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martes, 11 de junio de 2013

Ladrillos


En estos días que anteceden al verano, cuando la calor todavía no aprieta, realizar un viaje por los pueblos o las pequeñas ciudades de nuestra geografía nacional puede ser una buena oportunidad para desentenderse durante unos cuantos días del futbol, la televisión, el tedio, los índices de precios al consumo, las crecientres cifras del desempleo y la desoladora certeza de que tanto la derecha como la izquierda española aún consideran que el ejercicio de la política, en este antiguo reino de taifas ahora prósperamente reconvertido en un reino de mafias, tiene que semejarse, obligatoriamente, a una reyerta tabernaria entre distintos clanes gitanos. El viaje, además de balsámico e instructivo, también puede resultar aterrador: por todas partes uno, asombrado, no acierta a ver más que kilómetros y kilómetros de ladrillos que desfiguran comarcas enteras, convertidas ahora en muladares de hormigón que sustituyen a lo que en tiempo fueron hermosos litorales, bosques frondosos, arboledas que con sus anchas sombras y su rumor de hojas y de pájaros civilizaban el violento calor del verano. Durante el viaje, a poco que se haga sin más prisas que las propiciadas por el apetito culinario del viajero, no se contemplan más que las barbaridades que se están cometiendo en nombre del progreso quedando ya, apenas, ningún espacio de respeto y belleza que no esté amenazado por la negligencia de los políticos y por la codicia caníbal de los constructores. En algunas comarcas se está devorando el paisaje a dentelladas. Los territorios del sureste nacional, sobre todo, han sido masivamente colonizados por las empresas constructoras dejando tras de sí un rastro de litorales arrasados, playas sombreadas, hoteles descomunales, pueblos destruidos, manadas de turistas borrachos, murallas arquitectónicas alzadas sobre arenales de dominio público y polvorientos campos de golf que se abrasan bajo el silencioso resplandor de un sol hebraico. Todo ello con el beneplácito de las autoridades locales que como única disposición para ordenar su territorio reclaman continuos trasvases de agua, por ejemplo, como si el resto del país estuviera obligado a atender las necesidades provocadas por el demencial desarrollo demográfico que están propiciando; – según la mayoría de expertos dedicados a la investigación y el análisis de las cuestiones demográficas, parece claro que uno de los grandes desafíos de nuestro país para los próximos años es conseguir un modelo de ordenación y desarrollo territorial más equilibrado y sostenible que ponga fin al éxodo rural y a la desorbitada masificación costera y urbana que está superpoblando amplias zonas de la desértica, tórrida y arrasada vertiente mediterránea.

                  En países de democracias antiguas, laicas, prósperas y asentadas en largas tardes de lluvia, bostezos, abedules, chimeneas humeantes y una gastronomía sin demasiadas especias, los dirigentes políticos no arrastran masas, no levantan demasiadas pasiones y ni siquiera suelen ser muy conocidos. Me refiero a lugares como Suecia, Dinamarca, Finlandia, los Países Bajos o Noruega. Territorios condicionados por las bajas temperaturas donde los ciudadanos se saben administrados por hombres mediocres pero eficaces, aburridos pero honestos. En estas democracias los alcaldes de muchos de nuestros municipios – curiosamente también propietarios de las concejalías de urbanismo - hace ya tiempo que estarían a disposición judicial, aunque solo fuera por las disparatadas y demenciales urbanizaciones que han promovido en espacios protegidos, parques naturales, lindes costeros y arenales de dominio público, atentando no solo contra las normas más elementales de la estética sino también contra un mínimo de sentido común. Pero, en fin, ya se sabe, en los países de democracias más recientes, países, casi todos, consumidos por el sol, los curas, la corrupción y una tradicional pobreza, los dirigentes políticos parece que aún no han comprendido bien el funcionamiento de los estados democráticos, así que tienden a confundir lo público con lo privado; hablan mucho; se significan demasiado; mienten mal; se dan una importancia que para sí la hubiesen querido los faraones egipcios y son incapaces de disimular que, en realidad, no son más que unas tristes marionetas al servicio de quienes realmente gobiernan las recientes democracias. Y la verdad no creo que haga falta estudiar un Master en Dirección de Empresas Detectivescas en la prestigiosa agencia Pinkerton para averiguar quienes son los que realmente gobiernan lo que desde tiempo inmemorial se conoce como España.

