Estando tan
cerca de Francia, apenas a hora u hora y media de carretera, siempre
me he preguntado porque los bilbainos tenemos tan pocas cosas en común con los
descendientes de Napoleón. Cierto que el cursi de Maurice Chevalier
era francés pero bueno, si nos ponemos exquisitos tampoco es menos
cierto que el disparatado de Sabino Arana era de Bilbao, así que lo comido
por lo servido. Resulta curioso pero si se medita un instante en esto
– en el supuesto de que se disponga de un instante para meditar en
algo que no sea en el dinero, en la propia lujuria o en el acelerado
deterioro mental de algunos de nuestros líderes políticos - uno no
acierta a comprender porque todo dios se empeña en vivir como los
estadounidenses, es decir, en un mundo a la americana y nadie, por
ejemplo, quiere ser francés. Conozco en nuestra ciudad a individuos,
aspirantes a poetas, sobre todo, que no le harían ascos a una
procedencia británica – campestre, adinerada, alcoholizada y, por
supuesto, de rancio abolengo - pero francesa, lo que se dice
francesa, no conozco más que a una dependienta de unos grandes
almacenes que se peina como Mirelle Mathieu, susurra como Francoise
Hardy, te desprecia como Catherine Deneuve y piensa como Obelix.
Tengo la
impresión que no es la proximidad, la cercanía o la vecindad de los
pueblos la que actualmente nos influye sino la televisión, las
películas, los juegos virtuales, el idioma de los ordenadores y las
canciones de la radio. En definitiva, dado que el mundo del siglo XXI
está en manos de los estadounidenses, todo cristo se comporta como
si trabajara para la General Motors, viviera en un poblado del medio
oeste, disfrutara comprando chorradas en los macro centros
comerciales y estuviera liado con Mary Lou, John Doe o el pato
Donald.
En un mundo
dominado por el tedio tecnológico, la soledad y la desorientación
generalizada, a veces, no muchas - los domingos, sobre todo, o la
tarde de los jueves, que es cuando libra la criada - me pregunto en
que demonios consistirá eso de ser bilbaíno: ¿en no ser vizcaíno?;
¿en ser seguidor del Athletic?; ¿en ser devoto de la Virgen de
Begoña?; ¿en ser habitual de las tabernas de Somera, Licenciado
Poza y Ledesma?. No tengo ni la más remota idea. Tampoco es que me
vaya a suicidar por ello, pero sospecho que ser bilbaíno, en la
actualidad, ya no tiene nada que ver con la legendaria tradición de
las angulas, el poteo, las bilbainadas, los “Cinco Bilbaínos”,
la herrumbrosa suciedad de la ría y los chistes de guipuzcoanos.
Supongo que el Guggenheim nos ha transformado. Nos ha hecho, no sé,
como más fotogénicos, más estilizados, menos toscos, más de
diseño, casi, casi catalanes, pero, en fin, todo son opiniones,
porque si ser bilbaíno también consiste en ejercer de alcohólico,
prepotente, tragón, putero – la ciudad de España con más burdeles por m2 –
y adicto a un régimen político hortera, aldeano, casposo,
endogámico y singularmente clasista, un servidor, la verdad,
preferiría haber nacido en la Conchinchina, en Reikjavik, en
Guardamar del Segura e incluso, por huevos, en Torredolones.
Los
jovenes habitan el tiempo sin tener demasiado en cuenta la
fragilidad, la fugacidad de las cosas, los frutos de cada estación,
la decadencia física, los mundos fugitivos, todos esos breves
instantes en los que como un liquido balsámico, anestesiante, uno se
reconcilia con la mortalidad. El fracaso, de esta manera, es para los
jóvenes solo una posibilidad remota o como mucho – sobre todo para
los más instruidos – el pretexto que utilizara John Huston para
realizar algunas de sus mejores películas como Fat city, El halcón
maltes, Los muertos o El tesoro de Sierra Madre. Lo propio de la
juventud es confiar en las propias fuerzas para comerse la vida a
dentelladas, pero, "que la vida va en serio uno lo empieza a
comprender más tarde; como todos los jóvenes yo vine a llevarme la
vida por delante", que escribiera Jaime Gil de Biedma. Sin
embargo lo lógico, lo habitual, es fracasar; lógico porque si algo
condiciona la vida del hombre de una manera constante, casi
cotidiana, eso es la impotencia, la imposibilidad. La imposibilidad,
por ejemplo, para transcender más allá de su melancólica condición
de ser mortal o la imposibilidad para recuperar los horas, el tiempo,
los días perdidos. Los artistas, los grandes, han trabajado siempre
condicionados por estos límites, de una manera consciente como
Marcel Proust o de una manera inconsciente y desesperada como Vincent
Van Gogh, Dylan Thomas, Malclom Lowry o Camarón de la Isla.
