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jueves, 9 de enero de 2014

Un Territorio Fronterizo

         
Cuando se pierde la juventud, cosa que sucede con una sorprendente facilidad, disminuye considerablemente el interés por eso que denominan las fiestas navideñas. No es culpa de nadie. Ni siquiera de Zapatero. Simplemente ocurre, como ocurren muchas otras cosas en la vida sin que intervenga para nada la voluntad de los hombres o de las mujeres; ocurre y uno no tiene más remedio que acostumbrarse a ello del mismo modo que termina acostumbrándose a la pérdida del pelo, la vista, la fé, la firmeza de los músculos o los amigos. Estas navidades, las de esta España retrotraida, ahora, por decreto ley, a la España del convento y el cuartel, los patios de vecindad, las sacristías y el potaje de garbanzos, discurren, como casi siempre, con mucho ruido, con los árboles de nuestras ciudades cubiertos de bombillas, los bares repletos, los niños desatados, los adolescentes pegando gritos por las calles y con un trasiego constante de personas entrando y saliendo de los centros comerciales cargados de turrones, camisas, corbatas, perfumes, cubertería, ipads y compactos que recopilan los grandes éxitos de Nino Bravo, Jacques Brel, los Cinco Bilbaínos, Lady Gaga o Von Karajan... Seguramente esto es así porque durante estas fechas descubrimos, no sin alivio, que todos los derechos contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos han terminado reduciéndose a uno: el derecho a comprar; derecho que en estos días de petardos, confettis, christmas, villancicos y multitudinarias borracheras, más que un derecho parece una obligación, casi un deber patrio, sobre todo si tenemos en cuenta que cuánto más consumamos más ayudamos a reactivar la maltrecha economía de nuestro maltrecho país...
Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar.

                           La Navidad es un terreno fronterizo. También es muchas otras cosas que tienen que ver con la religión, la infancia, la memoria culinaria y familiar, el consumismo o las agencias de publicidad, pero, fundamentalmente, es un territorio fronterizo. No solo entre el año que termina y el año que empieza, sino también entre lo que fuimos y lo que finalmente hemos llegado a ser.
                      Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar, las fotografías, breves, fugaces, de los instantes perdidos, su misterio, su caprichoso carrusel de palabras, de situaciones, de personas, etcétera, etcétera... Lo cierto es que el resultado de este recuento casi nunca genera demasiados entusiasmos, pero, en fin, lo bueno de estas fiestas es que entre petardo y petardo, mientras descorchamos una botella de champagne tras otra, cada año, no se sabe bien por qué, desde lo más profundo de nuestro actual desamparo siempre nos vuelve a crecer la disparatada esperanza de que en el próximo año no nos tomen por más tontos de lo que realmente somos, no juguemos tan solo a perder, no nos perdamos de vista tan facilmente, nos crezca el disminuido entusiasmo, no engordemos con solo entreabrir la puerta del frigorífico, no nos jodan tanto los patriotas y demás delincuentes y a ser posible - pero esto ya como auténtico milagro navideño – el presidente de este gobierno y sus secuaces emigren todos juntos, en alegre comandita, al islote de Perejil, a algún crater lunar, al Valle de los Caídos, o allá donde tengan a bien soportarles tanta incompetencia, tanto descaro, tanta mezquindad...

martes, 15 de octubre de 2013

Jacques Brel





La ternura


Por un poco de ternura
Daría los diamantes
Que el diablo acaricia
En mis cofres de plata.
Por qué crees tu 
Que los marinos en el puerto
Vacían sus escarcelas
Para ofrecer tesoros
A falsas princesas.
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
Yo cambiaría de rostro
Cambiaría de ebriedad
Cambiaría de idioma.
Por qué crees tu 
Que en la cumbre de sus cantos
Emperadores y trovadores
Abandonan con frecuencia
Poderes y riquezas.
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
Te ofrecería el tiempo
Que queda de juventud
En el verano que termina.
Por qué crees tu 
Que asciende mi canción
Hacia el encaje claro
Que danza sobre tu frente
Inclinado hacia mi angustia.
Por un poco de ternura.


Orly

Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
La lluvia parece haberles
Soldado el uno al otro
Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
Y yo sé que ellos hablan
El debe decirle te quiero
Ella debe decirle te quiero
Yo creo que no van
A prometerse nada
Esos dos son demasiado delgados
Para ser deshonestos.

Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
Y bruscamente él llora
El llora a borbotones
Completamente rodeados
De gordos sudorosos
Y de devoradores de esperanza
Que les señalan con la nariz
Pero esos dos, desgarrados,
Espléndidos de tristeza
Abandonan a los perros
La hazaña de juzgarles.

La vida no hace regalos
Y por Dios que es triste Orly
Los domingos con o sin Becaud

Y ahora ellos lloran
Quiero decir los dos
Antes era él
Cuando yo decía "él"
Completamente pegados
Ya no oyen más
Que los sollozos del otro.
Y luego, y luego, infinitamente,
Como dos cuerpos que rezan
Infinitamente y lentamente
Esos dos cuerpos se separan
Y al separarse
Esos dos cuerpos se desgarran
Y yo os juro que gritan.

Y luego se retoman
Vuelven a ser uno sólo
Vuelven a ser el fuego
Y luego se redesgarran
Se retienen con los ojos
Y luego retrocediendo
Como el mar se retira
El consuma el adiós
Babea algunas palabras
Agita una vaga mano
Y huye bruscamente
Huye sin mirar atrás
Y luego desaparece
Engullido por la escalera.

La vida no hace regalos
Y por Dios que es triste Orly
Los domingos con o sin Becaud


Y ella, ella se queda allí
Corazón en cruz, boca abierta
Sin un grito, sin una palabra
Ella conoce su muerte
Ella acaba de cruzarla
He aquí que se vuelve
Y se vuelve otra vez
Sus brazos le llegan al suelo
Ya está: tiene mil años.

La puerta se ha cerrado
y se ha quedado ahí, sin luz,
Ella gira sobre ella misma
Y ya sabe que girará siempre.
Ella ha perdido hombres
Pero ahí, ahí, ha perdido el amor.
El amor, se le ha dicho,
o sea otra vez ahí lo inútil...
Ella vivirá proyectos
Que no harán sino esperar
y hela ahí otra vez frágil
Antes de derrumbarse.

Y yo estoy alli, yo la sigo
Sin atreverme a nada con ella
A la que la multitud mordisquea
Como a una fruta cualquiera.




El próximo amor


Por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
Será para mí la próxima derrota
Yo se ya al empezar la fiesta
La hoja muerta que será el amanecer
Yo se, yo sé sin saber tu nombre
Que seré tu próxima captura
Yo se ya que es por su murmullo
Que los estanques ponen los ríos en prisión.

Pero por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
No vivirá hasta el próximo verano
Yo se ya que el tiempo de los besos
Para dos caminos no dura más que una encrucijada
Yo se, yo se que esta próxima felicidad
Será para mí la próxima de las guerras
Yo se ya esa horrible oración
Que hay que llorar cuando el otro es el vencedor.

Pero por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
Será para nosotros vivir un nuevo reino
Del que creeremos ambos llevar cadenas
Del que creeremos que el otro tiene el terciopelo
Yo se, yo se que mi tierna debilidad
Hará de nosotros buques enemigos
Pero mi corazón sabe de buques enemigos
Partiendo juntos a pescar ternura.

jueves, 3 de octubre de 2013

Otoño

No hay formula matemática que resulte tan precisa como lo que Marlon Brando descubrió tras diez años de holgazanería en una de las islas de su propiedad. Según he leído en una minuciosa biografía del actor estadounidense, tras diez años retirado en la isla de Tetiaroa, en el Pacífico Sur, dedicado tan solo a la lectura, a la contemplación del paisaje, la reconsideración de sus valores y la minuciosa exploración de cada pequeño pensamiento que pasara por su mente – según sus propias palabras - el bueno de Marlon descubrió que “el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante”. A partir de ahí se desquició del todo. Normal. Lógico. No hay nada más enloquecedor que freírse continuamente las neuronas del cerebro con las muchas chorradas que se nos van acumulando en sus cavidades y además, en este disparatado mundo, pocas cosas pueden llegar a desquiciarnos tanto como descubrir que por mucha lata que demos, por mucho que hablemos, protestemos, follemos, comamos o ganemos dinero – y en todas estas cosas el bueno de Marlon fue un auténtico maestro -, no estamos hechos más que de tiempo y que el tiempo, el implacable, que diría Pablo Milanés, nos va arrastrando hacia territorios desconocidos donde apenas quedará rastro de las muchas tonterías que hayamos hecho o de todo lo que, penosa o gozosamente, hayamos conseguido.

