La mayoría
de las personas no hemos nacido para nada – salvo los banqueros,
claro, que nacieron para estafarnos con nuestro propio dinero o los
constructores españoles que nacieron para destrozar minuciosamente
este país – pero las personas corrientes y molientes no hemos
nacido para nada; bueno, para comer, procrear, dormir, beber, pagar
impuestos, mirar escaparates, cruzar semáforos, comentar el clima en
los ascensores y poco más. Lo cierto es que más allá
de las facturas que pagamos y de las fotografías con las que
tratamos, inútilmente, de fijar el tiempo, lo único que realmente
se aprende en esta vida, si es que realmente se aprende algo, es que
el instante lo es todo, por más que nos quieran hacer creer que
tanto en el dolor como en el placer tenemos asegurada una proyección
de futuro. Lo demás, todo lo demás, no son más que ratos de
espera, muebles que crujen, móviles que suenan, cigarrillos que se
apuran para entretener las horas y canciones que se escuchan en las
salas de espera o las tabernas mientras se aguarda a que fuera, en la
calle, el sol pierda algo de su fiereza estival o deje,
momentaneamente, de llover. El problema con el que el hombre siempre
se ha topado desde que, según las Sagradas Escrituras, fue expulsado
del paraíso terrenal, es que hacer con el tiempo, ¿continuar
bebiendo?... Los habitantes de los países fríos – calvinistas,
sajones y protestantes – tuvieron la brillante ocurrencia de
inventar el trabajo como remedio a este deambular sin sentido que es
la vida y desde entonces no hemos hecho más que talar toneladas de
árboles, cavar zanjas, vender alfombras, transportar mercancías,
tender puentes, destrozar paisajes, anotar asientos contables,
emborronar pizarras con complicadas ecuaciones o escribir artículos
como este.
El
trabajo como soporte principal de la sociedad se instauró durante la
“edad media”, pero fué durante la “edad moderna”, debido,
sobre todo a la Reforma y a la propagación del calvinismo, cuando,
sin contestación alguna, se constituyó lo que actualmente conocemos
como la moral del trabajo. Pero como en este disparatado mundo no hay
nada definitivo, salvo la muerte, claro, con el desmoronamiento de la
sociedad industrial y la llegada del desempleo, o dicho de una manera
más política y pomposamente correcta, con el advenimiento de la tan
anhelada civilización del ocio, hete aquí que volvemos a
plantearnos la eterna pregunta: ¿que hacer con el tiempo?,
¿continuar bebiendo?...
Hace
ya muchos años, el, actualmente, poco recordado José Ortega y
Gasset, advirtió que este era un asunto de complicada solución ya
que según él: “El avance de la industrialización y de la
maquinaria, unido al constante progreso de la legislación social,
van a colocar al hombre medio en una situación inaudita: la de
encontrar ante sí la mayor parte del día sin saber que hacer con
ella; de suerte que después de siglo y medio en que se ha vivido
obseso por el problema del trabajo, es decir, de que los hombres
tuvieran menos quehacer forzoso, resuelto este problema surgirá con
caracteres pavorosos el opuesto: el problema del ocio. La nueva y
paradójica tarea consistirá en inventar quehaceres para la
humanidad ociosa, es decir, idear ocupaciones gratas para el hombre
enfermo de desocupación. Entonces se verá que si es difícil al
hombre trabajar le resulta mucho más difícil divertirse”. Y en
esas estamos, haciendo cualquier cosa, lo que sea, para mantenernos
entretenidos, que es lo que tiene el descomunal desempleo con el que
los proceres de la patria han tenido a bien obsequiarnos, que deja
mucho tiempo libre para gastarlo de cualquier modo y manera; ya
saben, mirando escaparates, por ejemplo, buscando en internet el
Santo Grial, hablando todo el día de la crisis económica, visitando
sucursales bancarias para darles la enhorabuena por su monumental
estafa, dando vueltas y más vueltas de bazar chino en bazar chino
buscando cualquier chorrada con la que distraernos el día,
contemplando un partido de fútbol tras otro, comentando lo de
Barcenas, la Mato y demás cuatreros, bebiendo como algunos de
nuestros jovenes durante los fines de semana, o sea, hasta perder el
conocimiento, etcetera, etcetera...

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