La
moral del éxito, el triunfo material como meta, como único valor
que puede justificar una vida es algo que está profundamente ligado
a la cultura del american way of life o dicho de otra manera, la
moral del éxito a no importa que precio es un producto tipicamente
norteamericano lo mismo que las hamburguesas, la familia Kennedy, las
teleseries para adolescentes con el encefalograma plano o la crema de
cacahuete. Nuestro sistema educativo ha sido de las cosas que más
rapidamente ha asimilado el american way of life, así, en los
colegios, en las guarderías, en las universidades, en los masters
cada vez más necesarios para llegar a jefe de tribu o para
empolvarse correctamente la nariz, se compite con el único objetivo
de obtener el triunfo material reduciendo todo conocimiento humano a
su posible utilidad práctica, inmediata, productiva... Esta manera
de entender la enseñanza conduce, inevitablemente, a la exaltación
del dinero, a la vulgarización de la cultura, a la mitificación del
consumo como único sentido de la existencia, dando lugar, en sus
casos más extremos, a lo que ha venido ocurriendo en nuestro país
durante la última decada: la profileración de ignorantes y
corruptos, ya que si se nos educa teniendo como único objetivo la
acumulación de bienes materiales, cualquier otro valor como la
honestidad, la solidaridad, la vocación, el afán de conocimiento,
el amor por el trabajo bien hecho, etcétera, etcétera, quedan
relegados para los pobres de espiritu, los soñadores o los
desgraciados que aún creen que otro mundo todavía es posible.
Esto,
además del aburrimiento tecnológico, es lo que ocupa el tiempo de
los jóvenes durante los años que anteceden a su ingreso en el
mercado del trabajo o lo que es lo mismo a su inscripción en las
estadísticas del desempleo. Esta es la broma de la que son objeto y
esto es lo que día a día se puede comprobar atendiendo al discurso
puramente economicista de los periódicos, la televisión, los
políticos, los tertulianos de la radio u observando la actitud vital
de quienes lideran nuestro hemisferio occidental. Los jóvenes, el
50% que no encuentran trabajo, fracasando ahora ya saben, sin
necesidad de leer a Marcel Proust, que como hombres están
condicionados de una manera constante, casi cotidiana, por la
impotencia, por la imposibilidad; la imposibilidad, en este caso, de
desarrollar alguna actividad que les reporte, cuando menos, un mínimo
beneficio material. El problema, con serlo, no es solo este. El
problema también se inicia cuando los que perciben un salario –
sobre todo si es un salario elevado – comienzan a creerse todo eso
del triunfo material como meta, de la moral del éxito a no importa
que precio, del triunfo material como único valor que puede
justificar una vida, etcétera, etcetera.... Y me parece que en eso
todavía estamos, viviendo unica y exlusivamente para nosotros
mismos: los ricos para satisfacer su insaciable codicia y los pobres
para que se conformen con el salario mínimo, la prestación del
desempleo, los alcohólicos fines de semana, la carta a los Reyes
Magos y mucho, mucho, mucho, muchísimo futbol televisado.
