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miércoles, 7 de mayo de 2014

La desfachatez


Haber nacido con el defecto de tener buen corazón – defecto del que no se es responsable – se ha convertido actualmente en un grave obstáculo para afrontar la vida moderna. Cualquiera que llegue a este asqueroso mundo con el natural demasiado bondadoso y se encuentre con que está rodeado de una manada neoliberal, instalada bajo el mandato del pensamiento único, tendrá que soportar una catarata de sonrisas irónicas cuando en la sobremesa que festeje cualquier estúpido aniversario – la décimo tercera conmemoración, por ejemplo, de haber recibido la primera bofetada en el colegio – comience a lamentarse por la suerte de los desheredados, los inmigrantes subsaharianos, los perseguidos, las prostitutas esclavizadas, los desempleados, los mendigos sin techo, los niños que diariamente mueren de hambre o por cualquiera de los otros deshechos que nuestro globalizado planeta produce. Nadie dudará que sea un buen muchacho, pero sin duda todos le tomarán por un idiota; un idiota al que probablemente se le habrán derritido las neuronas debido a demasiadas lecturas inapropiadas, demasiados porros, demasiadas películas transcendentales y demasiadas canciones escuchadas en aquellas polvorientas emisoras hippies que hoy, afortunadamente, se han reconvertido en rentables radios-fórmula horteras. Lo habitual será que sus familiares, amigos y demás allegados le consideren un pobre gilipollas que, aún sabiendo que este perro mundo no tiene arreglo, no se conforma, el muy imbécil, con su utilitario tuneado, su móvil de última generación, su televisor con pantalla de plasma liquida y con el dinero que le permite emborracharse todos los sábados, y vísperas de fiesta, en la discoteca de su barrio.

No hay nada que resulte menos provechoso que estar del lado de las víctimas de este desdichado planeta. Nuestra historia más reciente, sobre todo la de los vascos y las vascas, lo ha puesto de manifiesto tantas veces que no creo que merezca la pena hacer hincapié en ello.



La única manera de afrontar la vida moderna con ciertas garantías de éxito es poseyendo el don de la desfachatez – cualidad de la que tampoco se es responsable, aunque con un buen entrenamiento puede llegar a adquirirse. La desfachatez, la auténtica, la implacable, procura, por lo general, individuos dispuestos a tragar con carros y carretas con tal de situarse, siempre, un escalón por encima de los demás. Hombres y mujeres sin escrúpulos, principios, ni convicciones, pero totalmente convencidos de todo lo que dicen, piensan, hacen, conspiran, manipulan, traicionan o mienten. Unidimensionales, resentidos, tajantes en su arrogancia, decididos, prácticos, arribistas, despiadados y, por supuesto, tanto o más patriotas que la bandera. Limitados en su imaginación pero tremendamente concretos en su ambición. Personas que con la misma tranquilidad con la que sobornan a un concejal de urbanismo para levantar murallas arquitectónicas sobre arenales de dominio público, se meriendan a su propia madre si eso les proporciona poder, dinero, información privilegiada, cierta relevancia social y de paso un jet privado con el que pasearse por este globalizado planeta para soltar chorrada tras chorrada en conferencias millonariamente pagadas. Países como el nuestro, perezosos, poco productivos, faltos de cualquier curiosidad cultural y científica, e históricamente castigados por el sol, los curas, la corrupción y una tradicional pobreza, han propiciado, siempre, la propagación de esta clase de sujetos: hombres y mujeres que, ya desde los Reyes Católicos, buscando su ascenso social, no se han dedicado a otra cosa que a saquear al estado, pero, eso sí, siempre proclamando a los cuatro vientos que "sus putas vidas" las han dedicado por entero a servir - con mucho esfuerzo, mucha dedicación y, sobre todo, mucho, mucho sacrificio - a la Sacrosanta Patria




