miércoles, 7 de mayo de 2014

La desfachatez


Haber nacido con el defecto de tener buen corazón – defecto del que no se es responsable – se ha convertido actualmente en un grave obstáculo para afrontar la vida moderna. Cualquiera que llegue a este asqueroso mundo con el natural demasiado bondadoso y se encuentre con que está rodeado de una manada neoliberal, instalada bajo el mandato del pensamiento único, tendrá que soportar una catarata de sonrisas irónicas cuando en la sobremesa que festeje cualquier estúpido aniversario – la décimo tercera conmemoración, por ejemplo, de haber recibido la primera bofetada en el colegio – comience a lamentarse por la suerte de los desheredados, los inmigrantes subsaharianos, los perseguidos, las prostitutas esclavizadas, los desempleados, los mendigos sin techo, los niños que diariamente mueren de hambre o por cualquiera de los otros deshechos que nuestro globalizado planeta produce. Nadie dudará que sea un buen muchacho, pero sin duda todos le tomarán por un idiota; un idiota al que probablemente se le habrán derritido las neuronas debido a demasiadas lecturas inapropiadas, demasiados porros, demasiadas películas transcendentales y demasiadas canciones escuchadas en aquellas polvorientas emisoras hippies que hoy, afortunadamente, se han reconvertido en rentables radios-fórmula horteras. Lo habitual será que sus familiares, amigos y demás allegados le consideren un pobre gilipollas que, aún sabiendo que este perro mundo no tiene arreglo, no se conforma, el muy imbécil, con su utilitario tuneado, su móvil de última generación, su televisor con pantalla de plasma liquida y con el dinero que le permite emborracharse todos los sábados, y vísperas de fiesta, en la discoteca de su barrio.

No hay nada que resulte menos provechoso que estar del lado de las víctimas de este desdichado planeta. Nuestra historia más reciente, sobre todo la de los vascos y las vascas, lo ha puesto de manifiesto tantas veces que no creo que merezca la pena hacer hincapié en ello.



La única manera de afrontar la vida moderna con ciertas garantías de éxito es poseyendo el don de la desfachatez – cualidad de la que tampoco se es responsable, aunque con un buen entrenamiento puede llegar a adquirirse. La desfachatez, la auténtica, la implacable, procura, por lo general, individuos dispuestos a tragar con carros y carretas con tal de situarse, siempre, un escalón por encima de los demás. Hombres y mujeres sin escrúpulos, principios, ni convicciones, pero totalmente convencidos de todo lo que dicen, piensan, hacen, conspiran, manipulan, traicionan o mienten. Unidimensionales, resentidos, tajantes en su arrogancia, decididos, prácticos, arribistas, despiadados y, por supuesto, tanto o más patriotas que la bandera. Limitados en su imaginación pero tremendamente concretos en su ambición. Personas que con la misma tranquilidad con la que sobornan a un concejal de urbanismo para levantar murallas arquitectónicas sobre arenales de dominio público, se meriendan a su propia madre si eso les proporciona poder, dinero, información privilegiada, cierta relevancia social y de paso un jet privado con el que pasearse por este globalizado planeta para soltar chorrada tras chorrada en conferencias millonariamente pagadas. Países como el nuestro, perezosos, poco productivos, faltos de cualquier curiosidad cultural y científica, e históricamente castigados por el sol, los curas, la corrupción y una tradicional pobreza, han propiciado, siempre, la propagación de esta clase de sujetos: hombres y mujeres que, ya desde los Reyes Católicos, buscando su ascenso social, no se han dedicado a otra cosa que a saquear al estado, pero, eso sí, siempre proclamando a los cuatro vientos que "sus putas vidas" las han dedicado por entero a servir - con mucho esfuerzo, mucha dedicación y, sobre todo, mucho, mucho sacrificio - a la Sacrosanta Patria




domingo, 2 de marzo de 2014

Cataluña

Los grandes negocios en nuestro país siempre vienen precedidos de grandes declaraciones de amor a la patria. Los grandes disparates también, pero, bueno, a esto ya estamos bastante más acostumbrados. Los ministros franquistas fueron unos consumados maestros en la práctica de hacer caja tras profesar su profundo amor por el cerdo ibérico, la tortilla de patatas, la Virgen del Pilar, el Real Madrid, el brazo incorrupto de Santa Teresa y demás símbolos patrios, por lo que no resulta nada extraño que los políticos actuales - descendientes naturales de tan perspicaces mandatarios - hayan conseguido perfeccionar esta práctica hasta convertirla casi, casi en una disciplina artística. Los políticos nacionalistas, por ejemplo, lo bordan, los muy cabrones es que lo bordan, sobre todo los catalanes, por no hablar de los vascos, claro... Así cada vez que escucho a cualquiera de los muchos dirigentes de nuestro disparatado país manifestar su profundo sentimiento de amor al estado, la provincia, la ciudad, el caserío o la casa de putas que le viera nacer hago un rápido calculo mental de los cuartos que me van a quedar cuando este profundo sentimiento de amor se concrete en un nuevo tributo a pagar. Nunca falla. Tras unas cuantas sentidas declaraciones de amor patrio siempre hay un listo – estatal, autonómico o municipal - que pretende cobrarte hasta por respirar el aire que respiras.
Aunque resulte contradictorio, sobre todo teniendo en cuenta la situación económica de una notable mayoría de ciudadanos, parece ser que, atendiendo al discurso de ciertos dirigentes nacionalistas, lo único que tenemos son problemas de ricos. Nada grave, aunque desconcertante ya que no estamos habituados. No sabemos cuál es nuestra identidad. En fin... Los subsaharianos que asaltan nuestras vallas y a los que alegremente les recibimos con un variado surtido de disparos de balas de goma, no saben que nosotros no sabemos quiénes somos, pero bueno, para trabajar como temporeros en nuestros campos, albañiles en nuestras desmesuradas construcciones o traficantes en nuestros barrios bajos parece, no sé, como si les importara un rábano descubrir si, en realidad, somos una nación de naciones, una nación de nacionalidades o un burdel con pretensiones.
Tras más de treinta años de democracia constitucional estamos ahora en un proceso de cotidianas discusiones acerca de Cataluña y su encaje o desencaje en el Estado Español; podríamos estar en un periodo de reforestación, ilustración, regeneración hídrica, desarrollo tecnológico o investigación judicial que limitara la colosal corrupción urbanística que ha tenido lugar en nuestros ayuntamientos – atendiendo, sobre todo, a la urgente necesidad de proteger los escasísimos solares patrios que nos quedan -, pero no, estamos enredados, de nuevo, en cuestiones identitarias o sea en un interminable proceso de reformas de los estatutos de autonomía. Primero fue el mal llamado plan Ibarretxe, luego la reforma estatutaria aprobada por las cortes valencianas, más tarde la modificación del estatuto de Cataluña y ahora ya se verá. Vigilen su cartera. Aunque no sean catalanes. Vigílenla porque tras más de treinta años de democracia constitucional parece que nuestro país se encamina, fatalmente, hacia el modelo democrático italiano. Ya saben, mucho patriotismo, mucha palabrería, mucho sentimiento de profundísimo amor a las tradiciones, la familia, la virgen maría, las hortalizas locales y el equipo de fútbol del barrio, pero, eso sí, todo controlado por unas cuántas mafias que se dedican a hacer negocio aprovechándose de la ignorancia, la ingenuidad, las desmedidas emociones y el exceso de sentimentalismo que, durante años, siglos, civilizaciones casi enteras, nos ha caracterizado a los españolitos de a pie.