El
mundo ha ido perdiendo poco a poco su variedad y hoy podríamos decir
que por obra y gracia de la televisión, el cine, las aspirinas, los
aviones, la coca-cola, las hamburguesas con doble de queso y los
marines, todos los ciudadanos de este planeta nos comportamos, más o
menos, de la misma manera. Una de las primeras cosas que percibes
viajando por este sorprendente planeta es que en todos los mercados
venden las mismas latas de refrescos, las mismas gorras de baseball y
los mismos pantalones vaqueros. No es que esto me importe demasiado,
pero lo cierto es que el libre comercio, el inmenso poder de las
multinacionales y el turismo, o sea, el masivo traslado de individuos
de terminal de aeropuerto en terminal de aeropuerto, no sólo ha
limitado este intercambio de productos comerciales sino que también
está terminando – no sé si para bien o para mal, que esto siempre
es relativo - con las peculiaridades sicológicas que antes
diferenciaban a las razas, los pueblos, las comarcas y los
continentes. El mundo se ha globalizado tanto que dudo mucho que las
sociedades actuales contengan diferencias notorias unas de otras. Los
países cada vez se parecen más. Los individuos tienen las mismas o
parecidas costumbres y los medios de comunicación informan en todas
partes de las mismas chorradas, las mismas catástrofes y los mismos
cotilleos. Con todo esto, cada vez me parece más difícil distinguir
a unas sociedades de otras del modo simplista que antes calificaba a
los franceses, por ejemplo, de avarientos, a los italianos de
histriónicos, a los ingleses de borrachos, a los alemanes de cabezas
cuadradas, a los estadounidenses de ingenuos y a los españoles de
jodidamente envidiosos. Aún así, todavía hay sutiles diferencias
que pueden apreciarse si uno, además de disponer del tiempo
suficiente, se toma la molestia de observar el comportamiento de los
distintos individuos que deambulan por este planeta atendiendo a una
cuestión, tan arbitraria y tan caprichosa, como es el lugar
procedencia; o dicho de otra manera, a pesar del pensamiento único
todavía hay una marca de nacimiento que condiciona nuestro carácter,
algunos de nuestros hábitos, bastante de nuestras nostalgias y parte
de nuestra conducta.
En
cualquier lugar de este desquiciado planeta un español, por ejemplo,
es inmediatamente reconocido por el elevado volumen de su voz.
También por esa tendencia natural que tenemos para hablar de
nosotros mismos concediéndonos demasiada importancia, discutir de
fútbol en los bares como si la vida nos fuera en ello o utilizar
expresiones malsonantes cada vez que tratamos de recalcar nuestras
convicciones más profundas – en el supuesto, claro está, de que
todavía las tengamos -, pero con todo, considero, que aquello que
verdaderamente nos caracteriza es nuestro elevado volumen de voz. En
verano, por ejemplo, esta cualidad se hace tan patente que resulta
del todo imposible pasearse por cualquier orilla sin escuchar los
alaridos de los niños que chapotean en el agua, las recriminaciones
de las madres que los maleducan y las interjecciones groseras de los
adolescentes que no saben como liberar tanta energía, tanto
derroche, tanta líbido... Los extranjeros, por el contrario, suelen
permanecer tumbados sobre la arena como mármoles castrados– sobre
todo cuando no están bebidos – y se comportan como si la toda
lluvia que han soportado durante el largo y tedioso invierno les
hubiera proporcionado una ronquera definitiva.
En
nuestro disparatado país hay extranjeros de todas las latitudes,
pero los que más abundan son los alemanes y los británicos – si
exceptuamos a todos aquellos que han acudido a nuestro país en
calidad de trabajadores que no de turistas. Los primeros, los
alemanes, acostumbran
a pasar desapercibidos, pendientes tan solo del cuidado de sus
chalets, de la cerveza importada que compran en los supermercados y
de la meticulosa limpieza de sus Mercedes, sus Audis o sus Wolsvagen.
Los británicos, por el contrario, suelen mostrarse bastante más
sociables. Para explicar esta diferencia convendría recordar que el
turismo, como todo el mundo sabe, fue inventado en Inglaterra. En el
curso del siglo dieciocho, a los estudiantes ingleses de buena
familia que tenían alguna posibilidad de hacer una carrera, los
mandaban a hacer un viaje por el continente europeo que duraba uno o
dos años. El viaje se hacía para aumentar la educación del
muchacho y también para eliminar su rusticidad comarcal y nacional.