sábado, 28 de septiembre de 2013

CHINA





Tal vez entre sus propósitos para el nuevo curso, además de fumar menos, hacer dieta, aprender inglés o apuntarse a un gimnasio cualquiera, tenga usted la pretensión de huir. No solo de sí mismo, que es lo más complicado, sino también de los recortes, la prima de riesgo, las tertulias radiofónicas, el desplome del euro, los partidos de fútbol del Barcelona contra el Real Madrij, las divergencias entre la Europa franco-alemana y el euroescepticismo de la gran Bretaña y las discusiones sobre la mucha o la poca capacidad del gobierno del mentiroso Mariano Rajoy para poner en marcha este antiguo reino de taifas ahora prósperamente reconvertido en un reino de mafias. Tal vez su propósito venga condicionado por la terca realidad y no tenga usted más pretensión que la de abandonar la localidad donde habitualmente reside ya que, como nos ha ocurrido en Santander, alguien, no se sabe bien quién, como, ni por qué, ha decidido paralizar toda actividad emprendedora dejándonos sin otro entretenimiento vital que la contemplación del descomunal paisaje que nos circunda. La tarea no es nada sencilla. Huir, sí, pero, ¿a dónde?. Es posible que la abrumadora información que usted diariamente recibe de traslados, vacaciones, vuelos baratos y viajes al extranjero le colapse el buen funcionamiento de las neuronas cerebrales y no sepa a donde dirigirse para desentenderse de las disputas identitarias, las catástrofes del telediario, los incomprensibles negocios de Iñaki Urdangarín, las apocalípticas profecías de los cientos de gurus económicos que nos asedian por todas partes y del desmoralizador desmoronamiento económico e institucional del Racing Club de Futbol. No se preocupe, para eso estamos, para ayudar en cuánto podamos.
Lo primero es saber que huir no resulta fácil ni barato. Las opciones son limitadas. Los paraísos terrenales no abundan. Los que había los han llenado de turistas que beben como poetas rusos desquiciados, hablan como comerciantes napolitanas, sudan como luchadores de sumo y calzan sandalias con calcetines blancos. Además los pocos que aún perduran tienen como propietarios a multimillonarios chiflados o no pueden nombrarse, en un intento – vano, supongo - de salvaguardarlos de la voracidad constructora de los constructores españoles.

        Lo segundo es persistir en su propósito. Ya se sabe, el que la sigue la consigue. Así que si usted persiste en huir y además en su huida pretende hacerse rico – pero rico de verdad, no como nuestros constructores que tuvieron que repartirse el botín con los alcaldes y concejales de los municipios que arrasaron – tiene usted que desplazarse a China. Ahí está el futuro. Los chinos no solo trabajan como chinos por un salario de mierda, sino que además durante los últimos doce años han ocupado el primer lugar entre los países en vías de desarrollo en la utilización efectiva de fondos exteriores, convirtiéndose de la noche a la mañana en el mercado mundial donde las ventas al por menor de artículos de consumo más crece; ademas, aparte de los productos de consumo básico, como alimentación, ropa y electrodomésticos, actualmente sectores como la automoción, los productos de marca y los artículos de lujo son cada vez más populares y más demandados en China. El fuerte crecimiento de la renta familiar, la rápida transformación de una economía basada en la agricultura a una economía industrial y el desarrollo de las clases medias pudientes ha provocado que los descendientes de la revolución cultural de Mao estén superando a los USA como consumidores. Así que no lo dude. Los chinos le comprarán cualquier cosa que usted quiera venderles y además también se la fabricarán sin venirle con leches de huelgas, prejubilaciones, prestaciones por desempleo, bajas por maternidad y otros derechos sociales. También es posible que usted no pretenda hacerse rico – de toda hay en la viña del señor – sino que en este nuevo curso tan solo ansíe huir de la vida que le está tocando transitar para dedicar todo su tiempo a practicar alguna de sus aficiones o de sus perversiones. En ese caso mas que aconsejarle, le deseo suerte y paciencia, mucha suerte y mucha paciencia, que esa es la receta que servidor, tal y como está de complicado el panorama, se aplica a si mismo para tratar de sobrevivir haciendo lo poco que sabe hacer para ganarse la vida, o sea, escribir, donde puede, de estas y otras banalidades...

jueves, 1 de agosto de 2013

Pensar

             
Científicos laureados, prestigiosos intelectuales, políticos de renombre y tiernos poetas galardonados, aseguran que lo único que nos distingue del resto de los animales es nuestra capacidad para pensar. Tengo mis dudas. No porque hablando con mi animal doméstico - un gato tuerto, con mala hostia, adicto a mi almohada y con ciertas tendencias suicidas - haya conseguido descifrar los misterios más inescrutables del universo, ni tampoco porque durante mi desastrosa educación sentimental haya tenido que escuchar las muchas tonterías dichas por los individuos que en teoría me estaban formando – curas, sobre todo, ateos la mayoría y los que no, ya se sabe, nacionalistas -, sino porque con el transcurrir de los años he llegado a la conclusión que aquello que verdaderamente nos distingue de los animales, las plantas y los estúpidos es nuestra capacidad para reírnos. Reírnos sobre todo de nosotros mismos, de nuestras tristes ambiciones, de nuestra miserable importancia y también de todas aquellas cosas por las que, de pronto, estallamos en sonoras carcajadas, cuando, en realidad, ya sabemos que apenas queda nada por lo que reírse.

