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martes, 9 de julio de 2013

Bilbainos


Estando tan cerca de Francia, apenas a hora u hora y media de carretera, siempre me he preguntado porque los bilbainos tenemos tan pocas cosas en común con los descendientes de Napoleón. Cierto que el cursi de Maurice Chevalier era francés pero bueno, si nos ponemos exquisitos tampoco es menos cierto que el disparatado de Sabino Arana era de Bilbao, así que lo comido por lo servido. Resulta curioso pero si se medita un instante en esto – en el supuesto de que se disponga de un instante para meditar en algo que no sea en el dinero, en la propia lujuria o en el acelerado deterioro mental de algunos de nuestros líderes políticos - uno no acierta a comprender porque todo dios se empeña en vivir como los estadounidenses, es decir, en un mundo a la americana y nadie, por ejemplo, quiere ser francés. Conozco en nuestra ciudad a individuos, aspirantes a poetas, sobre todo, que no le harían ascos a una procedencia británica – campestre, adinerada, alcoholizada y, por supuesto, de rancio abolengo - pero francesa, lo que se dice francesa, no conozco más que a una dependienta de unos grandes almacenes que se peina como Mirelle Mathieu, susurra como Francoise Hardy, te desprecia como Catherine Deneuve y piensa como Obelix.

Tengo la impresión que no es la proximidad, la cercanía o la vecindad de los pueblos la que actualmente nos influye sino la televisión, las películas, los juegos virtuales, el idioma de los ordenadores y las canciones de la radio. En definitiva, dado que el mundo del siglo XXI está en manos de los estadounidenses, todo cristo se comporta como si trabajara para la General Motors, viviera en un poblado del medio oeste, disfrutara comprando chorradas en los macro centros comerciales y estuviera liado con Mary Lou, John Doe o el pato Donald.


En un mundo dominado por el tedio tecnológico, la soledad y la desorientación generalizada, a veces, no muchas - los domingos, sobre todo, o la tarde de los jueves, que es cuando libra la criada - me pregunto en que demonios consistirá eso de ser bilbaíno: ¿en no ser vizcaíno?; ¿en ser seguidor del Athletic?; ¿en ser devoto de la Virgen de Begoña?; ¿en ser habitual de las tabernas de Somera, Licenciado Poza y Ledesma?. No tengo ni la más remota idea. Tampoco es que me vaya a suicidar por ello, pero sospecho que ser bilbaíno, en la actualidad, ya no tiene nada que ver con la legendaria tradición de las angulas, el poteo, las bilbainadas, los “Cinco Bilbaínos”, la herrumbrosa suciedad de la ría y los chistes de guipuzcoanos. Supongo que el Guggenheim nos ha transformado. Nos ha hecho, no sé, como más fotogénicos, más estilizados, menos toscos, más de diseño, casi, casi catalanes, pero, en fin, todo son opiniones, porque si ser bilbaíno también consiste en ejercer de alcohólico, prepotente, tragón, putero – la ciudad de España con más burdeles por m2 – y adicto a un régimen político hortera, aldeano, casposo, endogámico y singularmente clasista, un servidor, la verdad, preferiría haber nacido en la Conchinchina, en Reikjavik, en Guardamar del Segura e incluso, por huevos, en Torredolones.

miércoles, 26 de junio de 2013

Miedo


Raymond Carver (1938 - 1988)...



Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso.



