso invierno les hubiera proporcionado una ronquera definitiva.

En nuestro disparatado país hay extranjeros de todas las latitudes, pero los que más abundan son los alemanes y los británicos – si exceptuamos a todos aquellos que han acudido a nuestro país en calidad de trabajadores que no de turistas. Los primeros, los alemanes, acostumbran a pasar desapercibidos, pendientes tan solo del cuidado de sus chalets, de la cerveza importada que compran en los supermercados y de la meticulosa limpieza de sus Mercedes, sus Audis o sus Wolsvagen. Los británicos, por el contrario, suelen mostrarse bastante más sociables. Para explicar esta diferencia convendría recordar que el turismo, como todo el mundo sabe, fue inventado en Inglaterra. En el curso del siglo dieciocho, a los estudiantes ingleses de buena familia que tenían alguna posibilidad de hacer una carrera, los mandaban a hacer un viaje por el continente europeo que duraba uno o dos años. El viaje se hacía para aumentar la educación del muchacho y también para eliminar su rusticidad comarcal y nacional. A partir de entonces ningún país puede considerarse como lugar de turismo mientras no acudan a él los turistas británicos. Esto es algo que los italianos, por ejemplo, aprendieron hace ya muchos, muchos años y que a nosotros nunca nos ha interesado demasiado. No sé bien por qué pero las cosas son como son no como las muestra el ministerio de información y turismo, si es que todavía existe. De todas maneras durante una época - no muy lejana, por cierto - en España, la gente de pueblo, con la habitual percepción de quienes todavía no han perdido el contacto con la naturaleza, llamaba ingleses a todos los extranjeros que tenían la ocurrencia de alojarse durante una temporada en alguna de las pensiones, casas u hostales de la sierra granadina, el litoral mediterráneo o los pueblos encalados de la Andalucía más profunda.

No es que los británicos se caractericen por derrochar simpatía, sino que una vez que consiguen abandonar su tradicional actitud de individuos rígidos, distantes y reprimidos – casi siempre mediante la ingesta de alcohol – por educación, siempre hacen el esfuerzo de pronunciar unas cuantas palabras en el idioma de los camareros que tan descuidadamente les atienden – “gracias, señor; cerveza grande, sí; mucho bueno; adiós luego hasta...”. De todas maneras, los ingleses, en los bares – cuando no están bebidos – adoptan generalmente una actitud estática, indiferente, casi despectiva, como si la fiesta no fuera con ellos. La mayoría de los que pululan por estos parajes acostumbran a beber solos, casi siempre al atardecer, después de haber pasado la tarde tostándose al sol como lagartijas. No parecen haber desarrollado el sentido gregario de los alemanes, que gustan de beber de un modo patriótico, sino que en su individualismo - tan característicamente insular, por otra parte – se sientan solos en cualquier mesa, encienden un cigarrillo, despliegan el “Daily Mirror” o el “Herald Tribune” del día anterior y beben el primer vaso de cerveza a tragos largos, ansiosos, pronunciados... Más tarde, tras degustar alguna ración de ensaladilla rusa y un par de huevos fritos con patatas, o en su defecto alguna infame fritura de pescado, cambian la cerveza por el whisky escocés – nunca irlandés – y dudan entre entablar conversación con el camarero o terminar el crucigrama del periódico. Conozco a un individuo, procedente de la ciudad de Manchester, que acostumbra a desarrollar este ritual vestido con una camiseta del Real Madrid. La que más utiliza es la que tiene el nombre de Cristiano Ronaldo inscrito en la espalda, pero también le he visto con la de Xabi Alonso y la del legendario Raul... Imagino que esta es la más manera más barata que el buen hombre ha encontrado para tratar de integrarse en las bárbaras costumbres de este bárbaro país. Dejando al margen esta anécdota, me parece que la llegada de turistas británicos a nuestro país depende de una cosa – bueno, de más de una, sobre todo si tenemos en cuenta nuestras carencias idiomáticas - pero fundamentalmente de que se encuentre en España como en las islas británicas (a no ser, claro, que sea uno de esos hooligan descerebrados que se dedica al turismo alcohólico); es decir, que disponga de un servicio hostelero que le hable en inglés, con un buen roast beef a la hora de almorzar, con su inevitable té de las cinco, con su periódico, con la retransmisión televisiva de sus equipos de fútbol y con su irremediable campo de golf. Esto es así porque a los británicos les gusta visitar otros países – por muy exóticos que sean - a condición siempre de encontrarse como en su casa.