                       Philiph Roth ha escrito recientemente que “la gente está siendo educada de una forma muy poderosa para no pensar, lo cual constituye la máxima aspiración de todos los poderes establecidos”. Totalmente de acuerdo. El pensamiento ha sido sustituido por la publicidad. Bueno, por la publicidad y por el fútbol, aunque esto del futbol, ahora que lo pienso, tal vez tenga tantos seguidores porque es una pasión inútil, lo mismo que la vida. – Todo lo que sucede en un campo de fútbol puede llegar a vivirse con la misma intensidad dramática con la que se relacionan los personajes de Tennesse Williams, por ejemplo, pero en realidad, por más transcendentales que se pongan los periodistas deportivos, no nos conduce a ninguna parte. O sea lo mismito que la vida.

                              Hay muchas maneras de estar en el mundo. Muchas. La más extendida en nuestra época es aquella según la cuál no tenemos mas derechos ni más deberes que pensar en las prestaciones del próximo teléfono, el próximo ordenador, el próximo coche o la próxima gilipollez que nos tenemos que comprar. No parece que haya tiempo para nada más. Ni ganas. Las largas horas que pasamos trabajando, buscando trabajo o haciendo que trabajamos – a no ser que seas funcionario, claro – apenas nos dejan fuerzas para nada más. O sea, ya saben, para todas esas chorradas de procurarnos, de cuando en cuando, solo de cuando en cuando, una buena conversación, dos o tres segundos de ternura, cuatro aníses compartidos con alguna anciana solitaria a la que en tiempos le hubieras cubierto de oro solo por sentir su cuerpo o un magnifico corte de mangas dedicado a quienes se ganan cojonudamente la vida especulando con nuestro trabajo, nuestro aire, nuestra agua y nuestras calles. Ya saben, la gente encantadora, los comediantes, todos esos que poco saben de nada, nada de nadie y son "ciudadanos importantes"...



martes, 11 de junio de 2013

Ladrillos


En estos días que anteceden al verano, cuando la calor todavía no aprieta, realizar un viaje por los pueblos o las pequeñas ciudades de nuestra geografía nacional puede ser una buena oportunidad para desentenderse durante unos cuantos días del futbol, la televisión, el tedio, los índices de precios al consumo, las crecientres cifras del desempleo y la desoladora certeza de que tanto la derecha como la izquierda española aún consideran que el ejercicio de la política, en este antiguo reino de taifas ahora prósperamente reconvertido en un reino de mafias, tiene que semejarse, obligatoriamente, a una reyerta tabernaria entre distintos clanes gitanos. El viaje, además de balsámico e instructivo, también puede resultar aterrador: por todas partes uno, asombrado, no acierta a ver más que kilómetros y kilómetros de ladrillos que desfiguran comarcas enteras, convertidas ahora en muladares de hormigón que sustituyen a lo que en tiempo fueron hermosos litorales, bosques frondosos, arboledas que con sus anchas sombras y su rumor de hojas y de pájaros civilizaban el violento calor del verano. Durante el viaje, a poco que se haga sin más prisas que las propiciadas por el apetito culinario del viajero, no se contemplan más que las barbaridades que se están cometiendo en nombre del progreso quedando ya, apenas, ningún espacio de respeto y belleza que no esté amenazado por la negligencia de los políticos y por la codicia caníbal de los constructores. En algunas comarcas se está devorando el paisaje a dentelladas. Los territorios del sureste nacional, sobre todo, han sido masivamente colonizados por las empresas constructoras dejando tras de sí un rastro de litorales arrasados, playas sombreadas, hoteles descomunales, pueblos destruidos, manadas de turistas borrachos, murallas arquitectónicas alzadas sobre arenales de dominio público y polvorientos campos de golf que se abrasan bajo el silencioso resplandor de un sol hebraico. Todo ello con el beneplácito de las autoridades locales que como única disposición para ordenar su territorio reclaman continuos trasvases de agua, por ejemplo, como si el resto del país estuviera obligado a atender las necesidades provocadas por el demencial desarrollo demográfico que están propiciando; – según la mayoría de expertos dedicados a la investigación y el análisis de las cuestiones demográficas, parece claro que uno de los grandes desafíos de nuestro país para los próximos años es conseguir un modelo de ordenación y desarrollo territorial más equilibrado y sostenible que ponga fin al éxodo rural y a la desorbitada masificación costera y urbana que está superpoblando amplias zonas de la desértica, tórrida y arrasada vertiente mediterránea.