miércoles, 29 de mayo de 2013

El fracaso


               
Los jovenes habitan el tiempo sin tener demasiado en cuenta la fragilidad, la fugacidad de las cosas, los frutos de cada estación, la decadencia física, los mundos fugitivos, todos esos breves instantes en los que como un liquido balsámico, anestesiante, uno se reconcilia con la mortalidad. El fracaso, de esta manera, es para los jóvenes solo una posibilidad remota o como mucho – sobre todo para los más instruidos – el pretexto que utilizara John Huston para realizar algunas de sus mejores películas como Fat city, El halcón maltes, Los muertos o El tesoro de Sierra Madre. Lo propio de la juventud es confiar en las propias fuerzas para comerse la vida a dentelladas, pero, "que la vida va en serio uno lo empieza a comprender más tarde; como todos los jóvenes yo vine a llevarme la vida por delante", que escribiera Jaime Gil de Biedma. Sin embargo lo lógico, lo habitual, es fracasar; lógico porque si algo condiciona la vida del hombre de una manera constante, casi cotidiana, eso es la impotencia, la imposibilidad. La imposibilidad, por ejemplo, para transcender más allá de su melancólica condición de ser mortal o la imposibilidad para recuperar los horas, el tiempo, los días perdidos. Los artistas, los grandes, han trabajado siempre condicionados por estos límites, de una manera consciente como Marcel Proust o de una manera inconsciente y desesperada como Vincent Van Gogh, Dylan Thomas, Malclom Lowry o Camarón de la Isla.

                   La moral del éxito, el triunfo material como meta, como único valor que puede justificar una vida es algo que está profundamente ligado a la cultura del american way of life o dicho de otra manera, la moral del éxito a no importa que precio es un producto tipicamente norteamericano lo mismo que las hamburguesas, la familia Kennedy, las teleseries para adolescentes con el encefalograma plano o la crema de cacahuete. Nuestro sistema educativo ha sido de las cosas que más rapidamente ha asimilado el american way of life, así, en los colegios, en las guarderías, en las universidades, en los masters cada vez más necesarios para llegar a jefe de tribu o para empolvarse correctamente la nariz, se compite con el único objetivo de obtener el triunfo material reduciendo todo conocimiento humano a su posible utilidad práctica, inmediata, productiva... Esta manera de entender la enseñanza conduce, inevitablemente, a la exaltación del dinero, a la vulgarización de la cultura, a la mitificación del consumo como único sentido de la existencia, dando lugar, en sus casos más extremos, a lo que ha venido ocurriendo en nuestro país durante la última decada: la profileración de ignorantes y corruptos, ya que si se nos educa teniendo como único objetivo la acumulación de bienes materiales, cualquier otro valor como la honestidad, la solidaridad, la vocación, el afán de conocimiento, el amor por el trabajo bien hecho, etcétera, etcétera, quedan relegados para los pobres de espiritu, los soñadores o los desgraciados que aún creen que otro mundo todavía es posible.


               Esto, además del aburrimiento tecnológico, es lo que ocupa el tiempo de los jóvenes durante los años que anteceden a su ingreso en el mercado del trabajo o lo que es lo mismo a su inscripción en las estadísticas del desempleo. Esta es la broma de la que son objeto y esto es lo que día a día se puede comprobar atendiendo al discurso puramente economicista de los periódicos, la televisión, los políticos, los tertulianos de la radio u observando la actitud vital de quienes lideran nuestro hemisferio occidental. Los jóvenes, el 50% que no encuentran trabajo, fracasando ahora ya saben, sin necesidad de leer a Marcel Proust, que como hombres están condicionados de una manera constante, casi cotidiana, por la impotencia, por la imposibilidad; la imposibilidad, en este caso, de desarrollar alguna actividad que les reporte, cuando menos, un mínimo beneficio material. El problema, con serlo, no es solo este. El problema también se inicia cuando los que perciben un salario – sobre todo si es un salario elevado – comienzan a creerse todo eso del triunfo material como meta, de la moral del éxito a no importa que precio, del triunfo material como único valor que puede justificar una vida, etcétera, etcetera.... Y me parece que en eso todavía estamos, viviendo unica y exlusivamente para nosotros mismos: los ricos para satisfacer su insaciable codicia y los pobres para que se conformen con el salario mínimo, la prestación del desempleo, los alcohólicos fines de semana, la carta a los Reyes Magos y mucho, mucho, mucho, muchísimo futbol televisado.

