jueves, 3 de octubre de 2013

Otoño

No hay formula matemática que resulte tan precisa como lo que Marlon Brando descubrió tras diez años de holgazanería en una de las islas de su propiedad. Según he leído en una minuciosa biografía del actor estadounidense, tras diez años retirado en la isla de Tetiaroa, en el Pacífico Sur, dedicado tan solo a la lectura, a la contemplación del paisaje, la reconsideración de sus valores y la minuciosa exploración de cada pequeño pensamiento que pasara por su mente – según sus propias palabras - el bueno de Marlon descubrió que “el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante”. A partir de ahí se desquició del todo. Normal. Lógico. No hay nada más enloquecedor que freírse continuamente las neuronas del cerebro con las muchas chorradas que se nos van acumulando en sus cavidades y además, en este disparatado mundo, pocas cosas pueden llegar a desquiciarnos tanto como descubrir que por mucha lata que demos, por mucho que hablemos, protestemos, follemos, comamos o ganemos dinero – y en todas estas cosas el bueno de Marlon fue un auténtico maestro -, no estamos hechos más que de tiempo y que el tiempo, el implacable, que diría Pablo Milanés, nos va arrastrando hacia territorios desconocidos donde apenas quedará rastro de las muchas tonterías que hayamos hecho o de todo lo que, penosa o gozosamente, hayamos conseguido.

El otoño ha comenzando. No es noticia, pero es un hecho. En esta estación la especie tiende hacia la melancolía. Esto no solo es evidente sino que me parece haberlo escrito en todos y cada uno de los artículos que he dedicado al otoño durante los muchos años en que vengo mostrando mi limitada visión del mundo en periódicos, revistas y hojas parroquiales. Durante los primeros días de la estación que acaba de comenzar, la gente no termina de encerrarse en sus casas, la larga siesta del invierno aún no ha comenzado y todavía resulta muy agradable pasear por las calles, por las playas vacías o por las veredas surcadas de árboles que aún tienen pendientes en sus ramas las hojas muertas. Mientras los días se acortan, la savia se retira de los árboles y los colores en la naturaleza se tornan dorados, calientes, casi, casi víctimas de un incendio permanente, todo parece dispuesto para que la especie comience a entretenerse con unos pocos pequeños placeres caseros; ya saben, hacer puzzles, versos, mermeladas o jerséis de lana, procurando, así, hacer más soportable la monótona vida de quienes trabajamos hasta el agotamiento - en el supuesto de que tengamos trabajo, claro - para enriquecer a quienes nos venden hipotecas, coches, préstamos bancarios o promesas electorales. Es posible que el otoño, según muestran tan profusamente los suplementos dominicales de los periódicos, sea también la estación propicia para cambiar la decoración de la casa, buscar setas, fracasar elegantemente o coleccionar remedios naturales contra el próximo resfriado o el próximo desaliento. No cabe duda que todas estas actividades tienen una marcada tradición otoñal, aunque tengo para mí que, finalmente, ha sido la industria de la cultura quién se ha adueñado de esta estación con su continuo lanzamiento de novedades. Nada más llegar las primeras lluvias, todos los medios de comunicación, además de repetirnos hasta la saciedad el resultado de los interminables partidos fútbol, se llenan con la propaganda de los “nuevos productos culturales” confeccionados para la nueva temporada.

