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lunes, 16 de septiembre de 2013

Fascismo


En las sociedades desarrolladas de nuestro hemisferio occidental el fascismo es siempre una posibilidad. No tan remota como pudiera parecer. Una posibilidad que durante la década de los noventa, por ejemplo, impulsó la limpieza étnica en los Balcanes, incorporó un partido fascista al primer gobierno italiano de Berlusconi, propició la violencia de los cabezas rapadas contra los inmigrantes en Inglaterra, Alemania o Escandinavia y facilitó el inicial ascenso de Le Pen al segundo lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas del dos mil dos. Cuando determinados grupos humanos se creen en posesión de la verdad, se presentan ante la sociedad como víctimas y no consiguen sus propósitos mediante métodos democráticos, siempre existe la tentación fascista de enfundarse la camisa negra, colocarse una llamativa hebilla de plata en el cinturón, aclararse la garganta y con el pistolón en la mano proclamar a los cuatro vientos que hay que hacerse cargo de la situación, que ya no hay por qué escuchar más argumentos, más posiciones, más razonamientos, que las cosas se van a enderezar sin necesidad alguna de parlamentos, elecciones, diputaciones y demás zarandajas democráticas... Esta es la actitud suicida que propició que durante las primeras décadas del siglo pasado se extendieran por Europa los movimientos totalitarios que culminaron con las dos desastrosas guerras mundiales.

En la actualidad los movimientos fascistas están creciendo de nuevo en Europa debido, a mi juicio, a la crisis económica y social, al descenso del poder adquisitivo, el aumento del paro y la pobreza, al racismo, al imparable desprestigio de una clase política copada por los más estúpidos de la manada, marcada por una corrupción casi, casi, institucionalizada y a una más que discutible política neoliberal. Muchas formaciones fascistas han experimentado un rápido e inesperado crecimiento, tanto electoral como social, como se ha podido comprobar en las ultimas elecciones celebradas tanto en Finlandia como en Francia. A menudo su éxito ha partido de pequeñas victorias locales que han servido para impulsarse, luego, a la totalidad del estado. Este progreso del fascismo en nuestro avejentado continente se ha plasmado en el crecimiento electoral de estos partidos como se puede comprobar en la actual composición del Parlamento europeo, por ejemplo, cuyo sistema electoral por circunscripciones grandes favorece su representación, donde pasaron de ocupar 19 a 35 escaños tras las elecciones de 2009.

La idea fascista del monolito, la idea totalitaria de que todos debemos ser como ellos, hoy la hallamos por todas partes, pero, atendiendo a lo que nos concierne, también se halla en muchos de los planteamientos nacionalistas que durante lustros llevan dándose en la vida politica, económica y social de nuestra dividida España. Los diferentes nacionalismos que conviven en nuestro estado están fundamentalmente basados en conceptos tan arbitrarios como la "autenticidad" – ya saben, esa constante retahila que tanto se repite de ¿quienes son los auténticos catalanes, los autenticos vascos, los auténticos gallegos o los auténticos españoles? -. Para todos estos nacionalismos los "auténticos" son unicamente quienes pertenecen a un grupo que tiene como señas de identidad las impuestas por los propios nacionalistas; aquellos que consideran que el grupo está por encima de cualquier derecho individual; quienes creen que su grupo es una víctima de la historia, que temen por su decadencia debido a los efectos corrosivos del liberalismo individual, las influencias extranjeras y la invasión de los emigrantes; aquellos que, en definitiva, consideran que su grupo tiene derecho a dominar a otros sin limitaciones de ninguna clase, tanto las que provienen de las leyes divinas como de las leyes humanas. Reminiscencias del fascismo, más o menos sutiles, pero reminiscencias. El sentimiento de pertenencia a un “pueblo oprimido”, como habitualmente se suelen presentar ante la sociedad nuestros partidos nacionalistas, puede, incluso, justificar cualquier disparate, ya sea discutir sobre la conveniencia o no de hacer desaparecer la bandera nacional de las instituciones públicas o sobre la necesidad de educar a nuestros descendientes tan solo en catalán, por ejemplo, o en vasco o en gallego... Lo cual llevado a sus últimas consecuencias explicaría por qué tantas veces algunos dirigentes nacionalistas del País Vasco, por ejemplo, trataron de justificar, comprender o minimizar los brutales destrozos causados por la última banda terrorista que opera en Europa. Para que este disparate no vuelva a suceder esta es la exigencia, a mi juicio, que nuestro estado democrático debe de reclamar de un modo inmediato a la coalición Bildu, heredera de lo que durante años fuera llamado - mal llamado, por cierto, - la izquierda abertzale: hasta que sus representantes, ampliamente elegidos en los últimos comicios electorales, no se desmarquen contundente, lapidaria e inequivocamente de ETA, la tentación del fascismo volverá a estar presente, de nuevo, en todos los pueblos y todas las ciudades de la complicada y castigada comunidad autónoma vasca.