viernes, 24 de mayo de 2013

Turistas



El mundo ha ido perdiendo poco a poco su variedad y hoy podríamos decir que por obra y gracia de la televisión, el cine, las aspirinas, los aviones, la coca-cola, las hamburguesas con doble de queso y los marines, todos los ciudadanos de este planeta nos comportamos, más o menos, de la misma manera. Una de las primeras cosas que percibes viajando por este sorprendente planeta es que en todos los mercados venden las mismas latas de refrescos, las mismas gorras de baseball y los mismos pantalones vaqueros. No es que esto me importe demasiado, pero lo cierto es que el libre comercio, el inmenso poder de las multinacionales y el turismo, o sea, el masivo traslado de individuos de terminal de aeropuerto en terminal de aeropuerto, no sólo ha limitado este intercambio de productos comerciales sino que también está terminando – no sé si para bien o para mal, que esto siempre es relativo - con las peculiaridades sicológicas que antes diferenciaban a las razas, los pueblos, las comarcas y los continentes. El mundo se ha globalizado tanto que dudo mucho que las sociedades actuales contengan diferencias notorias unas de otras. Los países cada vez se parecen más. Los individuos tienen las mismas o parecidas costumbres y los medios de comunicación informan en todas partes de las mismas chorradas, las mismas catástrofes y los mismos cotilleos. Con todo esto, cada vez me parece más difícil distinguir a unas sociedades de otras del modo simplista que antes calificaba a los franceses, por ejemplo, de avarientos, a los italianos de histriónicos, a los ingleses de borrachos, a los alemanes de cabezas cuadradas, a los estadounidenses de ingenuos y a los españoles de jodidamente envidiosos. Aún así, todavía hay sutiles diferencias que pueden apreciarse si uno, además de disponer del tiempo suficiente, se toma la molestia de observar el comportamiento de los distintos individuos que deambulan por este planeta atendiendo a una cuestión, tan arbitraria y tan caprichosa, como es el lugar procedencia; o dicho de otra manera, a pesar del pensamiento único todavía hay una marca de nacimiento que condiciona nuestro carácter, algunos de nuestros hábitos, bastante de nuestras nostalgias y parte de nuestra conducta.

En cualquier lugar de este desquiciado planeta un español, por ejemplo, es inmediatamente reconocido por el elevado volumen de su voz. También por esa tendencia natural que tenemos para hablar de nosotros mismos concediéndonos demasiada importancia, discutir de fútbol en los bares como si la vida nos fuera en ello o utilizar expresiones malsonantes cada vez que tratamos de recalcar nuestras convicciones más profundas – en el supuesto, claro está, de que todavía las tengamos -, pero con todo, considero, que aquello que verdaderamente nos caracteriza es nuestro elevado volumen de voz. En verano, por ejemplo, esta cualidad se hace tan patente que resulta del todo imposible pasearse por cualquier orilla sin escuchar los alaridos de los niños que chapotean en el agua, las recriminaciones de las madres que los maleducan y las interjecciones groseras de los adolescentes que no saben como liberar tanta energía, tanto derroche, tanta líbido... Los extranjeros, por el contrario, suelen permanecer tumbados sobre la arena como mármoles castrados– sobre todo cuando no están bebidos – y se comportan como si la toda lluvia que han soportado durante el largo y tedioso invierno les hubiera proporcionado una ronquera definitiva.