A partir de entonces ningún país puede considerarse como lugar de
turismo mientras no acudan a él los turistas británicos. Esto es
algo que los italianos, por ejemplo, aprendieron hace ya muchos,
muchos años y que a nosotros nunca nos ha interesado demasiado. No
sé bien por qué pero las cosas son como son no como las muestra el
ministerio de información y turismo, si es que todavía existe. De
todas maneras durante una época - no muy lejana, por cierto - en
España, la gente de pueblo, con la habitual percepción de quienes
todavía no han perdido el contacto con la naturaleza, llamaba
ingleses a todos los extranjeros que tenían la ocurrencia de
alojarse durante una temporada en alguna de las pensiones, casas u
hostales de la sierra granadina, el litoral mediterráneo o los
pueblos encalados de la Andalucía más profunda.
No
es que los británicos se caractericen por derrochar simpatía, sino
que una vez que consiguen abandonar su tradicional actitud de
individuos rígidos, distantes y reprimidos – casi siempre mediante
la ingesta de alcohol – por educación, siempre hacen el esfuerzo
de pronunciar unas cuantas palabras en el idioma de los camareros que
tan descuidadamente les atienden – “gracias, señor; cerveza
grande, sí; mucho bueno; adiós luego hasta...”. De todas maneras,
los ingleses, en los bares – cuando no están bebidos – adoptan
generalmente una actitud estática, indiferente, casi despectiva,
como si la fiesta no fuera con ellos. La mayoría de los que pululan
por estos parajes acostumbran a beber solos, casi siempre al
atardecer, después de haber pasado la tarde tostándose al sol como
lagartijas. No parecen haber desarrollado el sentido gregario de los
alemanes, que gustan de beber de un modo patriótico, sino que en su
individualismo - tan característicamente insular, por otra parte –
se sientan solos en cualquier mesa, encienden un cigarrillo,
despliegan el “Daily Mirror” o el “Herald Tribune” del día
anterior y beben el primer vaso de cerveza a tragos largos, ansiosos,
pronunciados... Más tarde, tras degustar alguna ración de
ensaladilla rusa y un par de huevos fritos con patatas, o en su
defecto alguna infame fritura de pescado, cambian la cerveza por el
whisky escocés – nunca irlandés – y dudan entre entablar
conversación con el camarero o terminar el crucigrama del periódico.
Conozco a un individuo, procedente de la ciudad de Manchester, que
acostumbra a desarrollar este ritual vestido con una camiseta del
Real Madrid. La que más utiliza es la que tiene el nombre de
Cristiano Ronaldo inscrito en la espalda, pero también le he visto
con la de Xabi Alonso y la del legendario Raul... Imagino que esta es
la más manera más barata que el buen hombre ha encontrado para
tratar de integrarse en las bárbaras costumbres de este bárbaro
país. Dejando al margen esta anécdota, me parece que la llegada de turistas
británicos a nuestro país depende de una cosa – bueno, de más de
una, sobre todo si tenemos en cuenta nuestras carencias idiomáticas - pero
fundamentalmente de que se encuentre en España como en las islas
británicas (a no ser, claro, que sea uno de esos hooligan descerebrados que se dedica al turismo alcohólico); es decir, que disponga de un servicio hostelero que le
hable en inglés, con un buen roast beef a la hora de almorzar, con
su inevitable té de las cinco, con su periódico, con la
retransmisión televisiva de sus equipos de fútbol y con su
irremediable campo de golf. Esto es así porque a los británicos les
gusta visitar otros países – por muy exóticos que sean - a
condición siempre de encontrarse como en su casa.