                 La gente, en este país de virreyes autonómicos, está acostumbrada a protestar por cuestiones sentimentales. Ya saben, por todas esas cosas que se discuten en las reuniones familiares o en las cenas de fin de semana con los colegas; o sea, por las bodas de los homosexuales, las supuestas bondades de los santos patrones parroquiales, la calidad metereológica de la aldea donde reside o por sus preferencias futbolísticas, culinarias, taurinas, paisajísticas, etcetera, etcetera.... Todas estas cuestiones sentimentales, de trascendental importancia para el devenir de la humanidad, siempre han preocupado mucho a los ciudadanos de este país. Estos mismos ciudadanos, sin embargo, no suelen mover un músculo cuando los constructores que nos gobiernan arrasan sus comarcas, desfiguran sus pueblos, destrozan su patrimonio histórico, taladran sus tímpanos con las hormigoneras o cuando los alcaldes de sus municipios no solo consienten este atropello sino que lo promueven. En los pueblos costeros, por ejemplo, las obras no cesan ni cuando los modestos contribuyentes disfrutamos - o padecemos, que eso nunca se sabe - de unos cuántos días de merecido descanso. El ruido es una constante. Las zanjas una propuesta deportiva. El polvo un bien nacional y la falta de consideración con el turista una patriótica tradición. Pero aún así la mayoría de los municipios, independientemente del partido político que los administre, pretenden vivir del turismo construyendo campos de golf en los secarrales, piscinas en las barranqueras, burdeles por todas partes y más y más urbanizaciones, más y más adosados, más y más edificios repletos de minúsculos apartamentos que, curiosamente, permanecerán vacíos durante más de diez meses al año. Magnífica manera, por cierto, de resolver el problema de la vivienda. En fin, todas las construcciones que el asombrado viajero contempla con desventura, construidas quedarán, así que nuestros desdichados descendientes, en el desdichado porvenir que les estamos preparando, si algo nos han de agradecer, seguro que será esta descomunal herencia de ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos y nada más.








miércoles, 17 de abril de 2013

Ley de Costas. Mafias


               Los dirigentes del Partido Popular consideran que aún no se han cometido bastante barbarides urbanísticas en nuestro litoral así que, tratando de devolver los favores a quienes les procuran la placentera vida que llevan, a saber, los constructores, están decididos a modificar la Actual Ley de Costas. Así lo relataba como noticia el digital de "El País" el pasado domingo: "Tres padres de la actual Ley de Costas, vigente desde 1988, ven en los cambios introducidos por el PP en esta norma una oportunidad clara para rellenar de cemento los pocos huecos que quedan en el litoral español. Los autores de la norma actual, creada durante un Gobierno socialista, advierten de que se está desprotegiendo una franja de 80 metros, casi la longitud mínima de un campo de fútbol, y que se abrirá la posibilidad de edificar muchos tramos de costa para usos residenciales que ahora no son edificables. Los guardianes de esta nueva oportunidad de negocio serán los Ayuntamientos, eso sí, con el control de las comunidades. Las novedades se han colado de forma sibilina en la reforma de la Ley de Costas, denominada proyecto de Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. " No importa que los medios de comunicación dediquen todos sus esfuerzos a relatarnos las peripecias de Barcenas, las chapuzas de Urdangarín o las catástrofes venideras anunciadas por un sin fin de prestigiosos economistas que fueron incapaces de vislumbrar la descomunal crisis economica en la que ya hace más de tres años que venimos chapoteando, lo que realmente está desintegrando la democracia española está íntimamente relacionado con lo que esta noticia relata: los poderes locales llevan muchos años controlados por mafias; mafias dedicadas al negocio de la construcción, aunque tampoco le hacen ascos al tráfico de drogas, dinero, armas, personas o al cada vez más próspero negocio de la prostitución.

         Las mafias arrasaron el país durante los años de la burbuja inmobiliaria. Literalmente. Los municipios - costeros, sobre todo, lindantes con grandes ciudades o con espacios protegidos por su singular belleza paisajística - fueron tomados por empresas constructoras de dudosa titularidad que no repararon en gastos para comprar la voluntad de los alcaldes, concejales, policías  jueces y demás representantes de los poderes públicos en su afán de recalificar terrenos y hacerse con todos las hectáreas de dominio público posibles. No fueron hechos casuales ni esporádicos. Tampoco figuraciones periodísticas. Lamentablemente fueron una constante en esa época de dinero barato, hipotecas, adosados, urbanizaciones residenciales y campos de golf, muchos, muchos campos de golf; época que al parecer los dirigentes del Partido popular quieren resucitar con la promulgación de las modificaciones en la Actual Ley de Costas.




           En nuestro país, hace ya mucho tiempo, que no hay ningún otro negocio, salvo tal vez el de la prostitución. Ningún otro. Los últimos gobiernos no hicieron carreteras, ni hospitales, ni institutos, ni industrias, no fomentaron el desarrollo tecnológico ni cuidaron nuestro riquísimo patrimonio cultural, se limitaron a crear las condiciones favorables para que las empresas constructoras se adueñasen de los ayuntamientos, con el propósito de recibir a cambio, eso sí, cantidades ingentes de dinero que mantengan perfectamente engrasada la poderosa maquinaria de propaganda de los partidos políticos. Las reformas estatutarias que tanto asustaron en su día fueron una broma en comparación con lo que sucedió en las instituciones del poder local - casualmente las que están más próximas a los ciudadanos. Todo eso modificó las costumbres nacionales, así que los jóvenes captaron el mensaje: para prosperar en nuestro país ya no resultaba necesario estudiar, ni investigar, ni trabajar, ni tan siquiera medrar, bastaba con especular con el solar patrio. Como habían hecho los listos. Ya saben, no creo que haga falta dar nombres. Lo demás, como supongo que los jóvenes de ahora ya se habrán dado cuenta, son ganas de engrosar las desoladoras cifras del desempleo o de perder el tiempo en trabajos de mierda por un puñetero salario de mierda.