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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Antonio Machado




                   Dos características esenciales, ambas muy poderosas, conforman la poética de Antonio Machado: la voluntad de ser un poeta en el tiempo, a la manera de Jorge Manrique, por ejemplo, y la circunstancia, involuntaria, por supuesto, de ser, en palabras de Josep Pla, "un hombre abrumado por el dolor".





Es una hermosa noche de verano. 

Tienen las altas casas 
abiertos los balcones 
del viejo pueblo a la anchurosa plaza. 
En el amplio rectángulo desierto, 
bancos de piedra, evónimos y acacias 
simétricos dibujan 
sus negras sombras en la arena blanca. 
En el cénit, la luna, y en la torre, 
la esfera del reloj iluminada. 
Yo en este viejo pueblo paseando 
solo, como un fantasma.







Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, 
así en la costa un barco, sin que al partir te inquiete. 
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; 
porque la vida es larga y el arte es un juguete. 
Y si la vida es corta 
y no llega la mar a tu galera, 
aguarda sin partir y siempre espera, 
que el arte es largo y, además, no importa. 






Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...

No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.






Este hombre del casino provinciano 
que vio a Carancha recibir un día, 
tiene mustia la tez, el pelo cano, 
ojos velados por melancolía; 
bajo el bigote gris, labios de hastío, 
y una triste expresión, que no es tristeza, 
sino algo más y menos: el vacío 
del mundo en la oquedad de su cabeza. 


Aún luce de corinto terciopelo 
chaqueta y pantalón abotinado, 
y un cordobés color de caramelo, 
pulido y torneado. 
Tres veces heredó; tres ha perdido 
al monte su caudal; dos ha enviudado. 



Sólo se anima ante el azar prohibido, 
sobre el verde tapete reclinado, 
o al evocar la tarde de un torero, 
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta 
la hazaña de un gallardo bandolero, 
o la proeza de un matón, sangrienta. 



Bosteza de política banales 
dicterios al gobierno reaccionario, 
y augura que vendrán los liberales, 
cual torna la cigüeña al campanario. 



Un poco labrador, del cielo aguarda 
y al cielo teme; alguna vez suspira, 
pensando en su olivar, y al cielo mira 
con ojo inquieto, si la lluvia tarda. 



Lo demás, taciturno, hipocondriaco, 
prisionero en la Arcadia del presente, 
le aburre; sólo el humo del tabaco 
simula algunas sombras en su frente. 



Este hombre no es de ayer ni es de mañana, 
sino de nunca; de la cepa hispana 
no es el fruto maduro ni podrido, 
es una fruta vana 
de aquella España que pasó y no ha sido, 
esa que hoy tiene la cabeza cana.






martes, 14 de mayo de 2013

Burócratas


La gente que en España quiere liquidar el Estado del bienestar vive a cuenta del Estado, tal vez porque España es un país de individualistas retribuidos por el Estado. Este es el carácter nacional. Lo mismo da que residas en la cuenca baja del Segura, en las tierras cántabras, en las laderas del sistema penibético o en las islas adyacentes porque lo que realmente define el carácter de un español es su capacidad para vivir a cuenta del Estado. Cierto que también tenemos otras características que nos distinguen del resto de los habitantes de este planeta – la manía de hablar a gritos, por ejemplo, - pero honradamente creo que aquello que mejor nos define es esta legendaria y sempiterna aspiración nacional por lograr que alguien de la familia se haga un hueco, como sea, dentro de la administración pública. Todo lo demás siempre nos ha parecido que son chorradas, o lo que es lo mismo intentos vanos de procurarse una vida, porque solo dentro de la red administrativa del Estado se garantiza la supervivencia de los individuos – o sea, de los funcionarios - mediante los sueldos, las dietas, los extras, las subvenciones, las gratificaciones, las bonificaciones, las pensiones, los retiros, las excedencias, los gastos de representación, etcétera, etcétera...

La burocracia en España ha aumentado considerablemente durante las últimas décadas, pero no se puede decir que haya mejorado en ningún sentido, tal vez porque el estado de las autonomías ha propiciado el gigantesco desarrollo de una institución donde predomina el enchufismo, la ineptitud, la dejadez y la resolución de los asuntos atendiendo a las tres categorías que el escritor ampurdanés Josep Pla estableciera: a) asuntos por resolver, b) asuntos que el tiempo resolverá y c) asuntos que el tiempo ya ha resuelto. 

La mayoría de las personas que hablan de reducir las prestaciones sociales, todos aquellos que diariamente se llenan la boca con la necesidad de liberalizar el mercado del trabajo, de limitar las asistencias de la sanidad pública, de restringir los derechos de los inmigrantes o de ampliar el tiempo cotizado para percibir las pensiones, reciben un salario por pertenecer a alguna de las numerosísimas administraciones públicas que coexisten dentro de nuestro insolidario estado de las autonomías: políticos, periodistas, técnicos, sacerdotes, secretarios, subsecretarios, todos, absolutamente todos tienen una opinión de cómo se debe organizar el Estado, aunque, curiosamente, todos viven a cuenta del Estado. España ha sido siempre así. O sea un disparate. O lo que es lo mismo un Estado descomunalmente burocrático donde la mayoría de los hombres y las mujeres han aspirado, siempre, a vivir de la riqueza nacional que el Estado distribuye entre los burócratas tras recaudar los tributos de los agricultores, los albañiles, los profesionales, las costureras, los empresarios o los pobres periodistas independientes que, sin tener demasiado conocimiento de nada ni de nadie, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a relatar obviedades como esta.

