Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Rajoy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Rajoy. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de enero de 2014

Un Territorio Fronterizo

         
Cuando se pierde la juventud, cosa que sucede con una sorprendente facilidad, disminuye considerablemente el interés por eso que denominan las fiestas navideñas. No es culpa de nadie. Ni siquiera de Zapatero. Simplemente ocurre, como ocurren muchas otras cosas en la vida sin que intervenga para nada la voluntad de los hombres o de las mujeres; ocurre y uno no tiene más remedio que acostumbrarse a ello del mismo modo que termina acostumbrándose a la pérdida del pelo, la vista, la fé, la firmeza de los músculos o los amigos. Estas navidades, las de esta España retrotraida, ahora, por decreto ley, a la España del convento y el cuartel, los patios de vecindad, las sacristías y el potaje de garbanzos, discurren, como casi siempre, con mucho ruido, con los árboles de nuestras ciudades cubiertos de bombillas, los bares repletos, los niños desatados, los adolescentes pegando gritos por las calles y con un trasiego constante de personas entrando y saliendo de los centros comerciales cargados de turrones, camisas, corbatas, perfumes, cubertería, ipads y compactos que recopilan los grandes éxitos de Nino Bravo, Jacques Brel, los Cinco Bilbaínos, Lady Gaga o Von Karajan... Seguramente esto es así porque durante estas fechas descubrimos, no sin alivio, que todos los derechos contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos han terminado reduciéndose a uno: el derecho a comprar; derecho que en estos días de petardos, confettis, christmas, villancicos y multitudinarias borracheras, más que un derecho parece una obligación, casi un deber patrio, sobre todo si tenemos en cuenta que cuánto más consumamos más ayudamos a reactivar la maltrecha economía de nuestro maltrecho país...
Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar.

                           La Navidad es un terreno fronterizo. También es muchas otras cosas que tienen que ver con la religión, la infancia, la memoria culinaria y familiar, el consumismo o las agencias de publicidad, pero, fundamentalmente, es un territorio fronterizo. No solo entre el año que termina y el año que empieza, sino también entre lo que fuimos y lo que finalmente hemos llegado a ser.
                      Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar, las fotografías, breves, fugaces, de los instantes perdidos, su misterio, su caprichoso carrusel de palabras, de situaciones, de personas, etcétera, etcétera... Lo cierto es que el resultado de este recuento casi nunca genera demasiados entusiasmos, pero, en fin, lo bueno de estas fiestas es que entre petardo y petardo, mientras descorchamos una botella de champagne tras otra, cada año, no se sabe bien por qué, desde lo más profundo de nuestro actual desamparo siempre nos vuelve a crecer la disparatada esperanza de que en el próximo año no nos tomen por más tontos de lo que realmente somos, no juguemos tan solo a perder, no nos perdamos de vista tan facilmente, nos crezca el disminuido entusiasmo, no engordemos con solo entreabrir la puerta del frigorífico, no nos jodan tanto los patriotas y demás delincuentes y a ser posible - pero esto ya como auténtico milagro navideño – el presidente de este gobierno y sus secuaces emigren todos juntos, en alegre comandita, al islote de Perejil, a algún crater lunar, al Valle de los Caídos, o allá donde tengan a bien soportarles tanta incompetencia, tanto descaro, tanta mezquindad...

sábado, 28 de septiembre de 2013

CHINA





Tal vez entre sus propósitos para el nuevo curso, además de fumar menos, hacer dieta, aprender inglés o apuntarse a un gimnasio cualquiera, tenga usted la pretensión de huir. No solo de sí mismo, que es lo más complicado, sino también de los recortes, la prima de riesgo, las tertulias radiofónicas, el desplome del euro, los partidos de fútbol del Barcelona contra el Real Madrij, las divergencias entre la Europa franco-alemana y el euroescepticismo de la gran Bretaña y las discusiones sobre la mucha o la poca capacidad del gobierno del mentiroso Mariano Rajoy para poner en marcha este antiguo reino de taifas ahora prósperamente reconvertido en un reino de mafias. Tal vez su propósito venga condicionado por la terca realidad y no tenga usted más pretensión que la de abandonar la localidad donde habitualmente reside ya que, como nos ha ocurrido en Santander, alguien, no se sabe bien quién, como, ni por qué, ha decidido paralizar toda actividad emprendedora dejándonos sin otro entretenimiento vital que la contemplación del descomunal paisaje que nos circunda. La tarea no es nada sencilla. Huir, sí, pero, ¿a dónde?. Es posible que la abrumadora información que usted diariamente recibe de traslados, vacaciones, vuelos baratos y viajes al extranjero le colapse el buen funcionamiento de las neuronas cerebrales y no sepa a donde dirigirse para desentenderse de las disputas identitarias, las catástrofes del telediario, los incomprensibles negocios de Iñaki Urdangarín, las apocalípticas profecías de los cientos de gurus económicos que nos asedian por todas partes y del desmoralizador desmoronamiento económico e institucional del Racing Club de Futbol. No se preocupe, para eso estamos, para ayudar en cuánto podamos.
Lo primero es saber que huir no resulta fácil ni barato. Las opciones son limitadas. Los paraísos terrenales no abundan. Los que había los han llenado de turistas que beben como poetas rusos desquiciados, hablan como comerciantes napolitanas, sudan como luchadores de sumo y calzan sandalias con calcetines blancos. Además los pocos que aún perduran tienen como propietarios a multimillonarios chiflados o no pueden nombrarse, en un intento – vano, supongo - de salvaguardarlos de la voracidad constructora de los constructores españoles.