El otoño ha comenzando. No es noticia, pero es un hecho. En esta estación la especie tiende hacia la melancolía. Esto no solo es evidente sino que me parece haberlo escrito en todos y cada uno de los artículos que he dedicado al otoño durante los muchos años en que vengo mostrando mi limitada visión del mundo en periódicos, revistas y hojas parroquiales. Durante los primeros días de la estación que acaba de comenzar, la gente no termina de encerrarse en sus casas, la larga siesta del invierno aún no ha comenzado y todavía resulta muy agradable pasear por las calles, por las playas vacías o por las veredas surcadas de árboles que aún tienen pendientes en sus ramas las hojas muertas. Mientras los días se acortan, la savia se retira de los árboles y los colores en la naturaleza se tornan dorados, calientes, casi, casi víctimas de un incendio permanente, todo parece dispuesto para que la especie comience a entretenerse con unos pocos pequeños placeres caseros; ya saben, hacer puzzles, versos, mermeladas o jerséis de lana, procurando, así, hacer más soportable la monótona vida de quienes trabajamos hasta el agotamiento - en el supuesto de que tengamos trabajo, claro - para enriquecer a quienes nos venden hipotecas, coches, préstamos bancarios o promesas electorales. Es posible que el otoño, según muestran tan profusamente los suplementos dominicales de los periódicos, sea también la estación propicia para cambiar la decoración de la casa, buscar setas, fracasar elegantemente o coleccionar remedios naturales contra el próximo resfriado o el próximo desaliento. No cabe duda que todas estas actividades tienen una marcada tradición otoñal, aunque tengo para mí que, finalmente, ha sido la industria de la cultura quién se ha adueñado de esta estación con su continuo lanzamiento de novedades. Nada más llegar las primeras lluvias, todos los medios de comunicación, además de repetirnos hasta la saciedad el resultado de los interminables partidos fútbol, se llenan con la propaganda de los “nuevos productos culturales” confeccionados para la nueva temporada.

Novelas, películas, canciones, vídeos musicales, estrenos teatrales, programas televisivos, biografías de los reyes tártaros, documentales sobre la flora y fauna de la península ibérica, todo en otoño se nos vende como si fueran auténticas joyas culturales, producto de las "mentes más despiertas" de nuestro tiempo, aunque con el transcurrir de las semanas todo o casi todo termina resultando más reiterativo que un telediario, más rancio que un discurso de Mariano Rajoy y más cargante que la música de Fito y los Fittipaldi. Año tras año, estación tras estación, de septiembre a diciembre y siempre entre los cálidos veranos que desaparecen tan rápidamente y el agridulce turrón de las próximas navidades, la poderosa industria de la cultura nos aburre con novelas prescindibles, películas repetidas, canciones innecesarias, falsos estrenos, absurdos programas de televisión y demás florituras producto de las "mentes más creativas" de nuestra época. Siempre es así. Sin remedio. Aunque, bueno, bien mirado, todo esto resulta fácilmente comprensible, ya que a fin de cuentas, un humilde servidor, de acuerdo con su limitada visión del mundo, también escribe todos los otoños el mismo o parecido artículo. Fuere como fuere lo cierto es que en estos días primeros del otoño todavía resulta muy agradable pasear por el campo, aunque solo sea para desentenderse durante unas cuántas horas de la desmedida ambición constructora de los alcaldes de nuestras ciudades. Todas las cosas parecen tener un cansancio y un abandono internos: las laderas de los montes presentan un resplandor de rescoldo moribundo; los árboles tienen aún pendientes las hojas muertas y los colores incendiados, dorados, calientes del paisaje parecen velados por la telaraña húmeda y azulada de la niebla... Antes de perdernos, de nuevo, en la aplastante rutina de los telediarios, los políticos, los partidos de fútbol  los horarios escolares, el tedio de los domingos por la tarde y la desfachatez de quienes nos están condenando al desempleo masivo, parece, esta, una época propicia para pasear, al atardecer, por alguno de los bosques de nuestra comunidad, respirando el aire tibio, transparente, casi, casi dulzón de los frutos que comienzan a pudrirse, deambulando, así, sin rumbo fijo mientras se susurra una oración inútil a alguna remota divinidad para que nos procure la salvaguarda de nuestra salud y ya, de paso, meditar - brevemente, eso sí, no fuera a ser que acabáramos desquiciándonos - acerca de lo que Marlon Brando descubrió hace ya muchos, muchos años: que el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Antonio Machado