Los alemanes son otra cosa. Más
que encontrarse en su casa siempre tratan de hallar las diferencias
que hay entre el lugar que visitan y el perfecto orden del pueblo o
la ciudad de donde proceden. Les gusta comparar. No sé si para
reafirmarse en su supuesta condición de individuos más civilizados
que nadie o por una cuestión de nostalgia, pero el caso es que lo
comparan todo: el tamaño de las salchichas, el color de la cerveza,
el diseño de los automóviles, los horarios... Los alemanes son metódicos, tan vagos como nosotros pero, eso sí, más metódicos, por eso tienen esa afición tan constante
por sorprenderse – e incluso irritarse – por los caóticos
horarios con los que los españoles nos manejamos. Esto del horario
les preocupa mucho. En las paradas de autobús, por ejemplo, casi
siempre es un alemán el que primero comienza a lamentarse por la
tardanza del transporte público o por la indolencia con la que
chofer apura el pitillo hasta el último momento sin abrir las
puertas, sin expender el billete o sin dar una explicación lo
suficientemente convincente de los horarios establecidos. La
aspiración de un alemán no consiste en gobernarse, sino en que lo
gobiernen el máximo posible – todo lo contrario de los españoles,
por ejemplo -, por eso, el alemán, es tan partidario de los letreros
donde les indican el horario de apertura y de cierre de la piscina de
su urbanización, las barreras para acceder a los aparcamientos, las
horas en que los niños pueden jugar al fútbol o la dirección por
las que se accede al campanario de la iglesia... Los alemanes no
entienden nuestras costumbres, pero esto tampoco les preocupa
demasiado ya que lo que ellos vinnen buscando es la luz, la certeza
de la luz, o sea, aquello que les han vendido: días de sol. Por eso
las escasas veces que en nuestro país llueve durante dos días
seguidos, los alemanes, refugiados en los bares, te miran extrañados,
atónitos, demandándote, de inmediato, una explicación por lo que
ellos consideran una inexplicable anomalía en el clima pactado.
Julio Camba escribió en uno de sus brillantes artículos que los
alemanes tienen como características principales, “la pesadez, la
lentitud, la gravedad, la fuerza y una gran afición a la danza”.
No he tenido la fortuna de ver a ningún teutón bailando – el
espectáculo debe resultar escalofriante – pero la mayoría de los
germanos que visitan estos parajes tiende a expresarse gravemente
incluso cuando saludan. No es que se esfuercen mucho por hacerlo,
sino que cuando no les queda más remedio, suelen pronunciar las
palabras con la gravedad propia de quién recita las últimas
voluntades de un difunto. Muchos de estos alemanes ocupan la mayor
parte de su tiempo discutiendo con el hombre de mantenimiento de sus
urbanizaciones por asuntos casi siempre de una lógica rutinaria,
práctica, aplastante: cuestiones como la hora en la que el jardinero
riega las plantas, la simetría de la pintura con la que se señaliza
el aparcamiento, el entoldado de las terrazas, la poda de las
palmeras, la limpieza de las alcantarillas... En realidad, más que
discutir, matizan, demuestran, puntualizan... Todo aquello que no les
entra en la cabeza, lo que no está perfectamente ordenado, medido,
comprobado, les produce una inquietud similar a la que un británico
sentiría si descubriera, de pronto, que la cocinera de turno no ha
dispuesto para la cena ninguna legumbre cocida, ningún puré de
patatas y ninguna clase de pudding; ni de guisantes, ni de pasas y ni
siquiera el tradicional pudding de bistec y riñones.
Me parece que los alemanes
carecen de capacidad para comprender las cosas fáciles. Según tengo
comprobado, para que puedan entender las cosas hay que complicárselas
mucho. Entonces, con una lentitud de oruga desanimada, el alemán
carraspea, se rasca la cabeza, se ajusta las gafas a la nariz,
estudia la cuestión minuciosamente y de pronto, sonriendo como un
animal que estuviera a punto de devorar a su presa, termina
comprendiendo. Lo británicos, por el contrario, no se molestan en
comprender las cosas, simplemente las aceptan, se resignan a ellas;
las disfruten o las padezcan no se toman la molestia de comprenderlas
sino que las admiten; casi siempre con la frialdad que les
caracteriza; limitándose, como mucho, a realizar algún comentario
distante, casual, levemente sarcástico o levemente escéptico. Esta
resignación, y las pésimas costumbres culinarias que han heredado,
son, a mi juicio, los principales motivos por los que a lo largo de
su existencia habitúan a mantenerse tan delgados.