En nuestro disparatado país hay extranjeros de todas las latitudes, pero los que más abundan son los alemanes y los británicos – si exceptuamos a todos aquellos que han acudido a nuestro país en calidad de trabajadores que no de turistas. Los primeros, los alemanes, acostumbran a pasar desapercibidos, pendientes tan solo del cuidado de sus chalets, de la cerveza importada que compran en los supermercados y de la meticulosa limpieza de sus Mercedes, sus Audis o sus Wolsvagen. Los británicos, por el contrario, suelen mostrarse bastante más sociables. Para explicar esta diferencia convendría recordar que el turismo, como todo el mundo sabe, fue inventado en Inglaterra. En el curso del siglo dieciocho, a los estudiantes ingleses de buena familia que tenían alguna posibilidad de hacer una carrera, los mandaban a hacer un viaje por el continente europeo que duraba uno o dos años. El viaje se hacía para aumentar la educación del muchacho y también para eliminar su rusticidad comarcal y nacional. A partir de entonces ningún país puede considerarse como lugar de turismo mientras no acudan a él los turistas británicos. Esto es algo que los italianos, por ejemplo, aprendieron hace ya muchos, muchos años y que a nosotros nunca nos ha interesado demasiado. No sé bien por qué pero las cosas son como son no como las muestra el ministerio de información y turismo, si es que todavía existe. De todas maneras durante una época - no muy lejana, por cierto - en España, la gente de pueblo, con la habitual percepción de quienes todavía no han perdido el contacto con la naturaleza, llamaba ingleses a todos los extranjeros que tenían la ocurrencia de alojarse durante una temporada en alguna de las pensiones, casas u hostales de la sierra granadina, el litoral mediterráneo o los pueblos encalados de la Andalucía más profunda.

No es que los británicos se caractericen por derrochar simpatía, sino que una vez que consiguen abandonar su tradicional actitud de individuos rígidos, distantes y reprimidos – casi siempre mediante la ingesta de alcohol – por educación, siempre hacen el esfuerzo de pronunciar unas cuantas palabras en el idioma de los camareros que tan descuidadamente les atienden – “gracias, señor; cerveza grande, sí; mucho bueno; adiós luego hasta...”. De todas maneras, los ingleses, en los bares – cuando no están bebidos – adoptan generalmente una actitud estática, indiferente, casi despectiva, como si la fiesta no fuera con ellos. La mayoría de los que pululan por estos parajes acostumbran a beber solos, casi siempre al atardecer, después de haber pasado la tarde tostándose al sol como lagartijas. No parecen haber desarrollado el sentido gregario de los alemanes, que gustan de beber de un modo patriótico, sino que en su individualismo - tan característicamente insular, por otra parte – se sientan solos en cualquier mesa, encienden un cigarrillo, despliegan el “Daily Mirror” o el “Herald Tribune” del día anterior y beben el primer vaso de cerveza a tragos largos, ansiosos, pronunciados... Más tarde, tras degustar alguna ración de ensaladilla rusa y un par de huevos fritos con patatas, o en su defecto alguna infame fritura de pescado, cambian la cerveza por el whisky escocés – nunca irlandés – y dudan entre entablar conversación con el camarero o terminar el crucigrama del periódico. Conozco a un individuo, procedente de la ciudad de Manchester, que acostumbra a desarrollar este ritual vestido con una camiseta del Real Madrid. La que más utiliza es la que tiene el nombre de Cristiano Ronaldo inscrito en la espalda, pero también le he visto con la de Xabi Alonso y la del legendario Raul... Imagino que esta es la más manera más barata que el buen hombre ha encontrado para tratar de integrarse en las bárbaras costumbres de este bárbaro país. Dejando al margen esta anécdota, me parece que la llegada de turistas británicos a nuestro país depende de una cosa – bueno, de más de una, sobre todo si tenemos en cuenta nuestras carencias idiomáticas - pero fundamentalmente de que se encuentre en España como en las islas británicas (a no ser, claro, que sea uno de esos hooligan descerebrados que se dedica al turismo alcohólico); es decir, que disponga de un servicio hostelero que le hable en inglés, con un buen roast beef a la hora de almorzar, con su inevitable té de las cinco, con su periódico, con la retransmisión televisiva de sus equipos de fútbol y con su irremediable campo de golf. Esto es así porque a los británicos les gusta visitar otros países – por muy exóticos que sean - a condición siempre de encontrarse como en su casa.