lunes, 3 de febrero de 2014

Los otros, los demás...


 Lo miramos todo. Todo menos a los demás. Nos pasamos las horas, los días, los años mirando imágenes en las múltiples pantallas con las que nos están distrayendo; miramos partidos de fútbol, esquelas, concursos, películas, videos en youtube; miramos cualquier cosa, lo que sea, fotografías de lejanas ciudades, gatos haciendo monerías, hombres cocinando, mujeres cocinando, niños cocinando, animales cocinando, cualquier cosa con las que nos mantenemos, solitarios, hora tras hora, frente a la pantalla del televisor o del ordenador. Lo miramos todo. Incluso, de cuando en cuando, para tratar de averiguar la estatura exacta de nuestro desconcierto también nos miramos en los espejos y, a veces, solo a veces, de regreso a casa, sorteando farolas, mendigos, papeleras o repentinos aguaceros, nos miramos, también, de reojo, en la luna oscura de algún escaparate para comprobar si tras un largo día de trabajo o de búsqueda de trabajo, aún conservamos el rostro con el que, de amanecida, hemos salido de nuestro domicilio.

                   No vemos a los demás. No porque no existan sino porque no disponemos de tiempo para certificarlo, arrinconados, como estamos, en nosotros mismos, pendientes, tan solo, de la pantalla de nuestro móvil, nuestro ordenador o nuestro televisor. Nosotros, de acuerdo con la moral calvinista que tan profundamente ha calado en nuestra monótona sociedad, no tenemos más obligación que la de ganar dinero, pero aquellos a los que nunca miramos, o sea, los demás, ¿que demonios deben hacer los demás?: ¿servirnos de felpudos, de clientes, de estímulos sexuales; aglutinarse en masa para vitorear a Cristiano Ronaldo, mendigar la esclavitud de un miserable jornal, seguir las directrices de este gobierno y pagar, continuamente, los muchos desmanes cometidos por los habituales estafadores de siempre – lease Bankia, por ejemplo, - mantenerse a la espera de que algún día, alguna deidad les libre, milagrosamente, de la pobreza, el tedio, la soledad o ignorarnos del mismo modo que nosotros les ignoramos?. Cierto que todavía hay personas solidarias, generosas, preocupadas por los demás, dotadas de la rara capacidad no solo de ver a los otros, sino también de comprenderles sin juzgarles, de ayudarles sin comprometerles, pero mucho me temo que son tan escasas como la humildad en casa de José María Aznar o el marisco fresco en una paella de chiringuito.

               El planeta es un hormiguero de gente. No se sabe muy bien por qué ni para qué pero el planeta esta repleto de individuos e individuas - que diría el "brillante" Juan José Ibarretxe – tratando de encontrarle un sentido a este deambular de ninguna parte a ninguna parte, pero, aún así, a cuanta más gente, menos capacidad tenemos para ver a los demás; a no ser, claro está, que de un modo u otro nos convenga. El otro, al parecer, ha dejado de existir. Ya ni siquiera es el infierno sartriano. Simplemente ha dejado de existir. Tan ocupados, como estamos, en la permanente contemplación de un mundo virtual, adheridos como lapas a nuestro móvil, a nuestro ordenador o a nuestro televisor, los otros, los demás, cuando no nos sirven, cuando no podemos utilizarlos para nuestro propio beneficio, nos resultan invisibles. El caótico mundo que vivimos es su problema. Solo su problema. También el nuestro, claro, aunque, la verdad, huyendo, continuamente, de pantalla en pantalla, de chorrada tecnológica en chorrada tecnológica, transeúntes, tal vez de por vida, en un espacio virtual, preferimos ignorarlo.

sábado, 11 de enero de 2014

Andre Comte



Leí un libro de Beigbeder llamado "El amor dura tres años" y ya me parecía mucho. El explicaba que el primero es de pasión, el segundo de ternura y el tercero de tedio. La pasión amorosa solo dura un año y ya es mucho decir, porque en realidad dura solo unos cuantos meses y luego pasamos a otra cosa. Con unos 60 años de vida amorosa, con dos al año podrías tener 120 pasiones. Yo te invito a que te ocurra, hazlo...