Gordos y colorados, los alemanes
casi siempre parecen satisfechos de sí mismos.
Un
recuerdo al inmenso Neruda ahora que están exhumando su pobre
cadáver.
Lo
contrario de un recitador de la talla de Pío Muriedas, rapsoda de
procedencia bilbaína que paso media vida declamando versos de
insignes poetas por los tugurios de la capital cantabra, era Pablo
Neruda – que declamaba sus propios versos con una monotonía
insufrible – pero aún así ni siquiera el propio poeta chileno
pudo disminuir la excelente calidad de sus poemas; sobre todo de los
incluidos en su libro “Residencia en la tierra”. Este libro
contiene, a mi juicio, todos los sustantivos, todas las imágenes de
la nostalgia, todas las incidencias de la pasión amorosa - tanto las
gozosas como aquellas que se padecen en soledad – como si se
tratara de una larga letanía de cadáveres desenterrados, cuchillos,
mujeres dormidas, cipreses huesudos, cenizas flotando y fotografías
que tan solo amarillean cuando el whisky o la ginebra de la madrugada
gotea sobre ellas. La primera lectura de este libro produce una
impresión sobrecogedora, por eso resulta conveniente tenerlo
abandonado durante una temporada en la parte más recóndita de la
biblioteca, no vaya a ser que nos contagie la desesperación. Neruda
era un vividor en el buen sentido de la palabra. Leyendo sus
magníficas memorias, asombra la capacidad de este hombre para
deambular por el planeta sin más equipaje que la lluvia, el alcohol,
los ferrocarriles, las pipas humeantes de tabaco y los mascarones de
proa que recuperaba de todos los barcos hundidos. Las mujeres, más
que pertenecerle, parecen atravesarle hasta el fondo de las
separaciones, quedando tras su paso algo parecido a una disciplina
monacal que convenientemente distraía con racimos de uvas,
eneasílabos, muelles, tabernas proletarias y largas horas tumbado
sobre cualquier cama. Es indudable que el compromiso político que
fue adquiriendo con el transcurrir de los años, restó hondura
melancólica a su poesía pero no por eso disminuyó la calidad,
aunque, eso sí, se obra hizo más industrial y menos artesana, más
previsible y menos sorprendente. A mi modo de entender, a Neruda
siempre le ha faltado un músico que acertara con la melodía de sus
versos, dejando al margen el poderoso intento de Paco Ibañez, tan
poco reconocido... De este modo las generaciones futuras tendrían
más facilidad para acceder a su obra ya que, debido a la
proliferación de máquinas que reproducen todo tipo de música, en
este tiempo tan cantarín, todo lo que no se canta tiende a
desvanecerse en el olvido lo mismo que los días felices, el aleteo
de las mariposas o los radios rotos de una bicicleta abandonada,
resquebrajada y recubierta de musgo. En
fin, he aquí una pequeña muestra de su inmenso talento.
TANGO
DEL VIUDO
OH
Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y
habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola
perra podrida y madre de perros,
ya
habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando
mis viejos zapatos vacíos para siempre
y
ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis
comidas,
sin
maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome
del trópico de los coolíes corringhis,
de
las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y
de los espantosos ingleses que odio todavía.
Maligna,
la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He
llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a
almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro
al suelo los pantalones y las camisas,
no
hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta
sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y
qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y
la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
Enterrado
junto al cocotero hallarás más tarde
el
cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
y
ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado
al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo
la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de
los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y
la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho
de impenetrables substancias divinas.