      Los alemanes son otra cosa. Más que encontrarse en su casa siempre tratan de hallar las diferencias que hay entre el lugar que visitan y el perfecto orden del pueblo o la ciudad de donde proceden. Les gusta comparar. No sé si para reafirmarse en su supuesta condición de individuos más civilizados que nadie o por una cuestión de nostalgia, pero el caso es que lo comparan todo: el tamaño de las salchichas, el color de la cerveza, el diseño de los automóviles, los horarios... Los alemanes son metódicos, tan vagos como nosotros pero, eso sí, más metódicos, por eso tienen esa afición tan constante por sorprenderse – e incluso irritarse – por los caóticos horarios con los que los españoles nos manejamos. Esto del horario les preocupa mucho. En las paradas de autobús, por ejemplo, casi siempre es un alemán el que primero comienza a lamentarse por la tardanza del transporte público o por la indolencia con la que chofer apura el pitillo hasta el último momento sin abrir las puertas, sin expender el billete o sin dar una explicación lo suficientemente convincente de los horarios establecidos. La aspiración de un alemán no consiste en gobernarse, sino en que lo gobiernen el máximo posible – todo lo contrario de los españoles, por ejemplo -, por eso, el alemán, es tan partidario de los letreros donde les indican el horario de apertura y de cierre de la piscina de su urbanización, las barreras para acceder a los aparcamientos, las horas en que los niños pueden jugar al fútbol o la dirección por las que se accede al campanario de la iglesia... Los alemanes no entienden nuestras costumbres, pero esto tampoco les preocupa demasiado ya que lo que ellos vinnen buscando es la luz, la certeza de la luz, o sea, aquello que les han vendido: días de sol. Por eso las escasas veces que en nuestro país llueve durante dos días seguidos, los alemanes, refugiados en los bares, te miran extrañados, atónitos, demandándote, de inmediato, una explicación por lo que ellos consideran una inexplicable anomalía en el clima pactado. 

Julio Camba escribió en uno de sus brillantes artículos que los alemanes tienen como características principales, “la pesadez, la lentitud, la gravedad, la fuerza y una gran afición a la danza”. No he tenido la fortuna de ver a ningún teutón bailando – el espectáculo debe resultar escalofriante – pero la mayoría de los germanos que visitan estos parajes tiende a expresarse gravemente incluso cuando saludan. No es que se esfuercen mucho por hacerlo, sino que cuando no les queda más remedio, suelen pronunciar las palabras con la gravedad propia de quién recita las últimas voluntades de un difunto. Muchos de estos alemanes ocupan la mayor parte de su tiempo discutiendo con el hombre de mantenimiento de sus urbanizaciones por asuntos casi siempre de una lógica rutinaria, práctica, aplastante: cuestiones como la hora en la que el jardinero riega las plantas, la simetría de la pintura con la que se señaliza el aparcamiento, el entoldado de las terrazas, la poda de las palmeras, la limpieza de las alcantarillas... En realidad, más que discutir, matizan, demuestran, puntualizan... Todo aquello que no les entra en la cabeza, lo que no está perfectamente ordenado, medido, comprobado, les produce una inquietud similar a la que un británico sentiría si descubriera, de pronto, que la cocinera de turno no ha dispuesto para la cena ninguna legumbre cocida, ningún puré de patatas y ninguna clase de pudding; ni de guisantes, ni de pasas y ni siquiera el tradicional pudding de bistec y riñones.

