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miércoles, 29 de mayo de 2013

El fracaso


               
Los jovenes habitan el tiempo sin tener demasiado en cuenta la fragilidad, la fugacidad de las cosas, los frutos de cada estación, la decadencia física, los mundos fugitivos, todos esos breves instantes en los que como un liquido balsámico, anestesiante, uno se reconcilia con la mortalidad. El fracaso, de esta manera, es para los jóvenes solo una posibilidad remota o como mucho – sobre todo para los más instruidos – el pretexto que utilizara John Huston para realizar algunas de sus mejores películas como Fat city, El halcón maltes, Los muertos o El tesoro de Sierra Madre. Lo propio de la juventud es confiar en las propias fuerzas para comerse la vida a dentelladas, pero, "que la vida va en serio uno lo empieza a comprender más tarde; como todos los jóvenes yo vine a llevarme la vida por delante", que escribiera Jaime Gil de Biedma. Sin embargo lo lógico, lo habitual, es fracasar; lógico porque si algo condiciona la vida del hombre de una manera constante, casi cotidiana, eso es la impotencia, la imposibilidad. La imposibilidad, por ejemplo, para transcender más allá de su melancólica condición de ser mortal o la imposibilidad para recuperar los horas, el tiempo, los días perdidos. Los artistas, los grandes, han trabajado siempre condicionados por estos límites, de una manera consciente como Marcel Proust o de una manera inconsciente y desesperada como Vincent Van Gogh, Dylan Thomas, Malclom Lowry o Camarón de la Isla.

                   La moral del éxito, el triunfo material como meta, como único valor que puede justificar una vida es algo que está profundamente ligado a la cultura del american way of life o dicho de otra manera, la moral del éxito a no importa que precio es un producto tipicamente norteamericano lo mismo que las hamburguesas, la familia Kennedy, las teleseries para adolescentes con el encefalograma plano o la crema de cacahuete. Nuestro sistema educativo ha sido de las cosas que más rapidamente ha asimilado el american way of life, así, en los colegios, en las guarderías, en las universidades, en los masters cada vez más necesarios para llegar a jefe de tribu o para empolvarse correctamente la nariz, se compite con el único objetivo de obtener el triunfo material reduciendo todo conocimiento humano a su posible utilidad práctica, inmediata, productiva... Esta manera de entender la enseñanza conduce, inevitablemente, a la exaltación del dinero, a la vulgarización de la cultura, a la mitificación del consumo como único sentido de la existencia, dando lugar, en sus casos más extremos, a lo que ha venido ocurriendo en nuestro país durante la última decada: la profileración de ignorantes y corruptos, ya que si se nos educa teniendo como único objetivo la acumulación de bienes materiales, cualquier otro valor como la honestidad, la solidaridad, la vocación, el afán de conocimiento, el amor por el trabajo bien hecho, etcétera, etcétera, quedan relegados para los pobres de espiritu, los soñadores o los desgraciados que aún creen que otro mundo todavía es posible.


               Esto, además del aburrimiento tecnológico, es lo que ocupa el tiempo de los jóvenes durante los años que anteceden a su ingreso en el mercado del trabajo o lo que es lo mismo a su inscripción en las estadísticas del desempleo. Esta es la broma de la que son objeto y esto es lo que día a día se puede comprobar atendiendo al discurso puramente economicista de los periódicos, la televisión, los políticos, los tertulianos de la radio u observando la actitud vital de quienes lideran nuestro hemisferio occidental. Los jóvenes, el 50% que no encuentran trabajo, fracasando ahora ya saben, sin necesidad de leer a Marcel Proust, que como hombres están condicionados de una manera constante, casi cotidiana, por la impotencia, por la imposibilidad; la imposibilidad, en este caso, de desarrollar alguna actividad que les reporte, cuando menos, un mínimo beneficio material. El problema, con serlo, no es solo este. El problema también se inicia cuando los que perciben un salario – sobre todo si es un salario elevado – comienzan a creerse todo eso del triunfo material como meta, de la moral del éxito a no importa que precio, del triunfo material como único valor que puede justificar una vida, etcétera, etcetera.... Y me parece que en eso todavía estamos, viviendo unica y exlusivamente para nosotros mismos: los ricos para satisfacer su insaciable codicia y los pobres para que se conformen con el salario mínimo, la prestación del desempleo, los alcohólicos fines de semana, la carta a los Reyes Magos y mucho, mucho, mucho, muchísimo futbol televisado.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Envejecer


