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jueves, 9 de enero de 2014

Un Territorio Fronterizo

         
Cuando se pierde la juventud, cosa que sucede con una sorprendente facilidad, disminuye considerablemente el interés por eso que denominan las fiestas navideñas. No es culpa de nadie. Ni siquiera de Zapatero. Simplemente ocurre, como ocurren muchas otras cosas en la vida sin que intervenga para nada la voluntad de los hombres o de las mujeres; ocurre y uno no tiene más remedio que acostumbrarse a ello del mismo modo que termina acostumbrándose a la pérdida del pelo, la vista, la fé, la firmeza de los músculos o los amigos. Estas navidades, las de esta España retrotraida, ahora, por decreto ley, a la España del convento y el cuartel, los patios de vecindad, las sacristías y el potaje de garbanzos, discurren, como casi siempre, con mucho ruido, con los árboles de nuestras ciudades cubiertos de bombillas, los bares repletos, los niños desatados, los adolescentes pegando gritos por las calles y con un trasiego constante de personas entrando y saliendo de los centros comerciales cargados de turrones, camisas, corbatas, perfumes, cubertería, ipads y compactos que recopilan los grandes éxitos de Nino Bravo, Jacques Brel, los Cinco Bilbaínos, Lady Gaga o Von Karajan... Seguramente esto es así porque durante estas fechas descubrimos, no sin alivio, que todos los derechos contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos han terminado reduciéndose a uno: el derecho a comprar; derecho que en estos días de petardos, confettis, christmas, villancicos y multitudinarias borracheras, más que un derecho parece una obligación, casi un deber patrio, sobre todo si tenemos en cuenta que cuánto más consumamos más ayudamos a reactivar la maltrecha economía de nuestro maltrecho país...
Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar.

                           La Navidad es un terreno fronterizo. También es muchas otras cosas que tienen que ver con la religión, la infancia, la memoria culinaria y familiar, el consumismo o las agencias de publicidad, pero, fundamentalmente, es un territorio fronterizo. No solo entre el año que termina y el año que empieza, sino también entre lo que fuimos y lo que finalmente hemos llegado a ser.
                      Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar, las fotografías, breves, fugaces, de los instantes perdidos, su misterio, su caprichoso carrusel de palabras, de situaciones, de personas, etcétera, etcétera... Lo cierto es que el resultado de este recuento casi nunca genera demasiados entusiasmos, pero, en fin, lo bueno de estas fiestas es que entre petardo y petardo, mientras descorchamos una botella de champagne tras otra, cada año, no se sabe bien por qué, desde lo más profundo de nuestro actual desamparo siempre nos vuelve a crecer la disparatada esperanza de que en el próximo año no nos tomen por más tontos de lo que realmente somos, no juguemos tan solo a perder, no nos perdamos de vista tan facilmente, nos crezca el disminuido entusiasmo, no engordemos con solo entreabrir la puerta del frigorífico, no nos jodan tanto los patriotas y demás delincuentes y a ser posible - pero esto ya como auténtico milagro navideño – el presidente de este gobierno y sus secuaces emigren todos juntos, en alegre comandita, al islote de Perejil, a algún crater lunar, al Valle de los Caídos, o allá donde tengan a bien soportarles tanta incompetencia, tanto descaro, tanta mezquindad...

martes, 15 de octubre de 2013

Jacques Brel





La ternura


Por un poco de ternura
Daría los diamantes
Que el diablo acaricia
En mis cofres de plata.
Por qué crees tu 
Que los marinos en el puerto
Vacían sus escarcelas
Para ofrecer tesoros
A falsas princesas.
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
Yo cambiaría de rostro
Cambiaría de ebriedad
Cambiaría de idioma.
Por qué crees tu 
Que en la cumbre de sus cantos
Emperadores y trovadores
Abandonan con frecuencia
Poderes y riquezas.
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
Te ofrecería el tiempo
Que queda de juventud
En el verano que termina.
Por qué crees tu 
Que asciende mi canción
Hacia el encaje claro
Que danza sobre tu frente
Inclinado hacia mi angustia.
Por un poco de ternura.


Orly

Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
La lluvia parece haberles
Soldado el uno al otro
Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
Y yo sé que ellos hablan
El debe decirle te quiero
Ella debe decirle te quiero
Yo creo que no van
A prometerse nada
Esos dos son demasiado delgados
Para ser deshonestos.

Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
Y bruscamente él llora
El llora a borbotones
Completamente rodeados
De gordos sudorosos
Y de devoradores de esperanza
Que les señalan con la nariz
Pero esos dos, desgarrados,
Espléndidos de tristeza
Abandonan a los perros
La hazaña de juzgarles.

La vida no hace regalos
Y por Dios que es triste Orly
Los domingos con o sin Becaud

Y ahora ellos lloran
Quiero decir los dos
Antes era él
Cuando yo decía "él"
Completamente pegados
Ya no oyen más
Que los sollozos del otro.
Y luego, y luego, infinitamente,
Como dos cuerpos que rezan
Infinitamente y lentamente
Esos dos cuerpos se separan
Y al separarse
Esos dos cuerpos se desgarran
Y yo os juro que gritan.

Y luego se retoman
Vuelven a ser uno sólo
Vuelven a ser el fuego
Y luego se redesgarran
Se retienen con los ojos
Y luego retrocediendo
Como el mar se retira
El consuma el adiós
Babea algunas palabras
Agita una vaga mano
Y huye bruscamente
Huye sin mirar atrás
Y luego desaparece
Engullido por la escalera.

La vida no hace regalos
Y por Dios que es triste Orly
Los domingos con o sin Becaud


Y ella, ella se queda allí
Corazón en cruz, boca abierta
Sin un grito, sin una palabra
Ella conoce su muerte
Ella acaba de cruzarla
He aquí que se vuelve
Y se vuelve otra vez
Sus brazos le llegan al suelo
Ya está: tiene mil años.

La puerta se ha cerrado
y se ha quedado ahí, sin luz,
Ella gira sobre ella misma
Y ya sabe que girará siempre.
Ella ha perdido hombres
Pero ahí, ahí, ha perdido el amor.
El amor, se le ha dicho,
o sea otra vez ahí lo inútil...
Ella vivirá proyectos
Que no harán sino esperar
y hela ahí otra vez frágil
Antes de derrumbarse.

Y yo estoy alli, yo la sigo
Sin atreverme a nada con ella
A la que la multitud mordisquea
Como a una fruta cualquiera.




El próximo amor


Por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
Será para mí la próxima derrota
Yo se ya al empezar la fiesta
La hoja muerta que será el amanecer
Yo se, yo sé sin saber tu nombre
Que seré tu próxima captura
Yo se ya que es por su murmullo
Que los estanques ponen los ríos en prisión.

Pero por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
No vivirá hasta el próximo verano
Yo se ya que el tiempo de los besos
Para dos caminos no dura más que una encrucijada
Yo se, yo se que esta próxima felicidad
Será para mí la próxima de las guerras
Yo se ya esa horrible oración
Que hay que llorar cuando el otro es el vencedor.

Pero por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
Será para nosotros vivir un nuevo reino
Del que creeremos ambos llevar cadenas
Del que creeremos que el otro tiene el terciopelo
Yo se, yo se que mi tierna debilidad
Hará de nosotros buques enemigos
Pero mi corazón sabe de buques enemigos
Partiendo juntos a pescar ternura.