Pero lo que pasa es que en la mayor parte de las veces entre cada pasión estás sola, es el celibato. Así que tienes dos opciones: o te aburres sola o te aburres en pareja. La segunda es la mejor opción. En pareja te aburres menos que en soledad. Y luego estás con la pareja con la que menos te aburres. Las parejas felices no son parejas que nunca se aburren, todas las parejas se aburren. Cuando miro a mi alrededor veo a más gente soltera que sueña con una vida de pareja que no al revés. Esto quiere decir que se está mejor estando juntos que solos. Y quieres construir, el ser humano no quiere relaciones cortas sino una relación larga para construir algo entre los dos. 


La pasión amorosa está sobrevalorada, no hay duda, pero esto no implica que el amor lo esté. El cine y la literatura tienden a centrarse en la pasión amorosa, pero esta dura solo unos meses, un año a lo sumo, después queda el amor. Llegado el momento la pareja suprime la pasión, pues esta procede del deseo, y el deseo, cuando ya no existe esa falta del otro, desaparece. En otras palabras, no es posible echar en falta a aquel o aquella que comparte su vida, que está ahí cada noche, y cada mañana. Alegrarse de la existencia del otro, de su presencia, sentir placer por compartir su vida y su lecho, no significa menos amor, sino más. Así es como pasamos del tedio de amar, acuñado por el cenizo de Schopenhauer, a la declaración spinozista del amor, a saber: "El amor es una alegría que acompaña a la idea de una causa exterior".

jueves, 9 de enero de 2014

Atraso Histórico

   
  Hemos llegado tarde. Los españoles, con perdón, hemos llegado tarde a todo. No solo por la histórica sucesión de reyes lerdos, generales sanguinarios, dictadores obtusos y gobiernos corruptos al frente del estado, sino porque los curas, los caciques, el ejército, la nobleza y la pesada carga de una burocracia gandula, absurda, gigantesca e inútil se han encargado de procurarnos un atraso histórico que durante siglos ha lastrado las posibilidades del país. Este atraso nos ha hecho llegar tarde a los acontecimientos que han modificado las sociedades del continente donde geográficamente estamos situados. Hemos llegado tarde a la revolución burguesa, a la industrial, a la sexual, a la lucha de clases, al feminismo, al laicismo, a la contracultura, a la democracia como forma de convivencia y hoy en día aún no nos hemos enterado de que el resto de los países del primer mundo ya está superando la revolución tecnológica. Los españoles todavía estamos descubriéndonos la identidad sumergidos en continuas disputas parroquiales, fronterizas y pueblerinas – propias del siglo diecinueve –, mientras en el resto del continente los ciudadanos ya han descubierto que la política actual es lo contrario de lo que era la democracia: ahora no es la democracia quien gobierna el mundo sino una nueva aristocracia; aristocracia caracterizada por su facilidad para enriquecerse especulando a dentelladas con el dinero que, descaradamente, nos roban a los demás.
Hemos llegado tarde a la revolución burguesa, a la industrial, a la sexual, a la lucha de clases, al feminismo, al laicismo, a la contracultura, a la democracia como forma de convivencia y hoy en día aún no nos hemos enterado de que el resto de los países del primer mundo ya está superando la revolución tecnológica.


La indiferencia hacia la política es lo que caracteriza a las sociedades desarrolladas. Nadie cree en la política. Ni siquiera los políticos. El mundo lo dirigen poderosas asociaciones económicas que no están sometidas a ningún control democrático y los políticos no son más que gente a su servicio que se encarga de recaudar impuestos, mantener el orden, procurarse privilegios y promulgar leyes infantiles para que fumemos a escondidas.
La preocupación por el planeta está reemplazando a la movilización de los partidarios de la derecha o de la izquierda para lograr una sociedad conservadora o una sociedad progresista. La sensibilidad ecológica de los ciudadanos es el único movimiento que está creciendo en los países desarrollados. Los políticos ya no se dedican a resolver los problemas fundamentales sino tan solo los accesorios, así que los ciudadanos de estos países se están asociando, no para lograr un cambio de régimen, sino para defender la tala controlada de árboles, el uso racional del agua, la prohibición de los residuos tóxicos, el protocolo de Kioto...; en definitiva, para defender el desarrollo sostenible. El planeta está metido de lleno en gravísimos problemas de complicada resolución – la creciente pobreza, el cambio climático y la explosión demográfica, entre otros - y mientras tanto los españoles, con el tradicional atraso histórico que nos caracteriza, no hacemos más que mandar a todo cristo viviente al desempleo y seguir discutiendo en la barra de los bares sobre naderías; ya saben, sobre el porvenir profesional de Iker Casillas o los planes independentistas que diferentes dirigentes autonómicos consideran necesarios para que sus ciudadanos disfruten de un 'paradisíaco futuro' que, según ciertos ecologistas, geógrafos, físicos y otros científicos de probada reputación, parece, cuando menos, complicado, muy, muy complicado...

Un Territorio Fronterizo

         
Cuando se pierde la juventud, cosa que sucede con una sorprendente facilidad, disminuye considerablemente el interés por eso que denominan las fiestas navideñas. No es culpa de nadie. Ni siquiera de Zapatero. Simplemente ocurre, como ocurren muchas otras cosas en la vida sin que intervenga para nada la voluntad de los hombres o de las mujeres; ocurre y uno no tiene más remedio que acostumbrarse a ello del mismo modo que termina acostumbrándose a la pérdida del pelo, la vista, la fé, la firmeza de los músculos o los amigos. Estas navidades, las de esta España retrotraida, ahora, por decreto ley, a la España del convento y el cuartel, los patios de vecindad, las sacristías y el potaje de garbanzos, discurren, como casi siempre, con mucho ruido, con los árboles de nuestras ciudades cubiertos de bombillas, los bares repletos, los niños desatados, los adolescentes pegando gritos por las calles y con un trasiego constante de personas entrando y saliendo de los centros comerciales cargados de turrones, camisas, corbatas, perfumes, cubertería, ipads y compactos que recopilan los grandes éxitos de Nino Bravo, Jacques Brel, los Cinco Bilbaínos, Lady Gaga o Von Karajan... Seguramente esto es así porque durante estas fechas descubrimos, no sin alivio, que todos los derechos contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos han terminado reduciéndose a uno: el derecho a comprar; derecho que en estos días de petardos, confettis, christmas, villancicos y multitudinarias borracheras, más que un derecho parece una obligación, casi un deber patrio, sobre todo si tenemos en cuenta que cuánto más consumamos más ayudamos a reactivar la maltrecha economía de nuestro maltrecho país...
Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar.