lunes, 22 de abril de 2013

Localistas


                            La tendencia a la aldea. El localismo. En esta tierra, tan castigada ahora por quienes aún no han entendido que el buen gobierno consiste en cohesionar a la sociedad no en dividirla y destrozarla, hay mucha gente que no tiene el más mínimo interés por nada que no sea su pueblo, que apenas habla de otra cosa, que viaja a disgusto, que no siente la menor curiosidad por aquello que ocurre más allá de su territorio y que tiende a concentrarse en el pueblo donde ha nacido o donde ha establecido favorablemente la residencia. Son los localistas. Los hombres y las mujeres que han decidido limitarse el mundo porque en el mundo no hay mejores zanahorias, mejores puestas de sol, guisantes tan bien redondeados o tormentas de verano tan espectaculares como las que su pueblo produce. En fin, todo esto acostumbra a ser siempre muy relativo, bastante banal y ciertamente infantil, pero lo curioso de estas personas es que nunca aceptan una crítica respecto a la excelencia de sus lechugas, de sus tascas, de sus árboles o de sus opiniones. No la aceptan porque la única conclusión que han sacado de esta desquiciada vida es que su pueblo es el mejor de los pueblos posibles, la quintaesencia de la belleza, del bienestar, de la perfección; en definitiva, la maravilla de las maravillas. 
 
    
Los localistas tienen un defecto bastante acusado: el de desorbitar sus sentimientos. Lo hinchan todo. Las patatas de su pueblo son las patatas más grandes del planeta, los tomates los más sabrosos, la leche de sus vacas la más saludable y los héroes locales los más valientes, los más aguerridos de la historia. Los localistas, con todo lo inofensivos que parecen, suelen ser los autores de casi todas las peleas que ha habido entre pueblos vecinos y nuestra historia, desgraciadamente, está plagada de riñas vecinales, garrotazos fronterizos, disputas pueblerinas y otros diversos rencores.


Josep Pla decía que somos un país de hambrientos, onanistas y perturbados. Tengo la impresión que con el paso de los años, además de hambrientos, onanistas y perturbados, también nos hemos convertido en un país de localistas. El estado de las autonomías ha generado muchísimos localistas. Muchísimos. Los políticos autonómicos descubrieron, hace ya tiempo, que para mantenerse en el poder debían fomentar la historia local en contraposición con la historia solidaria de España, pero no solo la historia sino también la cultura local, la danza, el deporte, los refranes, los juegos florales y las distintas maneras de preparar una paella. En definitiva, haciendo hincapié más en las diferencias que en las afinidades, los políticos autonómicos han terminado fomentado los localismos merced a la puesta en práctica de una política aldeana, corta de miras, demagógica y decididamente sentimental. Una política que nos ha situado donde ahora mismo estamos; o sea, en la total certeza de que los localistas, además de causar pena, son una de las cargas más pesadas que este bárbaro, ruidoso y trastornado país arrastra.



viernes, 5 de abril de 2013

Progreso





Siempre nos habían dicho que el progreso indefinido nos traería la paz, el bienestar general y la felicidad, pero con toda esta gente haciendo cola para comprarse tabletas de última generación, votando a una larguísima colección de políticos mentirosos, dándose de hostias por entrar en una discoteca cualquiera para reventarse el hígado con kalimotxos de garrafón y asistiendo en masa a los estrenos de violentísimas películas, uno acaba mostrándose bastante escéptico respecto a las teorías que nos decían que la felicidad de los pueblos y de los hombres radicaba en el progreso indefinido. Nuestros abuelos presenciaron inventos quizá mayores que los nuestros y nadie los libró de la barbarie, el salvajismo, las dictaduras y el aburrimiento. No es que uno no se haya dado cuenta que en un automóvil cualquiera, en menos de cuatro horas, puede plantarse en Cerezo de Arriba, sino que duda que este hecho pueda sustituir la violencia, el desconcierto y la debilidad natural del hombre por el optimismo que produce la velocidad; por la satisfacción que nos proporcionan la inmediatez de las cosas y el desarrollo hasta el infinito de todos los medios materiales.

Hemos progresado. No sé cuanto, pero no me cabe ninguna duda de que hemos progresado. Ahora, ya no hay escupideras en los rincones de las casas, ni moscas, ni bañeras instaladas en el interior de las cocinas. Ahora ya no hay infecciones que no se puedan remediar con antibióticos, ni cucarachas que no se exterminen con un buen insecticida. Pero aún así, con todo lo que esto tiene de mejora, no me parece que haya mucha diferencia entre nuestra mentalidad y la de nuestros antepasados.

El mundo de hoy es un mundo dominado por las cosas. Esa es la diferencia sustancial. Un mundo sometido por todo aquello que conforma el progreso material: los coches, los frigoríficos, los aviones, los ordenadores, las video consolas, los teléfonos... Es innegable que todos estos objetos nos hacen la vida más llevadera, menos incómoda, además de proporcionarnos numerosas ventajas con relación a nuestros antecesores – incluso sutiles placeres –, pero las ilusiones respecto a que este progreso material pudiera modificar de alguna manera la naturaleza humana, sospecho que hace ya tiempo que se desvanecieron. Como tantas otras cosas el progreso indefinido ha terminado por desilusionar, no solo a las asociaciones ecologistas, sino también a amplios sectores de la población menos concienciados. Pero, en fin, tampoco está todo perdido. Supongo que en muchos aspectos de la vida la eliminación de las ilusiones resulta saludable y positiva ya que, como escribiera Josep Pla, “las ilusiones hay que reservarlas para aliñar las pasiones del amor y humanizar la ironía, para hablar con los amigos, para simplificar la vida ...”