      Los alemanes son otra cosa. Más que encontrarse en su casa siempre tratan de hallar las diferencias que hay entre el lugar que visitan y el perfecto orden del pueblo o la ciudad de donde proceden. Les gusta comparar. No sé si para reafirmarse en su supuesta condición de individuos más civilizados que nadie o por una cuestión de nostalgia, pero el caso es que lo comparan todo: el tamaño de las salchichas, el color de la cerveza, el diseño de los automóviles, los horarios... Los alemanes son metódicos, tan vagos como nosotros pero, eso sí, más metódicos, por eso tienen esa afición tan constante por sorprenderse – e incluso irritarse – por los caóticos horarios con los que los españoles nos manejamos. Esto del horario les preocupa mucho. En las paradas de autobús, por ejemplo, casi siempre es un alemán el que primero comienza a lamentarse por la tardanza del transporte público o por la indolencia con la que chofer apura el pitillo hasta el último momento sin abrir las puertas, sin expender el billete o sin dar una explicación lo suficientemente convincente de los horarios establecidos. La aspiración de un alemán no consiste en gobernarse, sino en que lo gobiernen el máximo posible – todo lo contrario de los españoles, por ejemplo -, por eso, el alemán, es tan partidario de los letreros donde les indican el horario de apertura y de cierre de la piscina de su urbanización, las barreras para acceder a los aparcamientos, las horas en que los niños pueden jugar al fútbol o la dirección por las que se accede al campanario de la iglesia... Los alemanes no entienden nuestras costumbres, pero esto tampoco les preocupa demasiado ya que lo que ellos vinnen buscando es la luz, la certeza de la luz, o sea, aquello que les han vendido: días de sol. Por eso las escasas veces que en nuestro país llueve durante dos días seguidos, los alemanes, refugiados en los bares, te miran extrañados, atónitos, demandándote, de inmediato, una explicación por lo que ellos consideran una inexplicable anomalía en el clima pactado. 

Julio Camba escribió en uno de sus brillantes artículos que los alemanes tienen como características principales, “la pesadez, la lentitud, la gravedad, la fuerza y una gran afición a la danza”. No he tenido la fortuna de ver a ningún teutón bailando – el espectáculo debe resultar escalofriante – pero la mayoría de los germanos que visitan estos parajes tiende a expresarse gravemente incluso cuando saludan. No es que se esfuercen mucho por hacerlo, sino que cuando no les queda más remedio, suelen pronunciar las palabras con la gravedad propia de quién recita las últimas voluntades de un difunto. Muchos de estos alemanes ocupan la mayor parte de su tiempo discutiendo con el hombre de mantenimiento de sus urbanizaciones por asuntos casi siempre de una lógica rutinaria, práctica, aplastante: cuestiones como la hora en la que el jardinero riega las plantas, la simetría de la pintura con la que se señaliza el aparcamiento, el entoldado de las terrazas, la poda de las palmeras, la limpieza de las alcantarillas... En realidad, más que discutir, matizan, demuestran, puntualizan... Todo aquello que no les entra en la cabeza, lo que no está perfectamente ordenado, medido, comprobado, les produce una inquietud similar a la que un británico sentiría si descubriera, de pronto, que la cocinera de turno no ha dispuesto para la cena ninguna legumbre cocida, ningún puré de patatas y ninguna clase de pudding; ni de guisantes, ni de pasas y ni siquiera el tradicional pudding de bistec y riñones.

Me parece que los alemanes carecen de capacidad para comprender las cosas fáciles. Según tengo comprobado, para que puedan entender las cosas hay que complicárselas mucho. Entonces, con una lentitud de oruga desanimada, el alemán carraspea, se rasca la cabeza, se ajusta las gafas a la nariz, estudia la cuestión minuciosamente y de pronto, sonriendo como un animal que estuviera a punto de devorar a su presa, termina comprendiendo. Lo británicos, por el contrario, no se molestan en comprender las cosas, simplemente las aceptan, se resignan a ellas; las disfruten o las padezcan no se toman la molestia de comprenderlas sino que las admiten; casi siempre con la frialdad que les caracteriza; limitándose, como mucho, a realizar algún comentario distante, casual, levemente sarcástico o levemente escéptico. Esta resignación, y las pésimas costumbres culinarias que han heredado, son, a mi juicio, los principales motivos por los que a lo largo de su existencia habitúan a mantenerse tan delgados.