   
En el camino hacia la vejez hay unas cuantas etapas claves que corresponden a los momentos en los que uno, sin querer, se da cuenta que se está haciendo viejo. Sin remedio. En los hombres la primera conciencia del paso del tiempo se produce alrededor de los cuarenta años. Un día, de pronto, viendo un partido de fútbol cualquiera a través de la televisión, caes en la cuenta que los futbolistas que corren sobre la hierba no son más que unos chavales. Hasta ese momento en tu memoria visual aún permanecía intacta la imagen de unos señores mayores que veías en los cromos que coleccionabas cuando eras niño. De repente esa imagen se hace añicos: aquellos admirados futbolistas que parecían tan mayores, tan remotos, en realidad no son más que unos críos a los que tú, cuarentón con barriga, entradas en el pelo y ahíto de cervezas, patatas fritas y pizza recalentada, doblas en edad. Este es el primer aviso. Luego con el imparable transcurrir de los años, te sorprendes diciendo y haciendo lo que decían y hacían tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, a los nuevos músicos, a los nuevos escritores o a los nuevos pintores que tratan de hacerse un hueco en el complicado mercado del arte y haciendo saber a tus amigos que todo aquello que te molesta – una feroz minifalda apenas vislumbrada en la calle, por ejemplo, una motocicleta con el tubo de escape trucado o una ruidosa y multitudinaria manifestación callejera – debería de estar terminantemente prohibido. Esa es otra señal inequívoca de que el tiempo no se ha detenido y de que así, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, estás logrando alcanzar, no sin esfuerzo, la edad de tus abuelos.

            Hay otras señales, más sutiles, menos contundentes – la pérdida del coraje, por ejemplo, la repentina cobardía del corazón, la larguísima duración de las resacas, el habitual dolor de espalda con que te despiertas todas las mañanas, etcétera, etcétera - pero todas estas señales no hacen sino recordarte que en este disparatado mundo no hay más certeza que la huída del tiempo. Esa es la auténtica maldición biblíca. No el trabajo, sino la huída del tiempo, ya que entre otras cosas, el trabajo, actualmente, más que una maldición es, sin lugar a dudas, uno de los dones más preciados con que te pueden bendecir los dioses.

          La vida la puedes dedicar a acumular fortuna utilizando a los demás como un medio no como un fin – ya que esta es, practicamente, la única manera de hacerse rico - o a perseguir cualquier otra forma de inmortalidad, ya sea escribiendo libros, plantando árboles, procreando hijos o haciéndote todas las operaciones de cirugía estética que consideres necesarias para mantener un aspecto saludable hasta el mismo día de tu muerte, pero hagas lo que hagas, la vida siempre transcurrirá a una velocidad de vértigo. Siempre. Lo mismo da que lo aceptes con resignación cristiana o que te disfraces de Peter Pan tratando de disimular las arrugas, el cansancio y la barriga porque un día cualquiera, cuando menos lo esperes, te sorprenderás, de pronto, desconociendo los rostros de los futbolistas que conforman la alineación de tu equipo de futbol; diciendo y haciendo lo que decían y hacian tus padres, o sea, detestando las canciones que escuchas a través de la radio, menospreciando a los nuevos actores, músicos, escritores o pintores que tratan de emerger en el complicado mundo del arte y comentando a tus amigos – si es que todavía los tienes – que determinado espéctaculo callejero debería de estar terminantemente prohibido. No entender por qué muchos de nuestros jóvenes acamparon, hace ya dos años, durante unas cuantas semanas en las plazas de nuestros pueblos y nuestras ciudades para reflexionar acerca de la sociedad que les ha tocado en suerte, reclamar una democracia real y mostrarnos su indignación con los politicos, los banqueros, la televisión, la Iglesia, los gurús tecnológicos, los contratos basura, la basura de los contratos, la especulación inmobiliaria, el deterioro del medio ambiente, las cifras macroeconómicas, los paraísos fiscales, la corrupcción institucionalizada, las privatizaciones encubiertas, los recortes de las prestaciones sociales, los medios de comunicación controlados por el poder financiero, el discurso estúpido de una realidad estúpida y carente de sentido y el frustrante desempleo como único horizonte vital, también es, a mi juicio, otra señal inequívoca de que uno, golpe a golpe y verso a verso, como decía el poeta, sin prisa pero sin pausa, se ha hecho viejo; aunque, en este caso, no solo de cuerpo sino también de espiritu.