Novelas, películas, canciones, vídeos musicales, estrenos teatrales, programas televisivos, biografías de los reyes tártaros, documentales sobre la flora y fauna de la península ibérica, todo en otoño se nos vende como si fueran auténticas joyas culturales, producto de las "mentes más despiertas" de nuestro tiempo, aunque con el transcurrir de las semanas todo o casi todo termina resultando más reiterativo que un telediario, más rancio que un discurso de Mariano Rajoy y más cargante que la música de Fito y los Fittipaldi. Año tras año, estación tras estación, de septiembre a diciembre y siempre entre los cálidos veranos que desaparecen tan rápidamente y el agridulce turrón de las próximas navidades, la poderosa industria de la cultura nos aburre con novelas prescindibles, películas repetidas, canciones innecesarias, falsos estrenos, absurdos programas de televisión y demás florituras producto de las "mentes más creativas" de nuestra época. Siempre es así. Sin remedio. Aunque, bueno, bien mirado, todo esto resulta fácilmente comprensible, ya que a fin de cuentas, un humilde servidor, de acuerdo con su limitada visión del mundo, también escribe todos los otoños el mismo o parecido artículo. Fuere como fuere lo cierto es que en estos días primeros del otoño todavía resulta muy agradable pasear por el campo, aunque solo sea para desentenderse durante unas cuántas horas de la desmedida ambición constructora de los alcaldes de nuestras ciudades. Todas las cosas parecen tener un cansancio y un abandono internos: las laderas de los montes presentan un resplandor de rescoldo moribundo; los árboles tienen aún pendientes las hojas muertas y los colores incendiados, dorados, calientes del paisaje parecen velados por la telaraña húmeda y azulada de la niebla... Antes de perdernos, de nuevo, en la aplastante rutina de los telediarios, los políticos, los partidos de fútbol  los horarios escolares, el tedio de los domingos por la tarde y la desfachatez de quienes nos están condenando al desempleo masivo, parece, esta, una época propicia para pasear, al atardecer, por alguno de los bosques de nuestra comunidad, respirando el aire tibio, transparente, casi, casi dulzón de los frutos que comienzan a pudrirse, deambulando, así, sin rumbo fijo mientras se susurra una oración inútil a alguna remota divinidad para que nos procure la salvaguarda de nuestra salud y ya, de paso, meditar - brevemente, eso sí, no fuera a ser que acabáramos desquiciándonos - acerca de lo que Marlon Brando descubrió hace ya muchos, muchos años: que el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante.


sábado, 28 de septiembre de 2013

CHINA





Tal vez entre sus propósitos para el nuevo curso, además de fumar menos, hacer dieta, aprender inglés o apuntarse a un gimnasio cualquiera, tenga usted la pretensión de huir. No solo de sí mismo, que es lo más complicado, sino también de los recortes, la prima de riesgo, las tertulias radiofónicas, el desplome del euro, los partidos de fútbol del Barcelona contra el Real Madrij, las divergencias entre la Europa franco-alemana y el euroescepticismo de la gran Bretaña y las discusiones sobre la mucha o la poca capacidad del gobierno del mentiroso Mariano Rajoy para poner en marcha este antiguo reino de taifas ahora prósperamente reconvertido en un reino de mafias. Tal vez su propósito venga condicionado por la terca realidad y no tenga usted más pretensión que la de abandonar la localidad donde habitualmente reside ya que, como nos ha ocurrido en Santander, alguien, no se sabe bien quién, como, ni por qué, ha decidido paralizar toda actividad emprendedora dejándonos sin otro entretenimiento vital que la contemplación del descomunal paisaje que nos circunda. La tarea no es nada sencilla. Huir, sí, pero, ¿a dónde?. Es posible que la abrumadora información que usted diariamente recibe de traslados, vacaciones, vuelos baratos y viajes al extranjero le colapse el buen funcionamiento de las neuronas cerebrales y no sepa a donde dirigirse para desentenderse de las disputas identitarias, las catástrofes del telediario, los incomprensibles negocios de Iñaki Urdangarín, las apocalípticas profecías de los cientos de gurus económicos que nos asedian por todas partes y del desmoralizador desmoronamiento económico e institucional del Racing Club de Futbol. No se preocupe, para eso estamos, para ayudar en cuánto podamos.
Lo primero es saber que huir no resulta fácil ni barato. Las opciones son limitadas. Los paraísos terrenales no abundan. Los que había los han llenado de turistas que beben como poetas rusos desquiciados, hablan como comerciantes napolitanas, sudan como luchadores de sumo y calzan sandalias con calcetines blancos. Además los pocos que aún perduran tienen como propietarios a multimillonarios chiflados o no pueden nombrarse, en un intento – vano, supongo - de salvaguardarlos de la voracidad constructora de los constructores españoles.

