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miércoles, 15 de mayo de 2013

Envejecer


   
En el camino hacia la vejez hay unas cuantas etapas claves que corresponden a los momentos en los que uno, sin querer, se da cuenta que se está haciendo viejo. Sin remedio. En los hombres la primera conciencia del paso del tiempo se produce alrededor de los cuarenta años. Un día, de pronto, viendo un partido de fútbol cualquiera a través de la televisión, caes en la cuenta que los futbolistas que corren sobre la hierba no son más que unos chavales. Hasta ese momento en tu memoria visual aún permanecía intacta la imagen de unos señores mayores que veías en los cromos que coleccionabas cuando eras niño. De repente esa imagen se hace añicos: aquellos admirados futbolistas que parecían tan mayores, tan remotos, en realidad no son más que unos críos a los que tú, cuarentón con barriga, entradas en el pelo y ahíto de cervezas, patatas fritas y pizza recalentada, doblas en edad. Este es el primer aviso. Luego con el imparable transcurrir de los años, te sorprendes diciendo y haciendo lo que decían y hacían tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, a los nuevos músicos, a los nuevos escritores o a los nuevos pintores que tratan de hacerse un hueco en el complicado mercado del arte y haciendo saber a tus amigos que todo aquello que te molesta – una feroz minifalda apenas vislumbrada en la calle, por ejemplo, una motocicleta con el tubo de escape trucado o una ruidosa y multitudinaria manifestación callejera – debería de estar terminantemente prohibido. Esa es otra señal inequívoca de que el tiempo no se ha detenido y de que así, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, estás logrando alcanzar, no sin esfuerzo, la edad de tus abuelos.

            Hay otras señales, más sutiles, menos contundentes – la pérdida del coraje, por ejemplo, la repentina cobardía del corazón, la larguísima duración de las resacas, el habitual dolor de espalda con que te despiertas todas las mañanas, etcétera, etcétera - pero todas estas señales no hacen sino recordarte que en este disparatado mundo no hay más certeza que la huída del tiempo. Esa es la auténtica maldición biblíca. No el trabajo, sino la huída del tiempo, ya que entre otras cosas, el trabajo, actualmente, más que una maldición es, sin lugar a dudas, uno de los dones más preciados con que te pueden bendecir los dioses.

          La vida la puedes dedicar a acumular fortuna utilizando a los demás como un medio no como un fin – ya que esta es, practicamente, la única manera de hacerse rico - o a perseguir cualquier otra forma de inmortalidad, ya sea escribiendo libros, plantando árboles, procreando hijos o haciéndote todas las operaciones de cirugía estética que consideres necesarias para mantener un aspecto saludable hasta el mismo día de tu muerte, pero hagas lo que hagas, la vida siempre transcurrirá a una velocidad de vértigo. Siempre. Lo mismo da que lo aceptes con resignación cristiana o que te disfraces de Peter Pan tratando de disimular las arrugas, el cansancio y la barriga porque un día cualquiera, cuando menos lo esperes, te sorprenderás, de pronto, desconociendo los rostros de los futbolistas que conforman la alineación de tu equipo de futbol; diciendo y haciendo lo que decían y hacian tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, músicos, escritores o pintores que tratan de emerger en el complicado mundo del arte y comentando a tus amigos – si es que todavía los tienes – que determinado espéctaculo callejero debería de estar terminantemente prohibido. No entender por qué muchos de nuestros jóvenes acamparon, hace ya dos años, durante unas cuantas semanas en las plazas de nuestros pueblos y nuestras ciudades para reflexionar acerca de la sociedad que les ha tocado en suerte, reclamar una democracia real y mostrarnos su indignación con los politicos, los banqueros, la televisión, la Iglesia, los gurús tecnológicos, los contratos basura, la basura de los contratos, la especulación inmobiliaria, el deterioro del medio ambiente, las cifras macroeconómicas, los paraísos fiscales, la corrupcción institucionalizada, las privatizaciones encubiertas, los recortes de las prestaciones sociales, los medios de comunicación controlados por el poder financiero, el discurso estúpido de una realidad estúpida y carente de sentido y el frustrante desempleo como único horizonte vital, también es, a mi juicio, otra señal inequívoca de que uno, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, se ha hecho viejo; aunque, en este caso, no solo de cuerpo sino también de espiritu.

miércoles, 24 de abril de 2013

Eficacia




Mientras el planeta se dirige hacia un laberinto de corrupción, terrorismo, crímenes, guerras, escándalos, insultos, calumnias, abusos, fanatismos, deterioro del medio ambiente y demás fragilidades humanas, me parece que ya solo se puede aspirar a las cosas más simples: a que los trenes, por ejemplo, lleguen a su hora, a que las manzanas no sepan a calabaza, a que los locutores de televisión no tartamudeen cuando cuentan las muchas maravillas de este gobierno o a que el suelo del bar donde escribo estas breves líneas no esté cubierto de pringosas servilletas de papel, colillas, restos de tortilla de patatas o cáscaras vacías de mejillones. La educación que hemos recibido pretende que deseemos cosas de una manera continua, cualquier clase de cosas, coches, lámparas, zapatillas de tenis o turrones de chocolate, sin embargo es posible que para que este manirroto planeta recupere la cordura de una vez por todas, en lugar de pretender, todo consista en limitarse ya que, como decía una de las máximas más provechosas de Goethe, la felicidad es la limitación.

Un mínimo de eficacia. Esta es la religión a la que aspiro. O lo que es lo mismo, aspiro a que no me atropelle un coche en un paso cebra, a que no me vendan carne de caballo como si fuera solomillo de ternera o a que el médico de guardia no me haga esperar horas y horas en la antesala de su consulta para recetarme un analgésico caro, escaso y de dudosa eficacia. Las grandes verdades de este tiempo vienen casi siempre en la sección de los anuncios por palabras de los periódicos. Todo lo demás, por mucho ruido que produzca, no suele ser más que material para el próximo derribo.




No hay pretensión más realista que aquella que te procura un mínimo instante de vida, además las pretensiones desmesuradas no proporcionan más que disgustos, desengaños, decepciones; tanto para los pueblos como para las personas que las acometen. Los grandes ideales arrastran consigo demasiadas desventuras, demasiadas calamidades, así que lo oportuno es atenerse al plato de chipirones en su tinta que te metes entre pecho y espalda mientras conversas con alguien cercano de antiguos paisajes, remotos placeres, libros leídos o personas perdidas, o sea, de cuestiones mínimas pero consistentes. Cuando llueve lo propio es sentirse recompensado. Cuando hace sol acercarse hasta el parque para leer los anuncios por palabras de los periódicos sentados sobre cualquier banco; solos; bajo la templada sombra de cualquier nogal. Eso es todo. Una vez perdida la primera inocencia, no resulta difícil caer en la cuenta que todas las propuestas políticas - incluida la tan promocionada de la austeridad - tarde o temprano terminan convirtiéndose en un turbio asunto de codicia. Los ricos gobiernan desde la impunidad. La oposición ha desaparecido.