                           La Navidad es un terreno fronterizo. También es muchas otras cosas que tienen que ver con la religión, la infancia, la memoria culinaria y familiar, el consumismo o las agencias de publicidad, pero, fundamentalmente, es un territorio fronterizo. No solo entre el año que termina y el año que empieza, sino también entre lo que fuimos y lo que finalmente hemos llegado a ser.
                      Todos los meses de diciembre, al finalizar este, llueva, truene, haga calor o caigan los copos de nieve sobre nuestras desorientadas cabezas, se produce esta curiosa contabilidad: el recuento; el recuento de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, de lo que ganamos y de lo que dejamos de ganar, las fotografías, breves, fugaces, de los instantes perdidos, su misterio, su caprichoso carrusel de palabras, de situaciones, de personas, etcétera, etcétera... Lo cierto es que el resultado de este recuento casi nunca genera demasiados entusiasmos, pero, en fin, lo bueno de estas fiestas es que entre petardo y petardo, mientras descorchamos una botella de champagne tras otra, cada año, no se sabe bien por qué, desde lo más profundo de nuestro actual desamparo siempre nos vuelve a crecer la disparatada esperanza de que en el próximo año no nos tomen por más tontos de lo que realmente somos, no juguemos tan solo a perder, no nos perdamos de vista tan facilmente, nos crezca el disminuido entusiasmo, no engordemos con solo entreabrir la puerta del frigorífico, no nos jodan tanto los patriotas y demás delincuentes y a ser posible - pero esto ya como auténtico milagro navideño – el presidente de este gobierno y sus secuaces emigren todos juntos, en alegre comandita, al islote de Perejil, a algún crater lunar, al Valle de los Caídos, o allá donde tengan a bien soportarles tanta incompetencia, tanto descaro, tanta mezquindad...

martes, 15 de octubre de 2013

Jacques Brel





La ternura


Por un poco de ternura
Daría los diamantes
Que el diablo acaricia
En mis cofres de plata.
Por qué crees tu 
Que los marinos en el puerto
Vacían sus escarcelas
Para ofrecer tesoros
A falsas princesas.
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
Yo cambiaría de rostro
Cambiaría de ebriedad
Cambiaría de idioma.
Por qué crees tu 
Que en la cumbre de sus cantos
Emperadores y trovadores
Abandonan con frecuencia
Poderes y riquezas.
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
Te ofrecería el tiempo
Que queda de juventud
En el verano que termina.
Por qué crees tu 
Que asciende mi canción
Hacia el encaje claro
Que danza sobre tu frente
Inclinado hacia mi angustia.
Por un poco de ternura.


Orly

Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
La lluvia parece haberles
Soldado el uno al otro
Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
Y yo sé que ellos hablan
El debe decirle te quiero
Ella debe decirle te quiero
Yo creo que no van
A prometerse nada
Esos dos son demasiado delgados
Para ser deshonestos.

Son más de dos mil
Y no veo más que a ellos dos
Y bruscamente él llora
El llora a borbotones
Completamente rodeados
De gordos sudorosos
Y de devoradores de esperanza
Que les señalan con la nariz
Pero esos dos, desgarrados,
Espléndidos de tristeza
Abandonan a los perros
La hazaña de juzgarles.

La vida no hace regalos
Y por Dios que es triste Orly
Los domingos con o sin Becaud

Y ahora ellos lloran
Quiero decir los dos
Antes era él
Cuando yo decía "él"
Completamente pegados
Ya no oyen más
Que los sollozos del otro.
Y luego, y luego, infinitamente,
Como dos cuerpos que rezan
Infinitamente y lentamente
Esos dos cuerpos se separan
Y al separarse
Esos dos cuerpos se desgarran
Y yo os juro que gritan.

Y luego se retoman
Vuelven a ser uno sólo
Vuelven a ser el fuego
Y luego se redesgarran
Se retienen con los ojos
Y luego retrocediendo
Como el mar se retira
El consuma el adiós
Babea algunas palabras
Agita una vaga mano
Y huye bruscamente
Huye sin mirar atrás
Y luego desaparece
Engullido por la escalera.

La vida no hace regalos
Y por Dios que es triste Orly
Los domingos con o sin Becaud


Y ella, ella se queda allí
Corazón en cruz, boca abierta
Sin un grito, sin una palabra
Ella conoce su muerte
Ella acaba de cruzarla
He aquí que se vuelve
Y se vuelve otra vez
Sus brazos le llegan al suelo
Ya está: tiene mil años.

La puerta se ha cerrado
y se ha quedado ahí, sin luz,
Ella gira sobre ella misma
Y ya sabe que girará siempre.
Ella ha perdido hombres
Pero ahí, ahí, ha perdido el amor.
El amor, se le ha dicho,
o sea otra vez ahí lo inútil...
Ella vivirá proyectos
Que no harán sino esperar
y hela ahí otra vez frágil
Antes de derrumbarse.

Y yo estoy alli, yo la sigo
Sin atreverme a nada con ella
A la que la multitud mordisquea
Como a una fruta cualquiera.




El próximo amor


Por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
Será para mí la próxima derrota
Yo se ya al empezar la fiesta
La hoja muerta que será el amanecer
Yo se, yo sé sin saber tu nombre
Que seré tu próxima captura
Yo se ya que es por su murmullo
Que los estanques ponen los ríos en prisión.

Pero por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
No vivirá hasta el próximo verano
Yo se ya que el tiempo de los besos
Para dos caminos no dura más que una encrucijada
Yo se, yo se que esta próxima felicidad
Será para mí la próxima de las guerras
Yo se ya esa horrible oración
Que hay que llorar cuando el otro es el vencedor.