        Lo segundo es persistir en su propósito. Ya se sabe, el que la sigue la consigue. Así que si usted persiste en huir y además en su huida pretende hacerse rico – pero rico de verdad, no como nuestros constructores que tuvieron que repartirse el botín con los alcaldes y concejales de los municipios que arrasaron – tiene usted que desplazarse a China. Ahí está el futuro. Los chinos no solo trabajan como chinos por un salario de mierda, sino que además durante los últimos doce años han ocupado el primer lugar entre los países en vías de desarrollo en la utilización efectiva de fondos exteriores, convirtiéndose de la noche a la mañana en el mercado mundial donde las ventas al por menor de artículos de consumo más crece; ademas, aparte de los productos de consumo básico, como alimentación, ropa y electrodomésticos, actualmente sectores como la automoción, los productos de marca y los artículos de lujo son cada vez más populares y más demandados en China. El fuerte crecimiento de la renta familiar, la rápida transformación de una economía basada en la agricultura a una economía industrial y el desarrollo de las clases medias pudientes ha provocado que los descendientes de la revolución cultural de Mao estén superando a los USA como consumidores. Así que no lo dude. Los chinos le comprarán cualquier cosa que usted quiera venderles y además también se la fabricarán sin venirle con leches de huelgas, prejubilaciones, prestaciones por desempleo, bajas por maternidad y otros derechos sociales. También es posible que usted no pretenda hacerse rico – de toda hay en la viña del señor – sino que en este nuevo curso tan solo ansíe huir de la vida que le está tocando transitar para dedicar todo su tiempo a practicar alguna de sus aficiones o de sus perversiones. En ese caso mas que aconsejarle, le deseo suerte y paciencia, mucha suerte y mucha paciencia, que esa es la receta que servidor, tal y como está de complicado el panorama, se aplica a si mismo para tratar de sobrevivir haciendo lo poco que sabe hacer para ganarse la vida, o sea, escribir, donde puede, de estas y otras banalidades...

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Antonio Machado




                   Dos características esenciales, ambas muy poderosas, conforman la poética de Antonio Machado: la voluntad de ser un poeta en el tiempo, a la manera de Jorge Manrique, por ejemplo, y la circunstancia, involuntaria, por supuesto, de ser, en palabras de Josep Pla, "un hombre abrumado por el dolor".





Es una hermosa noche de verano. 

Tienen las altas casas 
abiertos los balcones 
del viejo pueblo a la anchurosa plaza. 
En el amplio rectángulo desierto, 
bancos de piedra, evónimos y acacias 
simétricos dibujan 
sus negras sombras en la arena blanca. 
En el cénit, la luna, y en la torre, 
la esfera del reloj iluminada. 
Yo en este viejo pueblo paseando 
solo, como un fantasma.







Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, 
así en la costa un barco, sin que al partir te inquiete. 
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; 
porque la vida es larga y el arte es un juguete. 
Y si la vida es corta 
y no llega la mar a tu galera, 
aguarda sin partir y siempre espera, 
que el arte es largo y, además, no importa. 






Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...

No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.






Este hombre del casino provinciano 
que vio a Carancha recibir un día, 
tiene mustia la tez, el pelo cano, 
ojos velados por melancolía; 
bajo el bigote gris, labios de hastío, 
y una triste expresión, que no es tristeza, 
sino algo más y menos: el vacío 
del mundo en la oquedad de su cabeza. 


Aún luce de corinto terciopelo 
chaqueta y pantalón abotinado, 
y un cordobés color de caramelo, 
pulido y torneado. 
Tres veces heredó; tres ha perdido 
al monte su caudal; dos ha enviudado. 



Sólo se anima ante el azar prohibido, 
sobre el verde tapete reclinado, 
o al evocar la tarde de un torero, 
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta 
la hazaña de un gallardo bandolero, 
o la proeza de un matón, sangrienta. 



Bosteza de política banales 
dicterios al gobierno reaccionario, 
y augura que vendrán los liberales, 
cual torna la cigüeña al campanario. 



Un poco labrador, del cielo aguarda 
y al cielo teme; alguna vez suspira, 
pensando en su olivar, y al cielo mira 
con ojo inquieto, si la lluvia tarda. 



Lo demás, taciturno, hipocondriaco, 
prisionero en la Arcadia del presente, 
le aburre; sólo el humo del tabaco 
simula algunas sombras en su frente. 



Este hombre no es de ayer ni es de mañana, 
sino de nunca; de la cepa hispana 
no es el fruto maduro ni podrido, 
es una fruta vana 
de aquella España que pasó y no ha sido, 
esa que hoy tiene la cabeza cana.