jueves, 11 de abril de 2013

Quehaceres



Si solo estamos hechos de tiempo, la cuestión, a mi modesto parecer y entender, resulta bastante sencilla: ¿qué demonios hacer con él?. Hay muchas maneras de utilizarlo. Muchas. Tal vez demasiadas, pero, lamentablemente, ninguna de ellas ha satisfecho la aspiración más profunda de quienes habitamos este planeta, o sea, permanecer jóvenes para siempre. No cabe duda que la mayoría de las cosas que hacemos nos mantienen ocupados, nos procuran cama, techo, comida, problemas, amigos y en el mejor de los casos hasta placeres tan sutiles como conciliar el sueño todas las noches sin tener que recurrir a los tranquilizantes. Lo que hacemos con el tiempo en cierto modo nos limita, pero también define nuestra personalidad, nos sitúa ante nuestros semejantes - tanto para bien como para mal - e incluso, a veces, tan solo a veces, hasta nos proporciona dinero. Los hombres y las mujeres siempre hemos tenido la ilusa pretensión de utilizar nuestro tiempo de la manera más provechosa posible, pero como en esta vida todo son puntos de vista, hay quién considera que la manera más provechosa de transitar por esta corteza terrestre es hacer crucigramas, componer sonetos, extirpar tumores, anotar asientos contables, sobornar concejales de urbanismo, mentir hasta el delirio como los portavoces de los partidos políticos, soltar melonada tras melonada como Soraya Saenz de Santamaría, tirarse adolescentes medio putas como Berlusconi, vaticinar la inmediata llegada del Apocalipsis como los analistas que trabajan para los numerosos medios de comunicación hambrientos de catastrofes o azotarse la espalda con ramas de abedul sobre lo alto de una colina batida por el viento boreal...


En fin cada quien es cada cual y como contra gustos no hay disputas no voy a ser yo quien les indique cual es la manera más provechosa de transitar por este desquiciado planeta – para eso ya están los curas, los tertulianos, los psicoterapeutas, los diseñadores con vocación pedagógica, los cocineros con vocación filosófica y Federico Jimenez Losantos – pero, a mi juicio, entendiéndolo desde la modestia que conlleva el ser un simple periodista sin más entendederas que los muchos años dedicados a este desprestigiado oficio, una de las maneras más decentes de estar en el mundo actual es ayudando, en la medida que se pueda, a la cantidad de desgraciados que todos los días sufren las consecuencias de un destino adverso; o sea, a los enfermos, los parados, las víctimas de la violencia, los más de dos mil ochocientos millones de trabajadores que ganan menos de dos dólares al día o a los casi cinco millones de niños que cada año mueren de hambre en el mundo –. Esta época de crisis económica, por cierto, sin necesidad de salir corriendo de casa para socorrer a los saharauies o para trabajar de cooperante en las selvas amazónicas, que también, resulta bastante apropiada para dedicar parte de nuestro tiempo, nuestro dinero o nuestro esfuerzo, a ayudar a quienes, a nuestro alrededor, están padeciendo, realmente, las consecuencias del cataclismo económico provocado por los habituales estafadores de siempre, en el supuesto, claro, de que estos estafadores no se apropien del poco dinero que nos queda para continuar con sus habituales desmanes.

Debido, tal vez, a estas circunstancias y a otras consideraciones menos altruistas pero más prácticas, llega un momento en la vida en que te preguntas para que sirve lo que haces y si no te lo preguntas siempre hay un alma caritativa que se toma la molestia de hacerlo. La otra noche, por ejemplo, en un bar minúsculo, brumoso, lánguido, refugio de fumadores y decorado con fotografías de cuando Castro Urdiales todavía no se había convertido en un delirante batiburrillo de disparatadas edificaciones, una estudiante de alguno de esos numerosos masters que, supuestamente, te capacitan para administrar empresas y casi tan hermosa como vivir dentro de una canción de Emmylou Harris, me preguntó para que demonios servían los artículos que escribo. Como hace ya muchísimo tiempo que, además de dinero, carezco de vanidad, le contesté que seguramente para nada pero, bueno, como en esta vida, cuando no se está tratando de mejorar la vida de los demás, todo es entretenerse, esta es la manera más barata que he encontrado para entretenerme, ya que después de todo, ¿para que estamos en este disparatado mundo sino es para perder el tiempo?. Hay quién pierde el suyo tocando el clarinete, saltando de cama en cama, contemplando un partido de fútbol tras otro, vendiendo pólizas de seguros, escribiendo libros sobre la influencia de la halitosis en la literatura rusa del diecinueve, dictando cartas comerciales a la secretaria de turno, haciendo casas con cuatro ladrillos mal colocados o siguiendo las andanzas de los concursantes que han enfangado la televisión, así que, ¿por qué no he de poder perder el mío escribiendo artículos?. Y en esas estamos, bonita.... Ni que decir tiene que la muchacha era lo suficientemente joven como para no tener en cuenta ni una sola de mis palabras. Ya se sabe, juventud, divino tesoro...