Pero por mas que se haga, por mas que se diga
Que un hombre prevenido vale por dos
Por mas que se haga, por mas que se diga
Sienta bien estar enamorado
Yo se, yo se que este próximo amor
Será para nosotros vivir un nuevo reino
Del que creeremos ambos llevar cadenas
Del que creeremos que el otro tiene el terciopelo
Yo se, yo se que mi tierna debilidad
Hará de nosotros buques enemigos
Pero mi corazón sabe de buques enemigos
Partiendo juntos a pescar ternura.

jueves, 3 de octubre de 2013

Otoño

No hay formula matemática que resulte tan precisa como lo que Marlon Brando descubrió tras diez años de holgazanería en una de las islas de su propiedad. Según he leído en una minuciosa biografía del actor estadounidense, tras diez años retirado en la isla de Tetiaroa, en el Pacífico Sur, dedicado tan solo a la lectura, a la contemplación del paisaje, la reconsideración de sus valores y la minuciosa exploración de cada pequeño pensamiento que pasara por su mente – según sus propias palabras - el bueno de Marlon descubrió que “el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante”. A partir de ahí se desquició del todo. Normal. Lógico. No hay nada más enloquecedor que freírse continuamente las neuronas del cerebro con las muchas chorradas que se nos van acumulando en sus cavidades y además, en este disparatado mundo, pocas cosas pueden llegar a desquiciarnos tanto como descubrir que por mucha lata que demos, por mucho que hablemos, protestemos, follemos, comamos o ganemos dinero – y en todas estas cosas el bueno de Marlon fue un auténtico maestro -, no estamos hechos más que de tiempo y que el tiempo, el implacable, que diría Pablo Milanés, nos va arrastrando hacia territorios desconocidos donde apenas quedará rastro de las muchas tonterías que hayamos hecho o de todo lo que, penosa o gozosamente, hayamos conseguido.

El otoño ha comenzando. No es noticia, pero es un hecho. En esta estación la especie tiende hacia la melancolía. Esto no solo es evidente sino que me parece haberlo escrito en todos y cada uno de los artículos que he dedicado al otoño durante los muchos años en que vengo mostrando mi limitada visión del mundo en periódicos, revistas y hojas parroquiales. Durante los primeros días de la estación que acaba de comenzar, la gente no termina de encerrarse en sus casas, la larga siesta del invierno aún no ha comenzado y todavía resulta muy agradable pasear por las calles, por las playas vacías o por las veredas surcadas de árboles que aún tienen pendientes en sus ramas las hojas muertas. Mientras los días se acortan, la savia se retira de los árboles y los colores en la naturaleza se tornan dorados, calientes, casi, casi víctimas de un incendio permanente, todo parece dispuesto para que la especie comience a entretenerse con unos pocos pequeños placeres caseros; ya saben, hacer puzzles, versos, mermeladas o jerséis de lana, procurando, así, hacer más soportable la monótona vida de quienes trabajamos hasta el agotamiento - en el supuesto de que tengamos trabajo, claro - para enriquecer a quienes nos venden hipotecas, coches, préstamos bancarios o promesas electorales. Es posible que el otoño, según muestran tan profusamente los suplementos dominicales de los periódicos, sea también la estación propicia para cambiar la decoración de la casa, buscar setas, fracasar elegantemente o coleccionar remedios naturales contra el próximo resfriado o el próximo desaliento. No cabe duda que todas estas actividades tienen una marcada tradición otoñal, aunque tengo para mí que, finalmente, ha sido la industria de la cultura quién se ha adueñado de esta estación con su continuo lanzamiento de novedades. Nada más llegar las primeras lluvias, todos los medios de comunicación, además de repetirnos hasta la saciedad el resultado de los interminables partidos fútbol, se llenan con la propaganda de los “nuevos productos culturales” confeccionados para la nueva temporada.

Novelas, películas, canciones, vídeos musicales, estrenos teatrales, programas televisivos, biografías de los reyes tártaros, documentales sobre la flora y fauna de la península ibérica, todo en otoño se nos vende como si fueran auténticas joyas culturales, producto de las "mentes más despiertas" de nuestro tiempo, aunque con el transcurrir de las semanas todo o casi todo termina resultando más reiterativo que un telediario, más rancio que un discurso de Mariano Rajoy y más cargante que la música de Fito y los Fittipaldi. Año tras año, estación tras estación, de septiembre a diciembre y siempre entre los cálidos veranos que desaparecen tan rápidamente y el agridulce turrón de las próximas navidades, la poderosa industria de la cultura nos aburre con novelas prescindibles, películas repetidas, canciones innecesarias, falsos estrenos, absurdos programas de televisión y demás florituras producto de las "mentes más creativas" de nuestra época. Siempre es así. Sin remedio. Aunque, bueno, bien mirado, todo esto resulta fácilmente comprensible, ya que a fin de cuentas, un humilde servidor, de acuerdo con su limitada visión del mundo, también escribe todos los otoños el mismo o parecido artículo. Fuere como fuere lo cierto es que en estos días primeros del otoño todavía resulta muy agradable pasear por el campo, aunque solo sea para desentenderse durante unas cuántas horas de la desmedida ambición constructora de los alcaldes de nuestras ciudades. Todas las cosas parecen tener un cansancio y un abandono internos: las laderas de los montes presentan un resplandor de rescoldo moribundo; los árboles tienen aún pendientes las hojas muertas y los colores incendiados, dorados, calientes del paisaje parecen velados por la telaraña húmeda y azulada de la niebla... Antes de perdernos, de nuevo, en la aplastante rutina de los telediarios, los políticos, los partidos de fútbol  los horarios escolares, el tedio de los domingos por la tarde y la desfachatez de quienes nos están condenando al desempleo masivo, parece, esta, una época propicia para pasear, al atardecer, por alguno de los bosques de nuestra comunidad, respirando el aire tibio, transparente, casi, casi dulzón de los frutos que comienzan a pudrirse, deambulando, así, sin rumbo fijo mientras se susurra una oración inútil a alguna remota divinidad para que nos procure la salvaguarda de nuestra salud y ya, de paso, meditar - brevemente, eso sí, no fuera a ser que acabáramos desquiciándonos - acerca de lo que Marlon Brando descubrió hace ya muchos, muchos años: que el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante.