                  En países de democracias antiguas, laicas, prósperas y asentadas en largas tardes de lluvia, bostezos, abedules, chimeneas humeantes y una gastronomía sin demasiadas especias, los dirigentes políticos no arrastran masas, no levantan demasiadas pasiones y ni siquiera suelen ser muy conocidos. Me refiero a lugares como Suecia, Dinamarca, Finlandia, los Países Bajos o Noruega. Territorios condicionados por las bajas temperaturas donde los ciudadanos se saben administrados por hombres mediocres pero eficaces, aburridos pero honestos. En estas democracias los alcaldes de muchos de nuestros municipios – curiosamente también propietarios de las concejalías de urbanismo - hace ya tiempo que estarían a disposición judicial, aunque solo fuera por las disparatadas y demenciales urbanizaciones que han promovido en espacios protegidos, parques naturales, lindes costeros y arenales de dominio público, atentando no solo contra las normas más elementales de la estética sino también contra un mínimo de sentido común. Pero, en fin, ya se sabe, en los países de democracias más recientes, países, casi todos, consumidos por el sol, los curas, la corrupción y una tradicional pobreza, los dirigentes políticos parece que aún no han comprendido bien el funcionamiento de los estados democráticos, así que tienden a confundir lo público con lo privado; hablan mucho; se significan demasiado; mienten mal; se dan una importancia que para sí la hubiesen querido los faraones egipcios y son incapaces de disimular que, en realidad, no son más que unas tristes marionetas al servicio de quienes realmente gobiernan las recientes democracias. Y la verdad no creo que haga falta estudiar un Master en Dirección de Empresas Detectivescas en la prestigiosa agencia Pinkerton para averiguar quienes son los que realmente gobiernan lo que desde tiempo inmemorial se conoce como España.

                 La gente, en este país de virreyes autonómicos, está acostumbrada a protestar por cuestiones sentimentales. Ya saben, por todas esas cosas que se discuten en las reuniones familiares o en las cenas de fin de semana con los colegas; o sea, por las bodas de los homosexuales, las supuestas bondades de los santos patrones parroquiales, la calidad metereológica de la aldea donde reside o por sus preferencias futbolísticas, culinarias, taurinas, paisajísticas, etcetera, etcetera.... Todas estas cuestiones sentimentales, de trascendental importancia para el devenir de la humanidad, siempre han preocupado mucho a los ciudadanos de este país. Estos mismos ciudadanos, sin embargo, no suelen mover un músculo cuando los constructores que nos gobiernan arrasan sus comarcas, desfiguran sus pueblos, destrozan su patrimonio histórico, taladran sus tímpanos con las hormigoneras o cuando los alcaldes de sus municipios no solo consienten este atropello sino que lo promueven. En los pueblos costeros, por ejemplo, las obras no cesan ni cuando los modestos contribuyentes disfrutamos - o padecemos, que eso nunca se sabe - de unos cuántos días de merecido descanso. El ruido es una constante. Las zanjas una propuesta deportiva. El polvo un bien nacional y la falta de consideración con el turista una patriótica tradición. Pero aún así la mayoría de los municipios, independientemente del partido político que los administre, pretenden vivir del turismo construyendo campos de golf en los secarrales, piscinas en las barranqueras, burdeles por todas partes y más y más urbanizaciones, más y más adosados, más y más edificios repletos de minúsculos apartamentos que, curiosamente, permanecerán vacíos durante más de diez meses al año. Magnífica manera, por cierto, de resolver el problema de la vivienda. En fin, todas las construcciones que el asombrado viajero contempla con desventura, construidas quedarán, así que nuestros desdichados descendientes, en el desdichado porvenir que les estamos preparando, si algo nos han de agradecer, seguro que será esta descomunal herencia de ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos, ladrillos y nada más.