Me parece que los alemanes carecen de capacidad para comprender las cosas fáciles. Según tengo comprobado, para que puedan entender las cosas hay que complicárselas mucho. Entonces, con una lentitud de oruga desanimada, el alemán carraspea, se rasca la cabeza, se ajusta las gafas a la nariz, estudia la cuestión minuciosamente y de pronto, sonriendo como un animal que estuviera a punto de devorar a su presa, termina comprendiendo. Lo británicos, por el contrario, no se molestan en comprender las cosas, simplemente las aceptan, se resignan a ellas; las disfruten o las padezcan no se toman la molestia de comprenderlas sino que las admiten; casi siempre con la frialdad que les caracteriza; limitándose, como mucho, a realizar algún comentario distante, casual, levemente sarcástico o levemente escéptico. Esta resignación, y las pésimas costumbres culinarias que han heredado, son, a mi juicio, los principales motivos por los que a lo largo de su existencia habitúan a mantenerse tan delgados.

Gordos y colorados, los alemanes casi siempre parecen satisfechos de sí mismos.
Esto es algo que los británicos jamás consiguen.
Ni hartos de ginebra.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Envejecer


   
En el camino hacia la vejez hay unas cuantas etapas claves que corresponden a los momentos en los que uno, sin querer, se da cuenta que se está haciendo viejo. Sin remedio. En los hombres la primera conciencia del paso del tiempo se produce alrededor de los cuarenta años. Un día, de pronto, viendo un partido de fútbol cualquiera a través de la televisión, caes en la cuenta que los futbolistas que corren sobre la hierba no son más que unos chavales. Hasta ese momento en tu memoria visual aún permanecía intacta la imagen de unos señores mayores que veías en los cromos que coleccionabas cuando eras niño. De repente esa imagen se hace añicos: aquellos admirados futbolistas que parecían tan mayores, tan remotos, en realidad no son más que unos críos a los que tú, cuarentón con barriga, entradas en el pelo y ahíto de cervezas, patatas fritas y pizza recalentada, doblas en edad. Este es el primer aviso. Luego con el imparable transcurrir de los años, te sorprendes diciendo y haciendo lo que decían y hacían tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, a los nuevos músicos, a los nuevos escritores o a los nuevos pintores que tratan de hacerse un hueco en el complicado mercado del arte y haciendo saber a tus amigos que todo aquello que te molesta – una feroz minifalda apenas vislumbrada en la calle, por ejemplo, una motocicleta con el tubo de escape trucado o una ruidosa y multitudinaria manifestación callejera – debería de estar terminantemente prohibido. Esa es otra señal inequívoca de que el tiempo no se ha detenido y de que así, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, estás logrando alcanzar, no sin esfuerzo, la edad de tus abuelos.

            Hay otras señales, más sutiles, menos contundentes – la pérdida del coraje, por ejemplo, la repentina cobardía del corazón, la larguísima duración de las resacas, el habitual dolor de espalda con que te despiertas todas las mañanas, etcétera, etcétera - pero todas estas señales no hacen sino recordarte que en este disparatado mundo no hay más certeza que la huída del tiempo. Esa es la auténtica maldición biblíca. No el trabajo, sino la huída del tiempo, ya que entre otras cosas, el trabajo, actualmente, más que una maldición es, sin lugar a dudas, uno de los dones más preciados con que te pueden bendecir los dioses.