                   Dos características esenciales, ambas muy poderosas, conforman la poética de Antonio Machado: la voluntad de ser un poeta en el tiempo, a la manera de Jorge Manrique, por ejemplo, y la circunstancia, involuntaria, por supuesto, de ser, en palabras de Josep Pla, "un hombre abrumado por el dolor".





Es una hermosa noche de verano. 

Tienen las altas casas 
abiertos los balcones 
del viejo pueblo a la anchurosa plaza. 
En el amplio rectángulo desierto, 
bancos de piedra, evónimos y acacias 
simétricos dibujan 
sus negras sombras en la arena blanca. 
En el cénit, la luna, y en la torre, 
la esfera del reloj iluminada. 
Yo en este viejo pueblo paseando 
solo, como un fantasma.







Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, 
así en la costa un barco, sin que al partir te inquiete. 
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; 
porque la vida es larga y el arte es un juguete. 
Y si la vida es corta 
y no llega la mar a tu galera, 
aguarda sin partir y siempre espera, 
que el arte es largo y, además, no importa. 






Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...

No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.






Este hombre del casino provinciano 
que vio a Carancha recibir un día, 
tiene mustia la tez, el pelo cano, 
ojos velados por melancolía; 
bajo el bigote gris, labios de hastío, 
y una triste expresión, que no es tristeza, 
sino algo más y menos: el vacío 
del mundo en la oquedad de su cabeza. 


Aún luce de corinto terciopelo 
chaqueta y pantalón abotinado, 
y un cordobés color de caramelo, 
pulido y torneado. 
Tres veces heredó; tres ha perdido 
al monte su caudal; dos ha enviudado. 



Sólo se anima ante el azar prohibido, 
sobre el verde tapete reclinado, 
o al evocar la tarde de un torero, 
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta 
la hazaña de un gallardo bandolero, 
o la proeza de un matón, sangrienta. 



Bosteza de política banales 
dicterios al gobierno reaccionario, 
y augura que vendrán los liberales, 
cual torna la cigüeña al campanario. 



Un poco labrador, del cielo aguarda 
y al cielo teme; alguna vez suspira, 
pensando en su olivar, y al cielo mira 
con ojo inquieto, si la lluvia tarda. 



Lo demás, taciturno, hipocondriaco, 
prisionero en la Arcadia del presente, 
le aburre; sólo el humo del tabaco 
simula algunas sombras en su frente. 



Este hombre no es de ayer ni es de mañana, 
sino de nunca; de la cepa hispana 
no es el fruto maduro ni podrido, 
es una fruta vana 
de aquella España que pasó y no ha sido, 
esa que hoy tiene la cabeza cana.






viernes, 19 de abril de 2013

Fin de semana




He aquí unas modestas recomendaciones para este fin de semana, en el supuesto de que no se tengan otras cosas que hacer: un paisaje que visitar en la costa cántabra - en concreto el pueblo de Somo, situado en la parte sur de la bahía de Santander -. Dispone este municipio de una larguísima playa donde se puede practicar surf, pasear, tentar con anzuelos y señuelos a las lubinas, recoger conchas marinas o aullarle a la luna en soledad, que, en esta vida, ya se sabe, todos son aficiones... Tiene, también, los suficientes restaurantes sólidos, consistentes, alejados del minimalismo literario de la "nueva cocina", para degustar los pescado propios del cantábrico y los arroces cocinados con almejas, bogavantes, quisquillas, mejillones y otras delicias capturadas en la misma bahía, en los arenales de Pedreña, donde, por cierto, se puede practicar el golf en su soberbio club, siempre, eso si, de que, monetariamente, se disponga de algo más que el miserable salario de un periodista... Para los aficionados a la música les ofrezco aquí una rareza de la italiana Mina Mazzini cantando en español junto al también italiano Richard Cocciante y, ya, para los letraheridos, un poema del gaditano Felipe Benítez Reyes recuperado de su libro "Los vanos mundos", editado en el año 1985, libro a mi modesto entender donde están incluidos los más acertados versos de ya su larga trayectoria. Y para finalizar, o como estrambote o media veronica, remato con una certera cita de Stendhal - ¿Stendhal?, no me jodas, que pesadez -, pues si, Stendhal, que para algo estan los clásicos, que no son solo un adorno en la biblioteca del salón familiar...