Gordos y colorados, los alemanes casi siempre parecen satisfechos de sí mismos.
Esto es algo que los británicos jamás consiguen.
Ni hartos de ginebra.

martes, 9 de abril de 2013

Recuerdo de Neruda

Un recuerdo al inmenso Neruda ahora que están exhumando su pobre cadáver.


           Lo contrario de un recitador de la talla de Pío Muriedas, rapsoda de procedencia bilbaína que  paso media vida declamando versos de insignes poetas por los tugurios de la capital cantabra, era Pablo Neruda – que declamaba sus propios versos con una monotonía insufrible – pero aún así ni siquiera el propio poeta chileno pudo disminuir la excelente calidad de sus poemas; sobre todo de los incluidos en su libro “Residencia en la tierra”. Este libro contiene, a mi juicio, todos los sustantivos, todas las imágenes de la nostalgia, todas las incidencias de la pasión amorosa - tanto las gozosas como aquellas que se padecen en soledad – como si se tratara de una larga letanía de cadáveres desenterrados, cuchillos, mujeres dormidas, cipreses huesudos, cenizas flotando y fotografías que tan solo amarillean cuando el whisky o la ginebra de la madrugada gotea sobre ellas. La primera lectura de este libro produce una impresión sobrecogedora, por eso resulta conveniente tenerlo abandonado durante una temporada en la parte más recóndita de la biblioteca, no vaya a ser que nos contagie la desesperación. Neruda era un vividor en el buen sentido de la palabra. Leyendo sus magníficas memorias, asombra la capacidad de este hombre para deambular por el planeta sin más equipaje que la lluvia, el alcohol, los ferrocarriles, las pipas humeantes de tabaco y los mascarones de proa que recuperaba de todos los barcos hundidos. Las mujeres, más que pertenecerle, parecen atravesarle hasta el fondo de las separaciones, quedando tras su paso algo parecido a una disciplina monacal que convenientemente distraía con racimos de uvas, eneasílabos, muelles, tabernas proletarias y largas horas tumbado sobre cualquier cama. Es indudable que el compromiso político que fue adquiriendo con el transcurrir de los años, restó hondura melancólica a su poesía pero no por eso disminuyó la calidad, aunque, eso sí, se obra hizo más industrial y menos artesana, más previsible y menos sorprendente. A mi modo de entender, a Neruda siempre le ha faltado un músico que acertara con la melodía de sus versos, dejando al margen el poderoso intento de Paco Ibañez, tan poco reconocido... De este modo las generaciones futuras tendrían más facilidad para acceder a su obra ya que, debido a la proliferación de máquinas que reproducen todo tipo de música, en este tiempo tan cantarín, todo lo que no se canta tiende a desvanecerse en el olvido lo mismo que los días felices, el aleteo de las mariposas o los radios rotos de una bicicleta abandonada, resquebrajada y recubierta de musgo.

          En fin, he aquí una pequeña muestra de su inmenso talento.





TANGO DEL VIUDO


OH Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún 
quejándome del trópico de los coolíes corringhis, 
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño 
y de los espantosos ingleses que odio todavía.

Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola! 
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios, 
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez 
tiro al suelo los pantalones y las camisas, 
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes. 
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde 
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.

Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares, 
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón, 
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora, 
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido, 
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración 
oída en largas noches sin mezcla de olvido, 
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo. 
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, 
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, 
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, 
y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,

substancias extrañamente inseparables y perdidas.

lunes, 8 de abril de 2013

Desempleo

La mayoría de las personas no hemos nacido para nada – salvo los banqueros, claro, que nacieron para estafarnos con nuestro propio dinero o los constructores españoles que nacieron para destrozar minuciosamente este país – pero las personas corrientes y molientes no hemos nacido para nada; bueno, para comer, procrear, dormir, beber, pagar impuestos, mirar escaparates, cruzar semáforos, comentar el clima en los ascensores y poco más. Lo cierto es que más allá de las facturas que pagamos y de las fotografías con las que tratamos, inútilmente, de fijar el tiempo, lo único que realmente se aprende en esta vida, si es que realmente se aprende algo, es que el instante lo es todo, por más que nos quieran hacer creer que tanto en el dolor como en el placer tenemos asegurada una proyección de futuro. Lo demás, todo lo demás, no son más que ratos de espera, muebles que crujen, móviles que suenan, cigarrillos que se apuran para entretener las horas y canciones que se escuchan en las salas de espera o las tabernas mientras se aguarda a que fuera, en la calle, el sol pierda algo de su fiereza estival o deje, momentaneamente, de llover. El problema con el que el hombre siempre se ha topado desde que, según las Sagradas Escrituras, fue expulsado del paraíso terrenal, es que hacer con el tiempo, ¿continuar bebiendo?... Los habitantes de los países fríos – calvinistas, sajones y protestantes – tuvieron la brillante ocurrencia de inventar el trabajo como remedio a este deambular sin sentido que es la vida y desde entonces no hemos hecho más que talar toneladas de árboles, cavar zanjas, vender alfombras, transportar mercancías, tender puentes, destrozar paisajes, anotar asientos contables, emborronar pizarras con complicadas ecuaciones o escribir artículos como este.

El trabajo como soporte principal de la sociedad se instauró durante la “edad media”, pero fué durante la “edad moderna”, debido, sobre todo a la Reforma y a la propagación del calvinismo, cuando, sin contestación alguna, se constituyó lo que actualmente conocemos como la moral del trabajo. Pero como en este disparatado mundo no hay nada definitivo, salvo la muerte, claro, con el desmoronamiento de la sociedad industrial y la llegada del desempleo, o dicho de una manera más política y pomposamente correcta, con el advenimiento de la tan anhelada civilización del ocio, hete aquí que volvemos a plantearnos la eterna pregunta: ¿que hacer con el tiempo?, ¿continuar bebiendo?...
Hace ya muchos años, el, actualmente, poco recordado José Ortega y Gasset, advirtió que este era un asunto de complicada solución ya que según él: “El avance de la industrialización y de la maquinaria, unido al constante progreso de la legislación social, van a colocar al hombre medio en una situación inaudita: la de encontrar ante sí la mayor parte del día sin saber que hacer con ella; de suerte que después de siglo y medio en que se ha vivido obseso por el problema del trabajo, es decir, de que los hombres tuvieran menos quehacer forzoso, resuelto este problema surgirá con caracteres pavorosos el opuesto: el problema del ocio. La nueva y paradójica tarea consistirá en inventar quehaceres para la humanidad ociosa, es decir, idear ocupaciones gratas para el hombre enfermo de desocupación. Entonces se verá que si es difícil al hombre trabajar le resulta mucho más difícil divertirse”. Y en esas estamos, haciendo cualquier cosa, lo que sea, para mantenernos entretenidos, que es lo que tiene el descomunal desempleo con el que los proceres de la patria han tenido a bien obsequiarnos, que deja mucho tiempo libre para gastarlo de cualquier modo y manera; ya saben, mirando escaparates, por ejemplo, buscando en internet el Santo Grial, hablando todo el día de la crisis económica, visitando sucursales bancarias para darles la enhorabuena por su monumental estafa, dando vueltas y más vueltas de bazar chino en bazar chino buscando cualquier chorrada con la que distraernos el día, contemplando un partido de fútbol tras otro, comentando lo de Barcenas, la Mato y demás cuatreros, bebiendo como algunos de nuestros jovenes durante los fines de semana, o sea, hasta perder el conocimiento, etcetera, etcetera...