          La vida la puedes dedicar a acumular fortuna utilizando a los demás como un medio no como un fin – ya que esta es, practicamente, la única manera de hacerse rico - o a perseguir cualquier otra forma de inmortalidad, ya sea escribiendo libros, plantando árboles, procreando hijos o haciéndote todas las operaciones de cirugía estética que consideres necesarias para mantener un aspecto saludable hasta el mismo día de tu muerte, pero hagas lo que hagas, la vida siempre transcurrirá a una velocidad de vértigo. Siempre. Lo mismo da que lo aceptes con resignación cristiana o que te disfraces de Peter Pan tratando de disimular las arrugas, el cansancio y la barriga porque un día cualquiera, cuando menos lo esperes, te sorprenderás, de pronto, desconociendo los rostros de los futbolistas que conforman la alineación de tu equipo de futbol; diciendo y haciendo lo que decían y hacian tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, músicos, escritores o pintores que tratan de emerger en el complicado mundo del arte y comentando a tus amigos – si es que todavía los tienes – que determinado espéctaculo callejero debería de estar terminantemente prohibido. No entender por qué muchos de nuestros jóvenes acamparon, hace ya dos años, durante unas cuantas semanas en las plazas de nuestros pueblos y nuestras ciudades para reflexionar acerca de la sociedad que les ha tocado en suerte, reclamar una democracia real y mostrarnos su indignación con los politicos, los banqueros, la televisión, la Iglesia, los gurús tecnológicos, los contratos basura, la basura de los contratos, la especulación inmobiliaria, el deterioro del medio ambiente, las cifras macroeconómicas, los paraísos fiscales, la corrupcción institucionalizada, las privatizaciones encubiertas, los recortes de las prestaciones sociales, los medios de comunicación controlados por el poder financiero, el discurso estúpido de una realidad estúpida y carente de sentido y el frustrante desempleo como único horizonte vital, también es, a mi juicio, otra señal inequívoca de que uno, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, se ha hecho viejo; aunque, en este caso, no solo de cuerpo sino también de espiritu.

martes, 14 de mayo de 2013

Burócratas


La gente que en España quiere liquidar el Estado del bienestar vive a cuenta del Estado, tal vez porque España es un país de individualistas retribuidos por el Estado. Este es el carácter nacional. Lo mismo da que residas en la cuenca baja del Segura, en las tierras cántabras, en las laderas del sistema penibético o en las islas adyacentes porque lo que realmente define el carácter de un español es su capacidad para vivir a cuenta del Estado. Cierto que también tenemos otras características que nos distinguen del resto de los habitantes de este planeta – la manía de hablar a gritos, por ejemplo, - pero honradamente creo que aquello que mejor nos define es esta legendaria y sempiterna aspiración nacional por lograr que alguien de la familia se haga un hueco, como sea, dentro de la administración pública. Todo lo demás siempre nos ha parecido que son chorradas, o lo que es lo mismo intentos vanos de procurarse una vida, porque solo dentro de la red administrativa del Estado se garantiza la supervivencia de los individuos – o sea, de los funcionarios - mediante los sueldos, las dietas, los extras, las subvenciones, las gratificaciones, las bonificaciones, las pensiones, los retiros, las excedencias, los gastos de representación, etcétera, etcétera...

La burocracia en España ha aumentado considerablemente durante las últimas décadas, pero no se puede decir que haya mejorado en ningún sentido, tal vez porque el estado de las autonomías ha propiciado el gigantesco desarrollo de una institución donde predomina el enchufismo, la ineptitud, la dejadez y la resolución de los asuntos atendiendo a las tres categorías que el escritor ampurdanés Josep Pla estableciera: a) asuntos por resolver, b) asuntos que el tiempo resolverá y c) asuntos que el tiempo ya ha resuelto. 

La mayoría de las personas que hablan de reducir las prestaciones sociales, todos aquellos que diariamente se llenan la boca con la necesidad de liberalizar el mercado del trabajo, de limitar las asistencias de la sanidad pública, de restringir los derechos de los inmigrantes o de ampliar el tiempo cotizado para percibir las pensiones, reciben un salario por pertenecer a alguna de las numerosísimas administraciones públicas que coexisten dentro de nuestro insolidario estado de las autonomías: políticos, periodistas, técnicos, sacerdotes, secretarios, subsecretarios, todos, absolutamente todos tienen una opinión de cómo se debe organizar el Estado, aunque, curiosamente, todos viven a cuenta del Estado. España ha sido siempre así. O sea un disparate. O lo que es lo mismo un Estado descomunalmente burocrático donde la mayoría de los hombres y las mujeres han aspirado, siempre, a vivir de la riqueza nacional que el Estado distribuye entre los burócratas tras recaudar los tributos de los agricultores, los albañiles, los profesionales, las costureras, los empresarios o los pobres periodistas independientes que, sin tener demasiado conocimiento de nada ni de nadie, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a relatar obviedades como esta.