martes, 16 de abril de 2013

Multitudes


No se vive más que una vida. Cierto. Pero de entre todas las cosas que en este mundo se pueden hacer, ¿por qué llegamos a hacer lo que hacemos?; es decir, ¿qué es lo que nos impulsa a convertirnos en lo que finalmente terminamos siendo? : ¿el azar?, ¿la necesidad?. Por poner un ejemplo que me resulta bastante cercano, ¿que es lo que le ha ocurrido a mi miserable persona para trabajar como periodista en lugar de convertirme en un hombre de provecho; o sea, en un banquero, pastor de cabras, lancero bengalí, pintor de brocha gorda, presentador de televisión homosexual, guardia de tráfico en alguna desolada aldea rumana o concejal de urbanismo en alguna localidad costera de este disparatado país..?. No sé si es porque frecuento demasiados bares o porque leo demasiados periódicos, pero, últimamente, me parece que hay demasiada gente para todo: para ver partidos de fútbol, para morirse en un campamento de refugiados, para hacer cola ante la ventanilla de cualquier administración pública o para comprar aceitunas machacadas en un mercado marroquí. Hay gente de sobra. Tanto para lo bueno como para lo malo. Gente anónima que se tumba al sol, procrea, respira, miente, paga la hipoteca y se sienta disciplinadamente ante el televisor para contemplar las muchas estupideces que nos muestran. Hay gente incluso para leer artículos como este. Gente que no suele protestar por casi nada, que aguanta carros y carretas, que pierde el tiempo inmovilizada en monumentales atascos de tráfico y a la que, como escribiera Guillaume Apollinaire, “hace mucho, mucho tiempo que se le hace creer que no tiene ningún futuro, que es ignorante por completo y totalmente idiota de nacimiento...”

                      En una entrevista concedida a un diario británico hace ya muchos, muchos años, – tantos que un humilde servidor ni siquiera había nacido - el inmenso Bertrand Russell, pensador inglés muy influyente durante el siglo pasado, declaró que: “a menos que todo el mundo haya de ser muy pobre, no debería haber más gente que alimentar de la que hay ahora; por tanto es absolutamente necesario nivelar el crecimiento de la población hasta que ésta sea relativamente estacionaria”. Palabras dichas durante la década de los cincuenta, cuando, ni de lejos, nos acercábamos a los más de seis mil millones de personas que actualmente habitamos este planeta azotado por los huracanes, la contaminación, las lluvias torrenciales y las pertinaces sequías.

                      Nunca he llegado a comprender para qué leches hay tantas personas en este disparatado mundo: ¿para nada en especial o para qué virus como el de la gripe del pollo tengan con quién entretenerse?; ¿para qué los promotores inmobiliarios no dejen ni un palmo de terreno por construir y vendan más fácilmente sus cada vez más minúsculos apartamentos o para que los políticos dispongan de disciplinadas masas a las que camelar con sus discursos; o sea, con sus turbios negocios, casualmente, también inmobiliarios?; ¿para que Andy y Lucas, Melendi, El Canto del Loco, Amaya Montero y la subsiguiente caterva de horteras que nos asola puedan vender millones de discos o para qué los grandes magnates, los dueños de la multinacionales, tengan compradores a quienes venderles tanto teléfono móvil, tanto ordenador, tantas aspirinas, tanto automóvil, tantas vacunas contra supuestas pandemias...?. Ni la más remota idea. Pero, a mi parecer, la teoría según la cual la calidad nace de la cantidad es totalmente falsa y en especial en el país donde vivimos. Es un principio miserable que se ha extendido en esta época miserable con el propósito de que cada vez haya más gente para comprar cosas, para pagar impuestos, para jugar a la lotería primitiva o para sufrir las guerras, la enfermedad, la miseria y el desorden generalizado. Como a pesar de haber terminado ejerciendo de periodista no me considero más lerdo que el común de los mortales, sé perfectamente que todas estas desgracias siempre van existir. Pero si todo esto debe existir, convendría que se hiciera con la menor cantidad de gente posible - siempre según mi limitado parecer y entender, claro está...

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