sábado, 28 de septiembre de 2013

CHINA





Tal vez entre sus propósitos para el nuevo curso, además de fumar menos, hacer dieta, aprender inglés o apuntarse a un gimnasio cualquiera, tenga usted la pretensión de huir. No solo de sí mismo, que es lo más complicado, sino también de los recortes, la prima de riesgo, las tertulias radiofónicas, el desplome del euro, los partidos de fútbol del Barcelona contra el Real Madrij, las divergencias entre la Europa franco-alemana y el euroescepticismo de la gran Bretaña y las discusiones sobre la mucha o la poca capacidad del gobierno del mentiroso Mariano Rajoy para poner en marcha este antiguo reino de taifas ahora prósperamente reconvertido en un reino de mafias. Tal vez su propósito venga condicionado por la terca realidad y no tenga usted más pretensión que la de abandonar la localidad donde habitualmente reside ya que, como nos ha ocurrido en Santander, alguien, no se sabe bien quién, como, ni por qué, ha decidido paralizar toda actividad emprendedora dejándonos sin otro entretenimiento vital que la contemplación del descomunal paisaje que nos circunda. La tarea no es nada sencilla. Huir, sí, pero, ¿a dónde?. Es posible que la abrumadora información que usted diariamente recibe de traslados, vacaciones, vuelos baratos y viajes al extranjero le colapse el buen funcionamiento de las neuronas cerebrales y no sepa a donde dirigirse para desentenderse de las disputas identitarias, las catástrofes del telediario, los incomprensibles negocios de Iñaki Urdangarín, las apocalípticas profecías de los cientos de gurus económicos que nos asedian por todas partes y del desmoralizador desmoronamiento económico e institucional del Racing Club de Futbol. No se preocupe, para eso estamos, para ayudar en cuánto podamos.
Lo primero es saber que huir no resulta fácil ni barato. Las opciones son limitadas. Los paraísos terrenales no abundan. Los que había los han llenado de turistas que beben como poetas rusos desquiciados, hablan como comerciantes napolitanas, sudan como luchadores de sumo y calzan sandalias con calcetines blancos. Además los pocos que aún perduran tienen como propietarios a multimillonarios chiflados o no pueden nombrarse, en un intento – vano, supongo - de salvaguardarlos de la voracidad constructora de los constructores españoles.

        Lo segundo es persistir en su propósito. Ya se sabe, el que la sigue la consigue. Así que si usted persiste en huir y además en su huida pretende hacerse rico – pero rico de verdad, no como nuestros constructores que tuvieron que repartirse el botín con los alcaldes y concejales de los municipios que arrasaron – tiene usted que desplazarse a China. Ahí está el futuro. Los chinos no solo trabajan como chinos por un salario de mierda, sino que además durante los últimos doce años han ocupado el primer lugar entre los países en vías de desarrollo en la utilización efectiva de fondos exteriores, convirtiéndose de la noche a la mañana en el mercado mundial donde las ventas al por menor de artículos de consumo más crece; ademas, aparte de los productos de consumo básico, como alimentación, ropa y electrodomésticos, actualmente sectores como la automoción, los productos de marca y los artículos de lujo son cada vez más populares y más demandados en China. El fuerte crecimiento de la renta familiar, la rápida transformación de una economía basada en la agricultura a una economía industrial y el desarrollo de las clases medias pudientes ha provocado que los descendientes de la revolución cultural de Mao estén superando a los USA como consumidores. Así que no lo dude. Los chinos le comprarán cualquier cosa que usted quiera venderles y además también se la fabricarán sin venirle con leches de huelgas, prejubilaciones, prestaciones por desempleo, bajas por maternidad y otros derechos sociales. También es posible que usted no pretenda hacerse rico – de toda hay en la viña del señor – sino que en este nuevo curso tan solo ansíe huir de la vida que le está tocando transitar para dedicar todo su tiempo a practicar alguna de sus aficiones o de sus perversiones. En ese caso mas que aconsejarle, le deseo suerte y paciencia, mucha suerte y mucha paciencia, que esa es la receta que servidor, tal y como está de complicado el panorama, se aplica a si mismo para tratar de sobrevivir haciendo lo poco que sabe hacer para ganarse la vida, o sea, escribir, donde puede, de estas y otras banalidades...

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Antonio Machado




                   Dos características esenciales, ambas muy poderosas, conforman la poética de Antonio Machado: la voluntad de ser un poeta en el tiempo, a la manera de Jorge Manrique, por ejemplo, y la circunstancia, involuntaria, por supuesto, de ser, en palabras de Josep Pla, "un hombre abrumado por el dolor".





Es una hermosa noche de verano. 

Tienen las altas casas 
abiertos los balcones 
del viejo pueblo a la anchurosa plaza. 
En el amplio rectángulo desierto, 
bancos de piedra, evónimos y acacias 
simétricos dibujan 
sus negras sombras en la arena blanca. 
En el cénit, la luna, y en la torre, 
la esfera del reloj iluminada. 
Yo en este viejo pueblo paseando 
solo, como un fantasma.







Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, 
así en la costa un barco, sin que al partir te inquiete. 
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; 
porque la vida es larga y el arte es un juguete. 
Y si la vida es corta 
y no llega la mar a tu galera, 
aguarda sin partir y siempre espera, 
que el arte es largo y, además, no importa. 






Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...

No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.






Este hombre del casino provinciano 
que vio a Carancha recibir un día, 
tiene mustia la tez, el pelo cano, 
ojos velados por melancolía; 
bajo el bigote gris, labios de hastío, 
y una triste expresión, que no es tristeza, 
sino algo más y menos: el vacío 
del mundo en la oquedad de su cabeza. 