Advertencia  - Poema de Felipe Benitez Reyes




Si alguna vez sufres -y lo harás-

por alguien que te amó y que te abandona, 
no le guardes rencor ni le perdones: 
deforma su memoria el rencoroso 
y en amor el perdón es sólo una palabra 
que no se aviene nunca a un sentimiento. 

Soporta tu dolor en soledad, 
porque el merecimiento aun de la adversidad mayor 
está justificado si fuiste 
desleal a tu conciencia, no apostando 
sólo por el amor que te entregaba 
su esplendor inocente, sus intocados mundos.

Así que cuando sufras -y lo harás-
por alguien que te amó, procura siempre 
acusarte a ti mismo de su olvido 
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato. 
Y aprende que la vida tiene un precio 
que no puedes pagar continuamente. 
Y aprende dignidad en tu derrota, 
agradeciendo a quien te quiso 
el regalo fugaz de su hermosura.




El amor es una bellísima flor, pero hay que tener el coraje de ir a recogerla al borde de un precipicio. (Stendhal)


jueves, 11 de abril de 2013

Solos


                 

 Hace ya tiempo, en las letrinas de una vieja estación de ferrocarril, en un remoto pueblo de La Mancha castellana, me entretuve durante un buen rato leyendo la puerta de los retretes cubierta de graffitis grabados con navajas y restos de excrementos: los insultos habituales, ya se pueden ustedes imaginar; las consignas políticas pasadas de moda; las apreciaciones sexuales acerca de la madre de algún bastardo; varias propuestas de mamadas con los correspondientes números de teléfono... Entre todos los mensajes me llamó poderosamente la atención un número de teléfono seguido de la siguiente súplica: “me siento muy solo, no me importa si eres un asesino, por favor, llámame”. Tras cumplir con la urgentísima tarea que me había impulsado a entrar en aquellas letrinas, tentado estuve de llamar por teléfono al autor del mensaje, aunque solo fuera para hacerle el favor de asestarle un par de puñaladas en las ingles, pero, finalmente, decidí reemprender viaje hacia lo más profundo del mediterráneo en busca de mi propio asesino.


                   La vida, además de breve, absurda y cara, es una sucesión de compañías. Eso decían al menos los poetas románticos del diecinueve y los numerosísimos cantantes folkies estadounidenses que tanto se promocionaron durante el breve reinado de Kennedy I, el Sátiro. Pero en las ciudades que nos está tocando habitar, un porcentaje cada vez más elevado de la población vive sola, come sola, habla sola, discute sola con la televisión y sueña con los angelitos sola. En España el 20% de los hogares son ya unipersonales, según la última encuesta de población activa. Hay más de tres millones y medio de singles españoles; en 1991 no llegaban a 590.000. De todos los hogares creados en los últimos tres años, el 45% está formado por una sola persona. Es una tendencia creciente – en 2014 uno de cada cuatro hogares será unipersonal, según el Instituto de Política Familiar - y global ya que en la Europa Occidental este tipo de hogares llegan ya al 30% y en el mundo han pasado de 153,5 millones a 202,6 millones en apenas seis años. 




