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miércoles, 26 de junio de 2013

Miedo


Raymond Carver (1938 - 1988)...



Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso.



jueves, 11 de abril de 2013

Solos


                 

 Hace ya tiempo, en las letrinas de una vieja estación de ferrocarril, en un remoto pueblo de La Mancha castellana, me entretuve durante un buen rato leyendo la puerta de los retretes cubierta de graffitis grabados con navajas y restos de excrementos: los insultos habituales, ya se pueden ustedes imaginar; las consignas políticas pasadas de moda; las apreciaciones sexuales acerca de la madre de algún bastardo; varias propuestas de mamadas con los correspondientes números de teléfono... Entre todos los mensajes me llamó poderosamente la atención un número de teléfono seguido de la siguiente súplica: “me siento muy solo, no me importa si eres un asesino, por favor, llámame”. Tras cumplir con la urgentísima tarea que me había impulsado a entrar en aquellas letrinas, tentado estuve de llamar por teléfono al autor del mensaje, aunque solo fuera para hacerle el favor de asestarle un par de puñaladas en las ingles, pero, finalmente, decidí reemprender viaje hacia lo más profundo del mediterráneo en busca de mi propio asesino.


                   La vida, además de breve, absurda y cara, es una sucesión de compañías. Eso decían al menos los poetas románticos del diecinueve y los numerosísimos cantantes folkies estadounidenses que tanto se promocionaron durante el breve reinado de Kennedy I, el Sátiro. Pero en las ciudades que nos está tocando habitar, un porcentaje cada vez más elevado de la población vive sola, come sola, habla sola, discute sola con la televisión y sueña con los angelitos sola. En España el 20% de los hogares son ya unipersonales, según la última encuesta de población activa. Hay más de tres millones y medio de singles españoles; en 1991 no llegaban a 590.000. De todos los hogares creados en los últimos tres años, el 45% está formado por una sola persona. Es una tendencia creciente – en 2014 uno de cada cuatro hogares será unipersonal, según el Instituto de Política Familiar - y global ya que en la Europa Occidental este tipo de hogares llegan ya al 30% y en el mundo han pasado de 153,5 millones a 202,6 millones en apenas seis años. 




                Las revistas, los periódicos, los programas de televisión y las páginas más visitadas de la red constatan una y otra vez que en las grandes ciudades como Londres, París, Barcelona, Castro Urdiales o Nueva York lo que más crece es la cantidad de individuos que viven solos. La soledad es el privilegio y el negocio de la civilización occidental. En otras culturas, desde las chozas de Abisinia hasta el archipiélago de Jojo, se vive en la calle, todos juntos, revueltos, mezclados... Hay toda una aureola mística alrededor de la soledad, debido, sobre todo, a la penosa influencia que las telenovelas, la mala literatura y las estúpidas canciones de amor han tenido sobre amplios sectores de la población, pero la soledad auténtica, la impuesta, no es más que una minuciosa sucesión de fracasos. Las putas lo saben. No es que sean las únicas pero, bueno, según ellas, la mayoría de sus clientes puestos a lamentarse no se lamentan de otra cosa que de soledad. Basta tirarse una breve charleta con cualquiera de estas desventuradas profesionales para percibir que su negocio crece en la misma medida en que también crece la soledad del individuo contemporáneo - y para ser sinceros, su negocio, en nuestro disparatado país, está creciendo a un ritmo tan desmesurado que si sigue la tendencia actual seguro que acabaremos ocupando el primer puesto en el ranking mundial de "más putas por metro cuadrado"...

                 Hace ya tiempo, en otra época, la soledad se combatía conversando con quienes compartían la vivienda familiar, con el vecino, el portero, las visitas o con el sereno cuando, de madrugada, uno, mal que bien, regresaba al hogar tambaleándose de farola en farola. Todo eso pertenece al pasado. Mucho me temo que quienes más partido están sacando de nuestro aislamiento – los constructores, los gobiernos y por supuesto, las multinacionales que nos venden lavadoras, ordenadores, microondas, video consolas, reproductores de música, televisores, transistores y sexo virtual, mucho, mucho sexo virtual – nos están construyendo ciudades para la soledad; para cincuenta metros cuadrados, como mucho, de televisión, internet, silencio, luz eléctrica, ropa esparcida, comida a domicilio y soledad, mucha, mucha soledad... Tal vez por eso, a veces, en mitad de la noche, todavía me despierto, ligeramente inquieto, preguntándome si el autor de aquél mensaje, leído en las letrinas de una vieja estación de ferrocarril de un remoto pueblo de La Mancha castellana, habrá tenido suerte y habrá encontrado, por fin, a su asesino.