Así
como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas
como detenidas y duras aguas solares,
y
la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y
el perro de furia que asilas en el corazón,
así
también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y
respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el
largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
Daría
este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída
en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose
a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y
por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como
vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas
veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y
el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y
la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
La mayoría
de las personas no hemos nacido para nada – salvo los banqueros,
claro, que nacieron para estafarnos con nuestro propio dinero o los
constructores españoles que nacieron para destrozar minuciosamente
este país – pero las personas corrientes y molientes no hemos
nacido para nada; bueno, para comer, procrear, dormir, beber, pagar
impuestos, mirar escaparates, cruzar semáforos, comentar el clima en
los ascensores y poco más. Lo cierto es que más allá
de las facturas que pagamos y de las fotografías con las que
tratamos, inútilmente, de fijar el tiempo, lo único que realmente
se aprende en esta vida, si es que realmente se aprende algo, es que
el instante lo es todo, por más que nos quieran hacer creer que
tanto en el dolor como en el placer tenemos asegurada una proyección
de futuro. Lo demás, todo lo demás, no son más que ratos de
espera, muebles que crujen, móviles que suenan, cigarrillos que se
apuran para entretener las horas y canciones que se escuchan en las
salas de espera o las tabernas mientras se aguarda a que fuera, en la
calle, el sol pierda algo de su fiereza estival o deje,
momentaneamente, de llover. El problema con el que el hombre siempre
se ha topado desde que, según las Sagradas Escrituras, fue expulsado
del paraíso terrenal, es que hacer con el tiempo, ¿continuar
bebiendo?... Los habitantes de los países fríos – calvinistas,
sajones y protestantes – tuvieron la brillante ocurrencia de
inventar el trabajo como remedio a este deambular sin sentido que es
la vida y desde entonces no hemos hecho más que talar toneladas de
árboles, cavar zanjas, vender alfombras, transportar mercancías,
tender puentes, destrozar paisajes, anotar asientos contables,
emborronar pizarras con complicadas ecuaciones o escribir artículos
como este.
El
trabajo como soporte principal de la sociedad se instauró durante la
“edad media”, pero fué durante la “edad moderna”, debido,
sobre todo a la Reforma y a la propagación del calvinismo, cuando,
sin contestación alguna, se constituyó lo que actualmente conocemos
como la moral del trabajo. Pero como en este disparatado mundo no hay
nada definitivo, salvo la muerte, claro, con el desmoronamiento de la
sociedad industrial y la llegada del desempleo, o dicho de una manera
más política y pomposamente correcta, con el advenimiento de la tan
anhelada civilización del ocio, hete aquí que volvemos a
plantearnos la eterna pregunta: ¿que hacer con el tiempo?,
¿continuar bebiendo?...
Hace
ya muchos años, el, actualmente, poco recordado José Ortega y
Gasset, advirtió que este era un asunto de complicada solución ya
que según él: “El avance de la industrialización y de la
maquinaria, unido al constante progreso de la legislación social,
van a colocar al hombre medio en una situación inaudita: la de
encontrar ante sí la mayor parte del día sin saber que hacer con
ella; de suerte que después de siglo y medio en que se ha vivido
obseso por el problema del trabajo, es decir, de que los hombres
tuvieran menos quehacer forzoso, resuelto este problema surgirá con
caracteres pavorosos el opuesto: el problema del ocio. La nueva y
paradójica tarea consistirá en inventar quehaceres para la
humanidad ociosa, es decir, idear ocupaciones gratas para el hombre
enfermo de desocupación. Entonces se verá que si es difícil al
hombre trabajar le resulta mucho más difícil divertirse”. Y en
esas estamos, haciendo cualquier cosa, lo que sea, para mantenernos
entretenidos, que es lo que tiene el descomunal desempleo con el que
los proceres de la patria han tenido a bien obsequiarnos, que deja
mucho tiempo libre para gastarlo de cualquier modo y manera; ya
saben, mirando escaparates, por ejemplo, buscando en internet el
Santo Grial, hablando todo el día de la crisis económica, visitando
sucursales bancarias para darles la enhorabuena por su monumental
estafa, dando vueltas y más vueltas de bazar chino en bazar chino
buscando cualquier chorrada con la que distraernos el día,
contemplando un partido de fútbol tras otro, comentando lo de
Barcenas, la Mato y demás cuatreros, bebiendo como algunos de
nuestros jovenes durante los fines de semana, o sea, hasta perder el
conocimiento, etcetera, etcetera...