                Las revistas, los periódicos, los programas de televisión y las páginas más visitadas de la red constatan una y otra vez que en las grandes ciudades como Londres, París, Barcelona, Castro Urdiales o Nueva York lo que más crece es la cantidad de individuos que viven solos. La soledad es el privilegio y el negocio de la civilización occidental. En otras culturas, desde las chozas de Abisinia hasta el archipiélago de Jojo, se vive en la calle, todos juntos, revueltos, mezclados... Hay toda una aureola mística alrededor de la soledad, debido, sobre todo, a la penosa influencia que las telenovelas, la mala literatura y las estúpidas canciones de amor han tenido sobre amplios sectores de la población, pero la soledad auténtica, la impuesta, no es más que una minuciosa sucesión de fracasos. Las putas lo saben. No es que sean las únicas pero, bueno, según ellas, la mayoría de sus clientes puestos a lamentarse no se lamentan de otra cosa que de soledad. Basta tirarse una breve charleta con cualquiera de estas desventuradas profesionales para percibir que su negocio crece en la misma medida en que también crece la soledad del individuo contemporáneo - y para ser sinceros, su negocio, en nuestro disparatado país, está creciendo a un ritmo tan desmesurado que si sigue la tendencia actual seguro que acabaremos ocupando el primer puesto en el ranking mundial de "más putas por metro cuadrado"...

                 Hace ya tiempo, en otra época, la soledad se combatía conversando con quienes compartían la vivienda familiar, con el vecino, el portero, las visitas o con el sereno cuando, de madrugada, uno, mal que bien, regresaba al hogar tambaleándose de farola en farola. Todo eso pertenece al pasado. Mucho me temo que quienes más partido están sacando de nuestro aislamiento – los constructores, los gobiernos y por supuesto, las multinacionales que nos venden lavadoras, ordenadores, microondas, video consolas, reproductores de música, televisores, transistores y sexo virtual, mucho, mucho sexo virtual – nos están construyendo ciudades para la soledad; para cincuenta metros cuadrados, como mucho, de televisión, internet, silencio, luz eléctrica, ropa esparcida, comida a domicilio y soledad, mucha, mucha soledad... Tal vez por eso, a veces, en mitad de la noche, todavía me despierto, ligeramente inquieto, preguntándome si el autor de aquél mensaje, leído en las letrinas de una vieja estación de ferrocarril de un remoto pueblo de La Mancha castellana, habrá tenido suerte y habrá encontrado, por fin, a su asesino.




miércoles, 10 de abril de 2013

Primavera


               Llueve y hace sol. Llueve de nuevo y no es un prodigio de brujas, cuentos de hadas, pócimas mágicas, lagartijas que juegan al escondite y otras fantasías animadas de ayer y de hoy, sino la primavera. En la plaza, una muchacha se ha puesto a bailar. Parece recién salida de un anuncio de vermut: delgada, risueña, bronceada, tan hermosa que resultaría fácil confundirla con el fotograma de alguna película francesa vislumbrada durante la adolescencia: salta arriba y abajo, da una vuelta, toca las palmas y levanta al cielo las manos y los ojos, contenta y entregada... El mundo se nos cuenta desde la catástrofe. Lo es, pero, por si acaso, todos los días nos lo recuerdan. La muchacha que se ha puesto a bailar en la plaza no abrirá mañana ningún telediario, no aparecerá en la portada de ningún periódico, no será minuciosamente despellejada en ninguna tertulia radiofónica porque, en este mediodía primaveral, no ha asesinado a nadie, se ha limitado a saltar arriba y abajo, a dar una vuelta, a tocar las palmas y a levantar al cielo las manos y los ojos, contenta y entregada...


             Hace tiempo que los medios de comunicación adquirieron el hábito de mostrarnos únicamente las tragedias que se suceden en el planeta. Durante la sobremesa de todos nuestros días no hacemos sino contemplar manadas de niños famélicos, mujeres apuñaladas por hombres destruidos, políticos que se corrompen por una mínima ración de codicia, cadáveres desmembrados que se amontonan en la calle tras cualquier atentado, hectáreas de bosques devoradas por incendios fabulosos o inmigrantes subsaharianos ahogados frente a las costas de nuestro paraíso occidental. El diablo sabrá porqué, pero lo cierto es que a la hora de elegir, los propietarios de los medios han elegido lo peor de la especie para mantenernos puntualmente informados del último asesinato, la última violación, la última hazaña terrorista o el último comunicado imbécil de cualquier grupo de psicópatas. En esto ha terminado derivando el negocio al que hace ya muchos, muchos años pertenezco.