jueves, 4 de abril de 2013

Mandaos



No es que crea demasiado en eso de las generaciones pero, bueno, según consta en mi certificado de nacimiento, me parece que formo parte de la última generación que durante su infancia, adolescencia y primera juventud, obedeció, casi marcialmente, a sus padres. La misma generación que ahora, marcialmente, obedece a sus hijos. Según he podido comprobar a lo largo de mi biografía nunca hemos tenido ni demasiado carácter ni demasiadas creencias, de modo que nuestros hijos tampoco es que tuvieran que esforzarse demasiado para hacer con nosotros lo que han querido. Hemos hecho de todo, pero fundamentalmente hemos tenido que trabajar hasta el agotamiento para no frustrar las posibilidades de nuestros descendientes, dándoles, de paso, todo lo que nos han pedido: los mejores potitos, las mejores excusas, los mejores colegios, las mejores fiestas de cumpleaños, los mejores raquetas de padel, el coche más deslumbrante que había en el concesionario, en fin, de todo; de todo, eso sí, menos nuestra presencia... Seguramente, por eso, durante su infancia, no tuvimos el menor inconveniente en dejarlos al cuidado de nuestros padres o de admirables muchachas extremeñas, colombianas, argentinas o ecuatorianas, mientras nosotros procurábamos ganar todo dinero del mundo haciendo las horas extras que fueran necesarias, cerrando tratos comerciales en interminables almuerzos de trabajo, reuniéndonos con el asesor financiero para arrear algún que otro sartenazo en la bolsa o haciendo transbordos de un avión a otro para abrir mercados en el Perú, las Hurdes, el Matogrosso, el islote de Perejil o la Conchinchina.

Con nuestros padres, mal que bien, hemos hecho más o menos lo mismo. Tras el primer síntoma de demencia, halitosis, caspa seborreica o cansancio vital los hemos dejado solos o al cuidado de las admirables muchachas extremeñas, colombianas, argentinas o ecuatorianas. Eso sí, con el móvil bien ubicado en la mesilla de noche y las puntuales visitas de los domingos y otras fiestas de guardar para recabar información acerca de los parientes perdidos o enfermos. Eso los progenitores más afortunados, ya que según recientes estadísticas promulgadas por la ONG Solidarios para el Desarrollo, surgida en la Universidad Complutense de Madrid, en nuestro país hay más de ocho millones de personas mayores de sesenta y cinco años, de las cuales casi dos millones viven totalmente solas sin más cuidados que las que ellas mismas pueden procurarse. La cifra se triplica con la llegada del verano ya que muchas familias que, durante el año, atienden como buenamente pueden a sus progenitores, deciden tomarse, durante los meses estivales, vacaciones a tiempo completo en el cuidado de sus mayores a los que abandonan en sus casas, en los geriatricos, en los servicios de urgencia de los hospitales, en las gasolineras o en el descampado de algún centro comercial, que de todo hay en la viña del señor...


Nuestros hijos han crecido. No sé bien cómo, por qué, ni para qué, pero el caso es que han crecido. Durante todo este tiempo han desarrollado un lenguaje que apenas entendemos. Han encontrado unas aficiones que jamás hubiéramos supuesto. Se han habituado a mirarnos de arriba abajo como si sopesaran el verdadero alcance de nuestras debilidades y han decidido habitar la residencia familiar como si hace ya tiempo que hubieran tomado el mando. De este modo lo habitual, ahora, es toparse con sus interminables exigencias cada vez que regresamos al domicilio tras unas cuantas horas extras de faena, tras un interminable almuerzo de trabajo, tras una reunión con el asesor financiero o tras bajar de un avión transoceánico; eso sí, siempre con el tiempo justo, nuestras frustraciones a cuestas, los resentimientos intactos y todo el cansancio del mundo acumulado en la espalda, en el cuello, en la cabeza o en las infladas pelotas. Según consta en mi certificado de nacimiento formo parte de la última generación que durante su infancia, adolescencia y primera juventud, obedeció, casi marcialmente, a sus padres. La misma generación que ahora, marcialmente, obedece a sus hijos. O sea, en contra de lo que siempre habíamos supuesto, nosotros, los “liberados por el sexo, las drogas, el rock & roll y la transición democrática”, nunca hemos sido otra cosa que "unos mandaos".