miércoles, 15 de mayo de 2013

Envejecer


   
En el camino hacia la vejez hay unas cuantas etapas claves que corresponden a los momentos en los que uno, sin querer, se da cuenta que se está haciendo viejo. Sin remedio. En los hombres la primera conciencia del paso del tiempo se produce alrededor de los cuarenta años. Un día, de pronto, viendo un partido de fútbol cualquiera a través de la televisión, caes en la cuenta que los futbolistas que corren sobre la hierba no son más que unos chavales. Hasta ese momento en tu memoria visual aún permanecía intacta la imagen de unos señores mayores que veías en los cromos que coleccionabas cuando eras niño. De repente esa imagen se hace añicos: aquellos admirados futbolistas que parecían tan mayores, tan remotos, en realidad no son más que unos críos a los que tú, cuarentón con barriga, entradas en el pelo y ahíto de cervezas, patatas fritas y pizza recalentada, doblas en edad. Este es el primer aviso. Luego con el imparable transcurrir de los años, te sorprendes diciendo y haciendo lo que decían y hacían tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, a los nuevos músicos, a los nuevos escritores o a los nuevos pintores que tratan de hacerse un hueco en el complicado mercado del arte y haciendo saber a tus amigos que todo aquello que te molesta – una feroz minifalda apenas vislumbrada en la calle, por ejemplo, una motocicleta con el tubo de escape trucado o una ruidosa y multitudinaria manifestación callejera – debería de estar terminantemente prohibido. Esa es otra señal inequívoca de que el tiempo no se ha detenido y de que así, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, estás logrando alcanzar, no sin esfuerzo, la edad de tus abuelos.

            Hay otras señales, más sutiles, menos contundentes – la pérdida del coraje, por ejemplo, la repentina cobardía del corazón, la larguísima duración de las resacas, el habitual dolor de espalda con que te despiertas todas las mañanas, etcétera, etcétera - pero todas estas señales no hacen sino recordarte que en este disparatado mundo no hay más certeza que la huída del tiempo. Esa es la auténtica maldición biblíca. No el trabajo, sino la huída del tiempo, ya que entre otras cosas, el trabajo, actualmente, más que una maldición es, sin lugar a dudas, uno de los dones más preciados con que te pueden bendecir los dioses.

          La vida la puedes dedicar a acumular fortuna utilizando a los demás como un medio no como un fin – ya que esta es, practicamente, la única manera de hacerse rico - o a perseguir cualquier otra forma de inmortalidad, ya sea escribiendo libros, plantando árboles, procreando hijos o haciéndote todas las operaciones de cirugía estética que consideres necesarias para mantener un aspecto saludable hasta el mismo día de tu muerte, pero hagas lo que hagas, la vida siempre transcurrirá a una velocidad de vértigo. Siempre. Lo mismo da que lo aceptes con resignación cristiana o que te disfraces de Peter Pan tratando de disimular las arrugas, el cansancio y la barriga porque un día cualquiera, cuando menos lo esperes, te sorprenderás, de pronto, desconociendo los rostros de los futbolistas que conforman la alineación de tu equipo de futbol; diciendo y haciendo lo que decían y hacian tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, músicos, escritores o pintores que tratan de emerger en el complicado mundo del arte y comentando a tus amigos – si es que todavía los tienes – que determinado espéctaculo callejero debería de estar terminantemente prohibido. No entender por qué muchos de nuestros jóvenes acamparon, hace ya dos años, durante unas cuantas semanas en las plazas de nuestros pueblos y nuestras ciudades para reflexionar acerca de la sociedad que les ha tocado en suerte, reclamar una democracia real y mostrarnos su indignación con los politicos, los banqueros, la televisión, la Iglesia, los gurús tecnológicos, los contratos basura, la basura de los contratos, la especulación inmobiliaria, el deterioro del medio ambiente, las cifras macroeconómicas, los paraísos fiscales, la corrupcción institucionalizada, las privatizaciones encubiertas, los recortes de las prestaciones sociales, los medios de comunicación controlados por el poder financiero, el discurso estúpido de una realidad estúpida y carente de sentido y el frustrante desempleo como único horizonte vital, también es, a mi juicio, otra señal inequívoca de que uno, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, se ha hecho viejo; aunque, en este caso, no solo de cuerpo sino también de espiritu.