                Todas estas desgracias parecen la suma exacta del tiempo que nos ha tocado vivir. Aunque no son más que un limitado fragmento de la realidad hacia el que han sido enfocadas las cámaras. Pero más allá de estas cámaras existe otra realidad que nunca es televisada: la vida de las personas que, perdidas en el tránsito diario, anónimas, sobrellevando como buenamente pueden las propias desdichas, trabajan como científicos, profesores, enfermeras, taxistas, dependientes, médicos o músicos callejeros; personas que cuidan leprosos, pasan los fines de semana con minusválidos, cocinan para el disfrute de sus amigos, mantienen distraídos a los niños, escriben para mostrarnos lo que desconocemos o limpian las casas que habitamos con la misma minuciosidad con la que las monjas de clausura, hace ya tiempo, hilaban tapices... Llueve y hace sol. Llueve de nuevo y en la plaza una muchacha se ha puesto a bailar. Baila solo por el placer de animarse y de reir. O tal vez, porque el viento la empuja y una voz interior le canta que el mundo es de ella; bailarina, sin pareja... 

martes, 9 de abril de 2013

Recuerdo de Neruda

Un recuerdo al inmenso Neruda ahora que están exhumando su pobre cadáver.


           Lo contrario de un recitador de la talla de Pío Muriedas, rapsoda de procedencia bilbaína que  paso media vida declamando versos de insignes poetas por los tugurios de la capital cantabra, era Pablo Neruda – que declamaba sus propios versos con una monotonía insufrible – pero aún así ni siquiera el propio poeta chileno pudo disminuir la excelente calidad de sus poemas; sobre todo de los incluidos en su libro “Residencia en la tierra”. Este libro contiene, a mi juicio, todos los sustantivos, todas las imágenes de la nostalgia, todas las incidencias de la pasión amorosa - tanto las gozosas como aquellas que se padecen en soledad – como si se tratara de una larga letanía de cadáveres desenterrados, cuchillos, mujeres dormidas, cipreses huesudos, cenizas flotando y fotografías que tan solo amarillean cuando el whisky o la ginebra de la madrugada gotea sobre ellas. La primera lectura de este libro produce una impresión sobrecogedora, por eso resulta conveniente tenerlo abandonado durante una temporada en la parte más recóndita de la biblioteca, no vaya a ser que nos contagie la desesperación. Neruda era un vividor en el buen sentido de la palabra. Leyendo sus magníficas memorias, asombra la capacidad de este hombre para deambular por el planeta sin más equipaje que la lluvia, el alcohol, los ferrocarriles, las pipas humeantes de tabaco y los mascarones de proa que recuperaba de todos los barcos hundidos. Las mujeres, más que pertenecerle, parecen atravesarle hasta el fondo de las separaciones, quedando tras su paso algo parecido a una disciplina monacal que convenientemente distraía con racimos de uvas, eneasílabos, muelles, tabernas proletarias y largas horas tumbado sobre cualquier cama. Es indudable que el compromiso político que fue adquiriendo con el transcurrir de los años, restó hondura melancólica a su poesía pero no por eso disminuyó la calidad, aunque, eso sí, se obra hizo más industrial y menos artesana, más previsible y menos sorprendente. A mi modo de entender, a Neruda siempre le ha faltado un músico que acertara con la melodía de sus versos, dejando al margen el poderoso intento de Paco Ibañez, tan poco reconocido... De este modo las generaciones futuras tendrían más facilidad para acceder a su obra ya que, debido a la proliferación de máquinas que reproducen todo tipo de música, en este tiempo tan cantarín, todo lo que no se canta tiende a desvanecerse en el olvido lo mismo que los días felices, el aleteo de las mariposas o los radios rotos de una bicicleta abandonada, resquebrajada y recubierta de musgo.

          En fin, he aquí una pequeña muestra de su inmenso talento.





TANGO DEL VIUDO


OH Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún 
quejándome del trópico de los coolíes corringhis, 
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño 
y de los espantosos ingleses que odio todavía.

Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola! 
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios, 
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez 
tiro al suelo los pantalones y las camisas, 
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes. 
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde 
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.

Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares, 
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón, 
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora, 
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido, 
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración 
oída en largas noches sin mezcla de olvido, 
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo. 
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, 
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, 
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, 
y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,

substancias extrañamente inseparables y perdidas.

jueves, 4 de abril de 2013

Caballos





El siguiente relato escrito por el periodista cántabro Agustín – Tino – Lopez Rivero, esta basado, según propia confesión, en la fotografía y la canción del video de Bruce Springsteen

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No puedo quitarme la costumbre de escuchar música de Bruce Springsteen mientras conduzco. Es como una adicción. No es que sus últimos discos me gusten demasiado, pero hace ya tiempo que adquirí este hábito. Esta tarde he estado escuchando “Nebraska” y “The River” mientras conducía a través de los páramos castellanos y los pequeños pueblos de las montañas cántabras. Me he parado en este bar para escribirte estas líneas. Te gustaría este sitio. No es como esas cafeterías de las gasolineras donde no hay más que patatas fritas con sabor a barbacoa, latas de Coca-Cola, muñecos de Disney, barritas de chocolate y sándwiches descongelados con saber a sucedáneo de cangrejo. Este local está bastante bien. Hay jubilados jugando a las cartas, camioneros cenando platos de potaje, una pareja de la guardia civil viendo un partido de fútbol a través de la televisión y un gato, sucio y desdentado, tumbado sobre un almohadón; las paredes están decoradas con fotografías de los silenciosos paisajes del pasado, un par de montones de periódicos atrasados y de suplementos dominicales permanecen apilados sobre la barra y cerca de la mesa desde donde te escribo, una pequeña chimenea desprende un fuego algo desmayado pero bastante reconfortante. No esperaba estar tan lejos de ti a estas alturas del invierno. De verdad que no. Pero el dinero no crece en los árboles - como mi madre siempre decía - así que finalmente he aceptado el trabajo en la fábrica de electrodomésticos; ya sabes, aquel del que me estuvo hablando tu primo Jeremías la última noche que cenó con nosotros. El contrato, de momento, es temporal, pero me han asegurado que si las ventas no decrecen, en menos de un año pueden hacerme fijo. Ya sé que no es eso lo que estabas buscando, pero cada vez me resultaba más duro pasar todo el día en casa sin otra cosa que hacer que mirar la televisión, leer el periódico, fregar los platos, contemplar como la lluvia caía a través de la ventana y esperarte. No he tenido valor para llamarte por teléfono, pero supongo que ya habrás leído la nota que te he dejado en el frigorífico. No estoy huyendo. Te lo juro. Esto no tiene nada que ver con el hecho de que últimamente bebieras demasiado. Tampoco con nuestras discusiones, sino con algo bastante más profundo, ya sabes, con el pánico que me tengo a mí mismo cuando no encuentro otra cosa que hacer que terminar el crucigrama del periódico, preparar la cena, ver la película de la televisión y fumarme los dos cigarrillos acostumbrados antes de meterme en la cama.
Esta tarde he visto caballos salvajes trotando en las montañas.
A menos de un metro de distancia.
Entre la niebla.
He dejado el coche en la cuneta y he estado un buen rato escuchando como resoplaban.
Eso es lo que quería contarte. Que esta tarde he visto caballos salvajes trotando en las montañas.
Hace tiempo que no contemplaba nada parecido.
No era una película.
No era un anuncio de televisión.
Podía olerlos.
Podía sentir la nerviosa vibración de sus músculos.
Los dos potros que trotaban tras la manada tenían las patas larguísimas, como de madera esculpida.
Las yeguas relinchaban.
Las rocas estaban cubiertas de una fina capa de agua.
El aire olía a suciedad fresca y eucalipto.
Durante todo el tiempo que he permanecido allí, junto a los caballos, no he pensado en nada. Absolutamente en nada. Ni en ti, ni en mí.
He respirado profundamente.
He escuchado el grito lejano de un halcón.
Me he sentido bien.
Solo. Pero bien
Eso es lo que quería contarte.
Solo eso.
Ahora te dejo.
Tengo que volver a la carretera.
Hay una luna fría, casi glacial, colgando en lo alto del cielo como el ojo desprendido de un cadáver.
Hace frío.
Mucho frío.
Tanto que no me extrañaría que no tardara en nevar.
Sé que nuestra vida está cambiando.
Lo sé muy bien.
Pero yo todavía te echo de menos.
Mucho.
Tanto que no hago más que aferrarme al recuerdo de los buenos tiempos y a esta costumbre, tan extraña y tan solitaria, de escuchar canciones de Bruce Sprignsteen mientras conduzco hacia la oscuridad.
Te llamaré.
Un día de estos.
Te lo prometo.
Cuando reúna el valor suficiente.