Aún luce de corinto terciopelo 
chaqueta y pantalón abotinado, 
y un cordobés color de caramelo, 
pulido y torneado. 
Tres veces heredó; tres ha perdido 
al monte su caudal; dos ha enviudado. 



Sólo se anima ante el azar prohibido, 
sobre el verde tapete reclinado, 
o al evocar la tarde de un torero, 
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta 
la hazaña de un gallardo bandolero, 
o la proeza de un matón, sangrienta. 



Bosteza de política banales 
dicterios al gobierno reaccionario, 
y augura que vendrán los liberales, 
cual torna la cigüeña al campanario. 



Un poco labrador, del cielo aguarda 
y al cielo teme; alguna vez suspira, 
pensando en su olivar, y al cielo mira 
con ojo inquieto, si la lluvia tarda. 



Lo demás, taciturno, hipocondriaco, 
prisionero en la Arcadia del presente, 
le aburre; sólo el humo del tabaco 
simula algunas sombras en su frente. 



Este hombre no es de ayer ni es de mañana, 
sino de nunca; de la cepa hispana 
no es el fruto maduro ni podrido, 
es una fruta vana 
de aquella España que pasó y no ha sido, 
esa que hoy tiene la cabeza cana.






lunes, 16 de septiembre de 2013

Fascismo


En las sociedades desarrolladas de nuestro hemisferio occidental el fascismo es siempre una posibilidad. No tan remota como pudiera parecer. Una posibilidad que durante la década de los noventa, por ejemplo, impulsó la limpieza étnica en los Balcanes, incorporó un partido fascista al primer gobierno italiano de Berlusconi, propició la violencia de los cabezas rapadas contra los inmigrantes en Inglaterra, Alemania o Escandinavia y facilitó el inicial ascenso de Le Pen al segundo lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas del dos mil dos. Cuando determinados grupos humanos se creen en posesión de la verdad, se presentan ante la sociedad como víctimas y no consiguen sus propósitos mediante métodos democráticos, siempre existe la tentación fascista de enfundarse la camisa negra, colocarse una llamativa hebilla de plata en el cinturón, aclararse la garganta y con el pistolón en la mano proclamar a los cuatro vientos que hay que hacerse cargo de la situación, que ya no hay por qué escuchar más argumentos, más posiciones, más razonamientos, que las cosas se van a enderezar sin necesidad alguna de parlamentos, elecciones, diputaciones y demás zarandajas democráticas... Esta es la actitud suicida que propició que durante las primeras décadas del siglo pasado se extendieran por Europa los movimientos totalitarios que culminaron con las dos desastrosas guerras mundiales.

En la actualidad los movimientos fascistas están creciendo de nuevo en Europa debido, a mi juicio, a la crisis económica y social, al descenso del poder adquisitivo, el aumento del paro y la pobreza, al racismo, al imparable desprestigio de una clase política copada por los más estúpidos de la manada, marcada por una corrupción casi, casi, institucionalizada y a una más que discutible política neoliberal. Muchas formaciones fascistas han experimentado un rápido e inesperado crecimiento, tanto electoral como social, como se ha podido comprobar en las ultimas elecciones celebradas tanto en Finlandia como en Francia. A menudo su éxito ha partido de pequeñas victorias locales que han servido para impulsarse, luego, a la totalidad del estado. Este progreso del fascismo en nuestro avejentado continente se ha plasmado en el crecimiento electoral de estos partidos como se puede comprobar en la actual composición del Parlamento europeo, por ejemplo, cuyo sistema electoral por circunscripciones grandes favorece su representación, donde pasaron de ocupar 19 a 35 escaños tras las elecciones de 2009.

La idea fascista del monolito, la idea totalitaria de que todos debemos ser como ellos, hoy la hallamos por todas partes, pero, atendiendo a lo que nos concierne, también se halla en muchos de los planteamientos nacionalistas que durante lustros llevan dándose en la vida politica, económica y social de nuestra dividida España. Los diferentes nacionalismos que conviven en nuestro estado están fundamentalmente basados en conceptos tan arbitrarios como la "autenticidad" – ya saben, esa constante retahila que tanto se repite de ¿quienes son los auténticos catalanes, los autenticos vascos, los auténticos gallegos o los auténticos españoles? -. Para todos estos nacionalismos los "auténticos" son unicamente quienes pertenecen a un grupo que tiene como señas de identidad las impuestas por los propios nacionalistas; aquellos que consideran que el grupo está por encima de cualquier derecho individual; quienes creen que su grupo es una víctima de la historia, que temen por su decadencia debido a los efectos corrosivos del liberalismo individual, las influencias extranjeras y la invasión de los emigrantes; aquellos que, en definitiva, consideran que su grupo tiene derecho a dominar a otros sin limitaciones de ninguna clase, tanto las que provienen de las leyes divinas como de las leyes humanas. Reminiscencias del fascismo, más o menos sutiles, pero reminiscencias. El sentimiento de pertenencia a un “pueblo oprimido”, como habitualmente se suelen presentar ante la sociedad nuestros partidos nacionalistas, puede, incluso, justificar cualquier disparate, ya sea discutir sobre la conveniencia o no de hacer desaparecer la bandera nacional de las instituciones públicas o sobre la necesidad de educar a nuestros descendientes tan solo en catalán, por ejemplo, o en vasco o en gallego... Lo cual llevado a sus últimas consecuencias explicaría por qué tantas veces algunos dirigentes nacionalistas del País Vasco, por ejemplo, trataron de justificar, comprender o minimizar los brutales destrozos causados por la última banda terrorista que opera en Europa. Para que este disparate no vuelva a suceder esta es la exigencia, a mi juicio, que nuestro estado democrático debe de reclamar de un modo inmediato a la coalición Bildu, heredera de lo que durante años fuera llamado - mal llamado, por cierto, - la izquierda abertzale: hasta que sus representantes, ampliamente elegidos en los últimos comicios electorales, no se desmarquen contundente, lapidaria e inequivocamente de ETA, la tentación del fascismo volverá a estar presente, de nuevo, en todos los pueblos y todas las ciudades de la complicada y castigada comunidad autónoma vasca.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El poder