jueves, 4 de abril de 2013

Jovenes





Toda mi vida yo he sido siempre yo. Nunca he sido otro. Lo cual, como cualquiera que haya conseguido superar la adolescencia ya sabe, no resulta nada fácil de sobrellevar. Seguramente por eso siempre me ha gustado tratar con actores, mezclarme en sus vidas, aunque solo fuera para compartir mentiras, carcajadas, breves maldades o para pagar las consumiciones. Esto es lo que este mediodía hago: charlar de lo divino y de lo humano con un actor que ha llegado de Madrid para pasar el fin de semana devorando platos típicos de la cocina cántabra – esta costumbre, por cierto, resulta bastante habitual entre los madrileños; tal vez porque no encuentran otra manera de entretenerse durante los largos meses del invierno o tal vez porque esta cocina ha sido desmesuradamente mitificada por los gastrónomos, la dieta pantagruélica, una literatura desoladoramente costumbrista y algunas promociones televisivas que seguramente se han visto demasiado. El caso es que este buen hombre, cuarentón ya, actor fundamentalmente de películas de escaso presupuesto, corpulento, coleccionista de fracasos y muy dado a la locuacidad, tiene una teoría para casi todo, más o menos como cualquier españolito que se precie de ello, aunque en el caso que nos ocupa su fervor me parece más propio de un ferviente partidario del burkha, la lapidación y la ablación del clítoris que de un miembro de la farándula. Este mediodía, por ejemplo, trata de demostrarme que la juventud de nuestro tiempo ha sido desactivada como manifestación ideológica, como movimiento de masas, lo mismo que en su día ocurriera con los hippies, el pacifismo, la contracultura, el feminismo, los sindicatos, el rock and roll y las doctrinas socialistas. Según él los jóvenes de nuestra época hace ya tiempo que no tienen la más mínima influencia política, social o económica, porque en su día fueron devorados por la publicidad. “Sin oponer resistencia. Ninguna resistencia. Ni la más mínima” – sentencia mientras separa las cebolletas, los pepinillos y las alcaparras del plato de aceitunas que el camarero, diligentemente, ha colocado entre dos botellines de cerveza.

“Los jóvenes de ahora no tienen iniciativa. Las cosas les han hechizado. Les estamos dejando el planeta hecho unos zorros, pero no parece que esto les preocupe demasiado, incluso me atrevería decir que ni siquiera tienen el más mínimo interés en cuestionarnos los muchos disparates que estamos cometiendo. Talamos diariamente toneladas de árboles, contaminamos los ríos, vertemos petróleo al mar, hacemos agujeros en la capa de ozono, derretimos glaciares, extinguimos especies animales, pero los jodidos cabrones que habitarán este planeta cuando nosotros ya estemos criando malvas, no parecen tener más aspiración que poseer un coche, chatear, mandar mensajes estúpidos a través del móvil, beber durante el fin de semana como poetas rusos desquiciados y permanecer en la casa de sus padres hasta que un trabajo cualquiera les permita comprarse sus propios ordenadores, videojuegos, compactos, portátiles, deuvedes, reproductores de mp3 y demás chorradas... El futuro les pertenece pero todas sus aspiraciones se concentran en las cosas tangibles del presente” – sentencia de un modo decidido, tajante, firmemente convencido de lo que está diciendo mientras gesticula con las manos como una vendedora de bisutería barata y mostrándose menos pendiente de las aceitunas, las alcaparras, los pepinillos y las cebolletas –. “La música barata les obsesiona. Los escaparates les fascinan. La red internauta, en contra de lo que ellos suponen, no hace otra cosa que mantenerles tanto o más aislados que a un grupo de científicos leprosos que se hubieran encerrado en una base del Círculo Polar Artico... Eso sí, para ser honestos, también es cierto que la mayoría de ellos están limitados por el trabajo que no tienen...”.- “Según tengo entendido” – digo – “También hay jóvenes que pasan los fines de semana cuidando ancianos o dando clases a los hijos de los inmigrantes...”. - “Ya” – contesta apresuradamente– “Y ecologistas. Y voluntarios de la Cruz Roja. Y becarios que trabajan doce horas al día por un salario de mierda, pero, por lo general, son jóvenes aislados, voluntariosos, con escasísima relevancia social”.

La música que se escucha a través de los altavoces colocados en las esquinas del bar son un repertorio con las mejores canciones de Melendi, Amaia Montero, Andy y Lucas, El Canto del Loco y Fito y los Fittipaldi.

La decoración del local es una consecuencia de este hecho.

 También venden morcillas de puerro.