        Lo segundo es persistir en su propósito. Ya se sabe, el que la sigue la consigue. Así que si usted persiste en huir y además en su huida pretende hacerse rico – pero rico de verdad, no como nuestros constructores que tuvieron que repartirse el botín con los alcaldes y concejales de los municipios que arrasaron – tiene usted que desplazarse a China. Ahí está el futuro. Los chinos no solo trabajan como chinos por un salario de mierda, sino que además durante los últimos doce años han ocupado el primer lugar entre los países en vías de desarrollo en la utilización efectiva de fondos exteriores, convirtiéndose de la noche a la mañana en el mercado mundial donde las ventas al por menor de artículos de consumo más crece; ademas, aparte de los productos de consumo básico, como alimentación, ropa y electrodomésticos, actualmente sectores como la automoción, los productos de marca y los artículos de lujo son cada vez más populares y más demandados en China. El fuerte crecimiento de la renta familiar, la rápida transformación de una economía basada en la agricultura a una economía industrial y el desarrollo de las clases medias pudientes ha provocado que los descendientes de la revolución cultural de Mao estén superando a los USA como consumidores. Así que no lo dude. Los chinos le comprarán cualquier cosa que usted quiera venderles y además también se la fabricarán sin venirle con leches de huelgas, prejubilaciones, prestaciones por desempleo, bajas por maternidad y otros derechos sociales. También es posible que usted no pretenda hacerse rico – de toda hay en la viña del señor – sino que en este nuevo curso tan solo ansíe huir de la vida que le está tocando transitar para dedicar todo su tiempo a practicar alguna de sus aficiones o de sus perversiones. En ese caso mas que aconsejarle, le deseo suerte y paciencia, mucha suerte y mucha paciencia, que esa es la receta que servidor, tal y como está de complicado el panorama, se aplica a si mismo para tratar de sobrevivir haciendo lo poco que sabe hacer para ganarse la vida, o sea, escribir, donde puede, de estas y otras banalidades...

lunes, 3 de junio de 2013

Insensateces



El mundo viaja a una velocidad que me cuesta seguir. Lo confieso. Las cosas no me duran. Las insensateces de María Dolores de Cospedal, por ejemplo, se me superponen en el cerebro a una velocidad vertiginosa, lo mismo que las canciones en la radio, los libros en el estante, los famosos en la televisión o las personas en el recuerdo. La lentitud es una conquista que he perdido. Lo sé. Lo mismo que ciertos derechos sociales ya que la consigna de este tiempo parece ser devorarlo todo a la mayor velocidad posible, no porque así esté grabado en las Sagradas Escrituras, sino para que todo pueda ser comprado, usado y tirado al igual que se hace con los chicles, la pasta dentífrica, los kleenex o el discurso inútil de los políticos que se han encontrado a sí mismos comiendo, cenando, merendando y hasta desayunando en los restaurante más lujosos del país... En este vertiginoso mundo de aviones supersónicos, satélites, trenes de alta velocidad y ordenadores de última generación, nadie sabe muy bien a donde va. Nadie. Ni siquiera Angela Merkel. Mucho menos Mariano Rajoy y su tropa de "iluminados". Pero por lo visto poco importa donde vayamos, el caso es ir a toda pastilla a través de un mundo donde cada vez van quedando menos cosas sólidas, estables, consistentes – que en este preciso instante recuerde, el fútbol, ciertos vinos de la Rioja, los pinchos de tortilla, las películas de Woody Allen y poco más -. 

Cierto que tarde o temprano todo desaparece. Todo. Hasta los dinosaurios. Pero en esta época, no sé, parece que todo tiende a desvanecerse demasiado precipitadamente, tanto la vida como la muerte, el aroma de las manzanas, los amigos, los matrimonios, la consistencia de las convicciones... 

La ventaja de los nacionalismos – de ahí su extraordinario auge, sobre todo en nuestro destrozado país - es que en un mundo donde nada permanece uno siempre puede aferrarse a una tradición, a una bandera, a una liturgia, en definitiva, a unas cuantas canciones de amor y salitre que se suelen entonar a los postres de abundantes y suculentas cenas. Pero eso es todo. Los demás, los que no hemos encontrado en este asqueroso mundo más nacionalismo que la buena salud de nuestros padres, nos aferramos a lo que buenamente podemos, o sea, al fútbol, a ciertos vinos de la Rioja, a los pinchos de tortilla, a las películas de Woody Allen y a las personas con las que uno, poco a poco, se va haciendo una vida en las mismas calles, casualmente, por las que María Dolores de Cospedal – dios nos asista - va meditando, ahora mismo, la próxima insensatez.