martes, 23 de julio de 2013

Los pobres


Hace unos cuántos años, antes de que la televisión se convirtiera en un miembro más de la familia – por lo general en el más escuchado – los pobres del mundo entero comían el mendrugo de pan, el arroz amargo o las patatas asadas del cuadro de Vincent Van Gogh sin que nada ni nadie les pasara constantemente por las narices todos los bogavantes, todas las lubinas, todas las piernas de cordero o todos los whiskies de 12 años que ellos no podían adquirir. Los pobres, entonces, además de piojos, hambre, hijos muertos y escasas posibilidades de ascender socialmente, tenían el consuelo de desconocer lo que ocurría a su alrededor, asi que llamaban señoritos a los hijos de los patronos, se emborrachaban los días de fiesta, escupían al suelo cuando los conspiradores de turno les hablaba de justicia social y acudían puntualmente a la iglesia para que los sacerdotes, desde el púlpito, les prometieran las recompensas del más allá, o sea el paraíso celestial, si seguían cumpliendo a rajatabla los mandamientos impuestos por el dios del Antiguo Testamento. Ignorantes, fatalistas, analfabetos, resignados y serviles – sobre todo antes de Lenin – durante todo esos años los pobres fueron cadaveres en las guerras, sirvientes o jornaleros en la paz y más que nada un requisito imprescindible de cualquier sociedad desarrollada para que los patronos pudieran ejercer con ellos el derecho de pernada y para que las damas de buenas familias pudieran poner en práctica eso tan entretenido de la caridad cristiana.

Las cosas han cambiado. Las mejoras en nuestro mundo occidental, a cien años vista, son más que considerables, pero tal vez la diferencia más significativa entre los pobres de ahora y los del pasado sea la información. Los de ahora disponen de la misma o parecida información que los ricos. Lo saben todo o casi todo: lo poco que cuesta la muerte y lo mucho que cuesta la vida. La televisión, principalmente, les mantiene al corriente de todo aquello que se puede obtener mediante el dinero: los viajes, los coches, las ensaladas de langostino y caviar, la salud, las viviendas con jardín adosado, los cuerpos danone, la impunidad, el respeto de los demás, etcetera, etcetera... No habiendo así más secretos que los que conciernen a la seguridad de los Estados, los pobres de esta época anhelan, en una lógica, justa e inevitable ambición, todo aquello que está expuesto en el escaparate de nuestra sociedad de consumo; es decir, los viajes, los coches, las ensaladas de langostino y caviar, la salud, las viviendas con jardín adosado, los cuerpos danone, la impunidad, el respeto de los demás, en definitiva, un estilo de vida que parece diseñado por las agencias de publicidad y que, en contra de lo que, durantes siglos, ha promulgado nuestra tradición catolica, no admite más paraísos que los inmediatos ni más recompensas que las que se obtienen mediante el dinero.


Este, en definitiva, es, a mi juicio, el tan cacareado "efecto llamada". El efecto que ha provocado que, actualmente, muchos de nuestros compatriotas estén molestos porque "nuestros pueblos y nuestras ciudades están repletas de inmigrantes". Según una encuesta realizada hace escasas semanas por el periódico International Herald Tribune un 77% de españoles es partidario del establecimiento de cuotas en el número de inmigrantes que entran en nuestro país y casí un 50% considera que hay demasiados inmigrantes en España que "entre otras cosas nos quitan el poco trabajo que hay". Pero, por más que nos empeñemos, y aunque debido a nuestra descomunal crisis económica el flujo de inmigrantes haya disminuido considerablemente, me sospecho que nos seguirán llegando. Nos seguirán llegando porque los pobres que aún no nos han arribado continúan recibiendo información de lo mucho que nos "divertimos" en nuestro paraíso occidental repleto de futbolistas millonarios, así que, como pobres sí son pero tontos no, tengo para mi que nos continuarán llegando de todos los confines: de los suburbios de las ciudades industriales o de las desérticas planicies del Africa negra; de Sudamerica, del Matogrosso, de la ruina de los países del este europeo o del largo y humillante desempleo. Nos llegarán para reclamar justicia o para redimirse mediante la violencia, porque, en contra de lo que la mayoría de los dirigentes políticos cree, el mundo no está gobernado por la democracia sino por la violencia, ya que, en una sociedad globalizada que mantiene tan grandes desigualdades sociales, la violencia, de un modo más o menos visible y de un modo más o menos sutil, siempre estará presente...

Por supuesto, nada de lo dicho es una justificación. Más bien es una profecía.

Ya saben, hay días en que uno, aburrido de sus propias limitaciones, se levanta, no sé, como crecido e, imbuido por el espiritu de Octavio Aceves, decide subirse a lo alto de una montaña y profetizar algo, ya que, después de todo, ¿a quién rinden cuentas tantos profetas como andan sueltos por ahí... ?.