miércoles, 24 de abril de 2013

Eficacia




Mientras el planeta se dirige hacia un laberinto de corrupción, terrorismo, crímenes, guerras, escándalos, insultos, calumnias, abusos, fanatismos, deterioro del medio ambiente y demás fragilidades humanas, me parece que ya solo se puede aspirar a las cosas más simples: a que los trenes, por ejemplo, lleguen a su hora, a que las manzanas no sepan a calabaza, a que los locutores de televisión no tartamudeen cuando cuentan las muchas maravillas de este gobierno o a que el suelo del bar donde escribo estas breves líneas no esté cubierto de pringosas servilletas de papel, colillas, restos de tortilla de patatas o cáscaras vacías de mejillones. La educación que hemos recibido pretende que deseemos cosas de una manera continua, cualquier clase de cosas, coches, lámparas, zapatillas de tenis o turrones de chocolate, sin embargo es posible que para que este manirroto planeta recupere la cordura de una vez por todas, en lugar de pretender, todo consista en limitarse ya que, como decía una de las máximas más provechosas de Goethe, la felicidad es la limitación.

Un mínimo de eficacia. Esta es la religión a la que aspiro. O lo que es lo mismo, aspiro a que no me atropelle un coche en un paso cebra, a que no me vendan carne de caballo como si fuera solomillo de ternera o a que el médico de guardia no me haga esperar horas y horas en la antesala de su consulta para recetarme un analgésico caro, escaso y de dudosa eficacia. Las grandes verdades de este tiempo vienen casi siempre en la sección de los anuncios por palabras de los periódicos. Todo lo demás, por mucho ruido que produzca, no suele ser más que material para el próximo derribo.




No hay pretensión más realista que aquella que te procura un mínimo instante de vida, además las pretensiones desmesuradas no proporcionan más que disgustos, desengaños, decepciones; tanto para los pueblos como para las personas que las acometen. Los grandes ideales arrastran consigo demasiadas desventuras, demasiadas calamidades, así que lo oportuno es atenerse al plato de chipirones en su tinta que te metes entre pecho y espalda mientras conversas con alguien cercano de antiguos paisajes, remotos placeres, libros leídos o personas perdidas, o sea, de cuestiones mínimas pero consistentes. Cuando llueve lo propio es sentirse recompensado. Cuando hace sol acercarse hasta el parque para leer los anuncios por palabras de los periódicos sentados sobre cualquier banco; solos; bajo la templada sombra de cualquier nogal. Eso es todo. Una vez perdida la primera inocencia, no resulta difícil caer en la cuenta que todas las propuestas políticas - incluida la tan promocionada de la austeridad - tarde o temprano terminan convirtiéndose en un turbio asunto de codicia. Los ricos gobiernan desde la impunidad. La oposición ha desaparecido.


miércoles, 17 de abril de 2013

Estafadores



  Hará algo más de una década, palmo más, palmo menos, se desató la fiebre de la llamada nueva economía - también conocida como "capitalismo popular" - que propició que muchos inversores modestos invirtieran sus ahorros en las empresas relacionadas con las nuevas tecnologías. El capitalismo ya no se conformaba con la plusvalía del obrero sino que también trataba de extraer sus ganancias del bolsillo de los ahorradores. En aquellos días no había asesor, banco o analista financiero que no te recomendara hacerte con unas cuantas acciones de esas empresas con la garantía, aseguraban, de proporcionarte un dinero inmediato, tangible, fácil y duplicado – como es bien sabido, más nos pierde la codicia que los demás pecados capitales juntos y cuando “teniendo ocasión no la aprovechas, como escribió Salustio, por demás siempre la esperarás ya pasada” -. Lo cierto es que una vez remitida la fiebre inicial, consumada la quiebra de muchas de estas empresas, arruinadas muchas de las firmas punto.com y desacreditada la llamada nueva economía, se descubrió pocos años después que muchas de esas sociedades de análisis bursátil, como la norteamericana Merryl Lynch, no hacían, entonces, más que proporcionar informaciones falsas con el único propósito de estafar a los modestos inversores; a todos aquellos, por ejemplo, que entre otras trampas, cayeron en la de Terra, no se si lo recuerdan, aquel sobrevaloradísimo portal en Internet de Telefónica.


Todo aquel estrépito fue una excepción en la dilatada historia de las estafas, porque los grandes negocios, en realidad, siempre se han hecho con discreción. Muchas fortunas, por ejemplo, proceden de manejar esta discreción como si fuese un mapa del tesoro, una combinación secreta de cualquier caja fuerte o una cualidad heredada en algún brumoso, turbio y remoto paraíso fiscal.


