lunes, 8 de abril de 2013

Desempleo

La mayoría de las personas no hemos nacido para nada – salvo los banqueros, claro, que nacieron para estafarnos con nuestro propio dinero o los constructores españoles que nacieron para destrozar minuciosamente este país – pero las personas corrientes y molientes no hemos nacido para nada; bueno, para comer, procrear, dormir, beber, pagar impuestos, mirar escaparates, cruzar semáforos, comentar el clima en los ascensores y poco más. Lo cierto es que más allá de las facturas que pagamos y de las fotografías con las que tratamos, inútilmente, de fijar el tiempo, lo único que realmente se aprende en esta vida, si es que realmente se aprende algo, es que el instante lo es todo, por más que nos quieran hacer creer que tanto en el dolor como en el placer tenemos asegurada una proyección de futuro. Lo demás, todo lo demás, no son más que ratos de espera, muebles que crujen, móviles que suenan, cigarrillos que se apuran para entretener las horas y canciones que se escuchan en las salas de espera o las tabernas mientras se aguarda a que fuera, en la calle, el sol pierda algo de su fiereza estival o deje, momentaneamente, de llover. El problema con el que el hombre siempre se ha topado desde que, según las Sagradas Escrituras, fue expulsado del paraíso terrenal, es que hacer con el tiempo, ¿continuar bebiendo?... Los habitantes de los países fríos – calvinistas, sajones y protestantes – tuvieron la brillante ocurrencia de inventar el trabajo como remedio a este deambular sin sentido que es la vida y desde entonces no hemos hecho más que talar toneladas de árboles, cavar zanjas, vender alfombras, transportar mercancías, tender puentes, destrozar paisajes, anotar asientos contables, emborronar pizarras con complicadas ecuaciones o escribir artículos como este.

El trabajo como soporte principal de la sociedad se instauró durante la “edad media”, pero fué durante la “edad moderna”, debido, sobre todo a la Reforma y a la propagación del calvinismo, cuando, sin contestación alguna, se constituyó lo que actualmente conocemos como la moral del trabajo. Pero como en este disparatado mundo no hay nada definitivo, salvo la muerte, claro, con el desmoronamiento de la sociedad industrial y la llegada del desempleo, o dicho de una manera más política y pomposamente correcta, con el advenimiento de la tan anhelada civilización del ocio, hete aquí que volvemos a plantearnos la eterna pregunta: ¿que hacer con el tiempo?, ¿continuar bebiendo?...
Hace ya muchos años, el, actualmente, poco recordado José Ortega y Gasset, advirtió que este era un asunto de complicada solución ya que según él: “El avance de la industrialización y de la maquinaria, unido al constante progreso de la legislación social, van a colocar al hombre medio en una situación inaudita: la de encontrar ante sí la mayor parte del día sin saber que hacer con ella; de suerte que después de siglo y medio en que se ha vivido obseso por el problema del trabajo, es decir, de que los hombres tuvieran menos quehacer forzoso, resuelto este problema surgirá con caracteres pavorosos el opuesto: el problema del ocio. La nueva y paradójica tarea consistirá en inventar quehaceres para la humanidad ociosa, es decir, idear ocupaciones gratas para el hombre enfermo de desocupación. Entonces se verá que si es difícil al hombre trabajar le resulta mucho más difícil divertirse”. Y en esas estamos, haciendo cualquier cosa, lo que sea, para mantenernos entretenidos, que es lo que tiene el descomunal desempleo con el que los proceres de la patria han tenido a bien obsequiarnos, que deja mucho tiempo libre para gastarlo de cualquier modo y manera; ya saben, mirando escaparates, por ejemplo, buscando en internet el Santo Grial, hablando todo el día de la crisis económica, visitando sucursales bancarias para darles la enhorabuena por su monumental estafa, dando vueltas y más vueltas de bazar chino en bazar chino buscando cualquier chorrada con la que distraernos el día, contemplando un partido de fútbol tras otro, comentando lo de Barcenas, la Mato y demás cuatreros, bebiendo como algunos de nuestros jovenes durante los fines de semana, o sea, hasta perder el conocimiento, etcetera, etcetera...





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