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jueves, 1 de agosto de 2013

Pensar

             
Científicos laureados, prestigiosos intelectuales, políticos de renombre y tiernos poetas galardonados, aseguran que lo único que nos distingue del resto de los animales es nuestra capacidad para pensar. Tengo mis dudas. No porque hablando con mi animal doméstico - un gato tuerto, con mala hostia, adicto a mi almohada y con ciertas tendencias suicidas - haya conseguido descifrar los misterios más inescrutables del universo, ni tampoco porque durante mi desastrosa educación sentimental haya tenido que escuchar las muchas tonterías dichas por los individuos que en teoría me estaban formando – curas, sobre todo, ateos la mayoría y los que no, ya se sabe, nacionalistas -, sino porque con el transcurrir de los años he llegado a la conclusión que aquello que verdaderamente nos distingue de los animales, las plantas y los estúpidos es nuestra capacidad para reírnos. Reírnos sobre todo de nosotros mismos, de nuestras tristes ambiciones, de nuestra miserable importancia y también de todas aquellas cosas por las que, de pronto, estallamos en sonoras carcajadas, cuando, en realidad, ya sabemos que apenas queda nada por lo que reírse.

                       Philiph Roth ha escrito recientemente que “la gente está siendo educada de una forma muy poderosa para no pensar, lo cual constituye la máxima aspiración de todos los poderes establecidos”. Totalmente de acuerdo. El pensamiento ha sido sustituido por la publicidad. Bueno, por la publicidad y por el fútbol, aunque esto del futbol, ahora que lo pienso, tal vez tenga tantos seguidores porque es una pasión inútil, lo mismo que la vida. – Todo lo que sucede en un campo de fútbol puede llegar a vivirse con la misma intensidad dramática con la que se relacionan los personajes de Tennesse Williams, por ejemplo, pero en realidad, por más transcendentales que se pongan los periodistas deportivos, no nos conduce a ninguna parte. O sea lo mismito que la vida.

                              Hay muchas maneras de estar en el mundo. Muchas. La más extendida en nuestra época es aquella según la cuál no tenemos mas derechos ni más deberes que pensar en las prestaciones del próximo teléfono, el próximo ordenador, el próximo coche o la próxima gilipollez que nos tenemos que comprar. No parece que haya tiempo para nada más. Ni ganas. Las largas horas que pasamos trabajando, buscando trabajo o haciendo que trabajamos – a no ser que seas funcionario, claro – apenas nos dejan fuerzas para nada más. O sea, ya saben, para todas esas chorradas de procurarnos, de cuando en cuando, solo de cuando en cuando, una buena conversación, dos o tres segundos de ternura, cuatro aníses compartidos con alguna anciana solitaria a la que en tiempos le hubieras cubierto de oro solo por sentir su cuerpo o un magnifico corte de mangas dedicado a quienes se ganan cojonudamente la vida especulando con nuestro trabajo, nuestro aire, nuestra agua y nuestras calles. Ya saben, la gente encantadora, los comediantes, todos esos que poco saben de nada, nada de nadie y son "ciudadanos importantes"...



martes, 30 de abril de 2013

Pensamiento único



El mundo cambia. Bien es cierto que nunca o casi nunca como deseamos – cuando menos no como deseamos los que no tenemos más fortuna que nuestros miserables jornales – pero, en fin, lo indiscutible es que si nuestros bisabuelos vivieron un tiempo silencioso sin teléfonos, frigoríficos, ordenadores, submarinos nucleares, películas de Bruce Willis y japoneses fotografiándoles la boina calada, en esta vertiginosa época que nos ha tocado transitar resulta que hay niños, jóvenes, adolescentes, que desconocen no solo la existencia de un mundo sin televisión sino también sin pizzerías, videojuegos, compactos, hamburgueserías, padres esclavizados y centros comerciales, muchos, muchos centros comerciales... La televisión, entre otras magníficas posibilidades, nos muestra cotidianamente los esplendores y las miserias del planeta, nos distrae la soledad, nos concede la oportunidad de asistir en vivo a extraordinarios acontecimientos – derrotas del Real Madrid, victorias del BarcelonaClub de Fútbol, etcétera, etcétera - pero como en este asqueroso mundo todo anverso tiene su reverso, la televisión también nos ha transmutado de ciudadanos en consumidores, o dicho de otra manera, la televisión, merced a los anuncios publicitarios con los que todos, más o menos, nos hemos educado, nos ha convertido en clientes; clientes pertinaces, perpetuos, insistentes; clientes de perfumerías, tiendas de a cien, corredurías de seguros, concesionarios de coches y, sobre todo, de centros comerciales, de muchos, muchos centros comerciales...

Hay quienes, afortunadamente, han tenido suerte y han encontrado en estos shopping center – como los denominan los norteamericanos - la respuesta que antiguamente, como decía Bob Dylan, estaba en el viento. Así, padres, madres, travestíes, niños, jubilados de la administración pública y miembros de alguno de los cien mil colectivos que en nuestro desquiciado país se dedican a analizar en permanente asamblea “la dinámica sociopolítica de un estado autonómico” o alguna otra chorrada, pasan alegremente el fin de semana entre sus paredes, lo mismo comprando latas de atún en escabeche que merendando batidos de chocolate, viendo películas de Steven Segal o cenando una Happy Burguer con Happy Chips and Happy Drinks en la Hiper Happy Happy Hamburguesería. Según apuntara José Saramago en la que fue su novela más pesimista, “La Caverna”, esta es la tendencia – como tanto gustan de decir los cronistas de moda – de nuestra multitudinaria, desigual, consumidora y desorientada sociedad.


En realidad, por más vueltas que le demos, todos los centros comerciales de esta descorazonadora corteza terrestre son iguales, lo mismo los situados en la isla de Djeba, en Túnez que los ubicados por los alrededores de Bilbao, Baracaldo, Portugalete o Castro Urdiales: luminosos, espaciosos, insípidos, llenos de todo y llenos de nada, todos huelen de la misma manera, todos suenan del mismo modo y todos, absolutamente todos, venden los mismos productos. Esto es lo que hay. A medida que el mundo se empequeñece, más y más centros comerciales se van abriendo, de tal modo que si en busca de un dedal, de una gorra de baseball o de una botella de vino, una tarde lluviosa como esta – más desapacible, áspera y destemplada que una conferencia de prensa del “mejor entrenador de fútbol de la historia", el megalomano José Mourinho - entras en el Corte Ingles de Murcia, también estás entrando en el Corte Ingles de Santander, en el de Las Palmas de Gran Canaria, en el de Zaragoza o en el del barrio de Argüelles, en Madrid, capital del reino. En esto, más o menos, consiste eso que los pobres, pretenciosos y limitados articulistas denominamos - tan pomposamente - pensamiento único.