El problema de las democracias actuales en nuestro disparatado hemisferio occidental es que nuestros representantes libremente elegidos no son ya libres para adoptar decisiones. Las decisiones realmente importantes las toman poderosas asociaciones económicas - bancos, constructoras, multinacionales - en definitiva, consorcios que no están sometidos a ningún control democrático y que en mayor o menor medida, también se dedican, entre otros negocios, a financiar partidos políticos. Los parlamentos de los países occidentales han visto como su función ha quedado reducida a comportarse como meras sucursales de estos consorcios; sucursales que legislan para procurar sus beneficios, mantener sus privilegios, facilitar sus estrategias y vendernos un estilo de vida donde sus ganancias son lo primordial y nuestra libertad y seguridad lo secundario. Las nuevas esclavitudes nos las están imponiendo quienes han supeditado la política a la economía: los grandes grupos económicos que han dejado a los ciudadanos sin más protección que su precario puesto de trabajo – en el milagroso supuesto de que se disponga de puesto de trabajo, claro - en un sistema económico de mercado libre donde lo único que cuenta son los beneficios de dichos consorcios, no el desarrollo de la educación, la sanidad, la cultura, la solidaridad, las relaciones familiares, el pleno empleo o el sacrosanto derecho a perder el tiempo del modo y manera que uno considere más conveniente para salvaguardar su salud; tanto la mental como la física. Esto es lo que hay. Lo demás son debates sobre el estado de la nación donde se discuten identidades, financiaciones para los virreyes autonómicos, liderazgos de partido y los ya habituales recortes presupuestarios para quienes, de una u otra manera, siempre han estado marginados – lo cual, por otra parte, no resulta nada novedoso, sobre todo en un país donde el bienestar de los demás nos jode tanto.

Todas estas poderosas asociaciones económicas nos están vendiendo ahora la idea de que la crisis economica por la que está atravesando nuestro país es debida no solo a nuestro excesivo gasto privado – ¿ no nos educaron en la idea de que nuestra única mision en la vida era gastar dinero como si todos fuesemos hijos de Botín? -, sino también a nuestro excesivo gasto público, que se supone que ha creado un elevado déficit y una descomunal deuda pública; lastres que dificultan seriamente nuestra recuperación económica. Nuestro sector público, en comparación con la mayoría de los países de la Unión Europea, está subdesarrollado. Pesimamente organizado en una delirante multiplicidad pero subdesarrollado. El subdesarrollo de nuestro sector público, como habitualmente explica el catedratico Vicens Navarro, procede de la dictadura y de los gobiernos conservadores que hemos padecido; gobiernos con escasa sensibilidad social. Estos gobiernos impulsaron unos sistemas de recaudación de impuestos escasamente progresivos, con una carga fiscal menor que el promedio de la Unión Europea y con un enorme fraude fiscal. Estos gobiernos, además de una escasa sensibilidad social, crearon un Estado muy poco redistributivo, por lo que somos uno de los países con mayores desigualdades de renta en la Unión Europea. La capacidad adquisitiva de las clases populares, como consecuencia de esta desigualdad, se ha reducido notablemente, creando una economía basada en el crédito que, al colapsarse, ha provocado un enorme problema de escasez de demanda; causa de la recesión económica. Nuestra desigualdad social y nuestra limitada capacidad recaudatoria explican que, a pesar de que nuestra deuda pública no sea descomunal, surjan dudas de que podamos pagarla. Nuestro déficit se debe, no al aumento excesivo del gasto público, sino a la disminución de los ingresos al Estado debido a la falta de actividad económica y a la resistencia del poder económico para reactivarla: fueron las poderosas asociaciones económicas - con la banca al frente, por supuesto - las que, especulando con lo que nunca tenían que haber especulado, crearon burbujas que al estallar han generado los enormes problemas de falta de crédito. Eso sí, no conformes con sus pasadas hazañas, de las que tuvimos que rescatarles con fondos públicos - como bien dijo Joseph Stiglitz, con todos los fondos gastados para ayudar a los banqueros se podrían haber creado bancos públicos que ya habrían resuelto los problemas de crédito que estamos experimentando - ahora, tan encantadores como siempre, ya están creando una nueva burbuja: la de la ya famosa deuda pública.

Lo realmente preocupante, cuando menos en lo que a un servidor concierne, ya se sabe periodista de los de antes, o sea, de los que aún considera que nuestra función es contar lo que el poder no quiere que se sepa, es que la inmensa mayoría de los medios de comunicación han terminado por convertirse en unas simples correas transmisoras de este poder económico, ya que son los consejos de administración de las grandes corporaciones financieras quienes los financian ya sea comprándolos o condicionándolos a través de la publicidad, tanto directa como indirecta. Todo lo que sabemos lo sabemos porque resulta conveniente, necesario, provechoso para quienes nos transmiten la información. El resto, o sea, lo que no quieren que sepamos hay que rastrearlo minuciosamente en publicaciones marginales, emisoras de radio piratas, documentales tipo Michael Moore o en los cada vez más numerosos blogs de los internautas. La información se confunde con la publicidad. La propaganda con la realidad. Y así más informados que nunca, con más medios de comunicación a nuestro alcance, vamos sobreviviendo como nos dictan las grandes corporaciones económicas que nos han esclavizado. Ya saben, quienes, durante décadas, nos han estado vendiendo coches todos terrenos, viajes al Caribe, móviles de última generación , microondas, apartamentos en la playa, televisiones con pantalla de plasma, partidos de futbol a todas horas, medicamentos antidepresivos y un montón de cosas que, en realidad, no necesitábamos para nada y que ni siquiera podíamos pagar. 

Los medios de comunicación ya no somos el cuarto poder. Los periodistas trabajamos para el poder. No por vocación. Se lo aseguro. Sino por que es quien paga. Más o menos lo que le sucede a usted.