miércoles, 17 de abril de 2013

Ley de Costas. Mafias


               Los dirigentes del Partido Popular consideran que aún no se han cometido bastante barbarides urbanísticas en nuestro litoral así que, tratando de devolver los favores a quienes les procuran la placentera vida que llevan, a saber, los constructores, están decididos a modificar la Actual Ley de Costas. Así lo relataba como noticia el digital de "El País" el pasado domingo: "Tres padres de la actual Ley de Costas, vigente desde 1988, ven en los cambios introducidos por el PP en esta norma una oportunidad clara para rellenar de cemento los pocos huecos que quedan en el litoral español. Los autores de la norma actual, creada durante un Gobierno socialista, advierten de que se está desprotegiendo una franja de 80 metros, casi la longitud mínima de un campo de fútbol, y que se abrirá la posibilidad de edificar muchos tramos de costa para usos residenciales que ahora no son edificables. Los guardianes de esta nueva oportunidad de negocio serán los Ayuntamientos, eso sí, con el control de las comunidades. Las novedades se han colado de forma sibilina en la reforma de la Ley de Costas, denominada proyecto de Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. " No importa que los medios de comunicación dediquen todos sus esfuerzos a relatarnos las peripecias de Barcenas, las chapuzas de Urdangarín o las catástrofes venideras anunciadas por un sin fin de prestigiosos economistas que fueron incapaces de vislumbrar la descomunal crisis economica en la que ya hace más de tres años que venimos chapoteando, lo que realmente está desintegrando la democracia española está íntimamente relacionado con lo que esta noticia relata: los poderes locales llevan muchos años controlados por mafias; mafias dedicadas al negocio de la construcción, aunque tampoco le hacen ascos al tráfico de drogas, dinero, armas, personas o al cada vez más próspero negocio de la prostitución.

         Las mafias arrasaron el país durante los años de la burbuja inmobiliaria. Literalmente. Los municipios - costeros, sobre todo, lindantes con grandes ciudades o con espacios protegidos por su singular belleza paisajística - fueron tomados por empresas constructoras de dudosa titularidad que no repararon en gastos para comprar la voluntad de los alcaldes, concejales, policías  jueces y demás representantes de los poderes públicos en su afán de recalificar terrenos y hacerse con todos las hectáreas de dominio público posibles. No fueron hechos casuales ni esporádicos. Tampoco figuraciones periodísticas. Lamentablemente fueron una constante en esa época de dinero barato, hipotecas, adosados, urbanizaciones residenciales y campos de golf, muchos, muchos campos de golf; época que al parecer los dirigentes del Partido popular quieren resucitar con la promulgación de las modificaciones en la Actual Ley de Costas.




           En nuestro país, hace ya mucho tiempo, que no hay ningún otro negocio, salvo tal vez el de la prostitución. Ningún otro. Los últimos gobiernos no hicieron carreteras, ni hospitales, ni institutos, ni industrias, no fomentaron el desarrollo tecnológico ni cuidaron nuestro riquísimo patrimonio cultural, se limitaron a crear las condiciones favorables para que las empresas constructoras se adueñasen de los ayuntamientos, con el propósito de recibir a cambio, eso sí, cantidades ingentes de dinero que mantengan perfectamente engrasada la poderosa maquinaria de propaganda de los partidos políticos. Las reformas estatutarias que tanto asustaron en su día fueron una broma en comparación con lo que sucedió en las instituciones del poder local - casualmente las que están más próximas a los ciudadanos. Todo eso modificó las costumbres nacionales, así que los jóvenes captaron el mensaje: para prosperar en nuestro país ya no resultaba necesario estudiar, ni investigar, ni trabajar, ni tan siquiera medrar, bastaba con especular con el solar patrio. Como habían hecho los listos. Ya saben, no creo que haga falta dar nombres. Lo demás, como supongo que los jóvenes de ahora ya se habrán dado cuenta, son ganas de engrosar las desoladoras cifras del desempleo o de perder el tiempo en trabajos de mierda por un puñetero salario de mierda.


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