El dinero de toda la vida necesita silencio para reproducirse. No la continua ostentación de algunos de los políticos socialistas durante las décadas pasadas, ni tampoco su exhibicionismo de grandes negocios cerrados en restaurantes de cinco tenedores, sino este torvo, profundo e inquietante silencio que ahora se respira en los despachos de la derecha, en las oficinas de las multinacionales, en las agencias de cambio bursátil y en demás entidades financieras. A pesar que últimamente se están sucediendo noticias sobre la delincuencia de las grandes empresas – cuentas amañadas en Bankia, por ejemplo, venta de preferentes por parte de bancos y cajas de ahorros, cuentas ocultas en sociedades industriales como Pescanova, trucos contables en los créditos concedidos por los bancos a los partidos políticos y connivencias de Arthur Andersen y otras sociedades auditoras con sus clientes preferenciales - no puede negarse que el hombre de hoy, al igual que el de siempre, continúa siendo un animal gregario, conformista, confiado. Seguramente por eso la mayoría de nosotros todavía tenemos nuestro dinero depositado en la cuenta corriente de cualquier banco, sin advertir que el único propósito de los banqueros, como escribiera Henry Miller, es enseñarnos a ahorrar para así poder estafarnos con nuestro propio dinero.



jueves, 4 de abril de 2013

Campaña electoral





De acuerdo con la frase del presidente Kennedy – aquella de “no pienses en lo que puede hacer tu país por ti sino en lo que tu puedes hacer por tu país” - yo no sé si hago mucho o poco por mi país pero lo cierto es que procuro que lo mucho o lo poco que haga tenga su origen en el undécimo mandamiento, es decir, no molestar o cuando menos no molestar demasiado. De este modo trato de no fumar en los ascensores, de no lanzar magníficos escupitajos en medio de la calle, de no hablar a gritos en los patios de vecindad, de no hurgarme las fosas nasales en público y de no desprenderme de la mierda que se me acumula en las uñas con una navaja oxidada mientras discuto apasionadamente de toros, de fútbol o de política displicentemente acodado sobre la barra de cualquier tugurio. El respeto a los demás me parece que es el último acto heroico en este tiempo indiferente de trapicheos, fútbol, mentiras y fervor nacionalista. La descomunal corrupción política, por ejemplo, se ha cimentado durante largo tiempo en esta falta de respeto y aunque es posible que algunos de nuestros políticos traten de hacer muchas cosas por nuestro país, me parece que su constante presencia en los medios de comunicación más que contribuir a la felicidad de nuestra sociedad consiga todo lo contrario; es decir, desoriente, fatigue, desconcierte, descomponga, aburra, canse...


Las radios, las televisiones y los periódicos, tanto digitales como impresos, se están convirtiendo de un tiempo a esta parte en el campo de batalla donde los profesionales de la política se disputan el poder. No es que esto pueda considerarse realmente una novedad. Pero lo cierto es que el espacio donde el resto de la sociedad trabaja, respira, habla, obedece, rellena quinielas, pierde el tiempo y hace ricos a los notarios se está quedando cada vez más reducido merced al gigantesco aparato propagandístico que los profesionales de la política han terminando desplegando de norte a sur y de oeste a este. La realidad, de esta manera, ha terminado convirtiéndose en una campaña electoral tan interminable que se diría que no hacemos más esfuerzo que pasarnos el día de colegio electoral en colegio electoral depositando en las urnas un voto tras otro.

La vida es una sucesión de actos mínimos; actos que de un modo u otro conforman la solidez de cualquier sociedad contemporánea: el albañil, por ejemplo, que coloca el ladrillo justo en el lugar preciso, el médico que diagnóstica tras un minucioso reconocimiento, el profesor que despierta la inteligente curiosidad de sus alumnos, el labrador que injerta el frutal meticulosamente, etcétera, etcétera... Prestar, de esta manera, los servicios más simples con absoluta honradez constituye la máxima categoría mental de un individuo consciente, respetuoso, desarrollado. Por eso, me parece que cualquier sociedad desarrollada ha de catalogarse más por el trabajo de sus fontaneros, por ejemplo, que por el incesante discurso de sus políticos. No sé si en este país, tras largos años de campañas electorales, democracia, virreinatos autonómicos y tertulias radiofónicas, hemos llegado a comprender esto.