martes, 9 de julio de 2013

Bilbainos


Estando tan cerca de Francia, apenas a hora u hora y media de carretera, siempre me he preguntado porque los bilbainos tenemos tan pocas cosas en común con los descendientes de Napoleón. Cierto que el cursi de Maurice Chevalier era francés pero bueno, si nos ponemos exquisitos tampoco es menos cierto que el disparatado de Sabino Arana era de Bilbao, así que lo comido por lo servido. Resulta curioso pero si se medita un instante en esto – en el supuesto de que se disponga de un instante para meditar en algo que no sea en el dinero, en la propia lujuria o en el acelerado deterioro mental de algunos de nuestros líderes políticos - uno no acierta a comprender porque todo dios se empeña en vivir como los estadounidenses, es decir, en un mundo a la americana y nadie, por ejemplo, quiere ser francés. Conozco en nuestra ciudad a individuos, aspirantes a poetas, sobre todo, que no le harían ascos a una procedencia británica – campestre, adinerada, alcoholizada y, por supuesto, de rancio abolengo - pero francesa, lo que se dice francesa, no conozco más que a una dependienta de unos grandes almacenes que se peina como Mirelle Mathieu, susurra como Francoise Hardy, te desprecia como Catherine Deneuve y piensa como Obelix.

Tengo la impresión que no es la proximidad, la cercanía o la vecindad de los pueblos la que actualmente nos influye sino la televisión, las películas, los juegos virtuales, el idioma de los ordenadores y las canciones de la radio. En definitiva, dado que el mundo del siglo XXI está en manos de los estadounidenses, todo cristo se comporta como si trabajara para la General Motors, viviera en un poblado del medio oeste, disfrutara comprando chorradas en los macro centros comerciales y estuviera liado con Mary Lou, John Doe o el pato Donald.


En un mundo dominado por el tedio tecnológico, la soledad y la desorientación generalizada, a veces, no muchas - los domingos, sobre todo, o la tarde de los jueves, que es cuando libra la criada - me pregunto en que demonios consistirá eso de ser bilbaíno: ¿en no ser vizcaíno?; ¿en ser seguidor del Athletic?; ¿en ser devoto de la Virgen de Begoña?; ¿en ser habitual de las tabernas de Somera, Licenciado Poza y Ledesma?. No tengo ni la más remota idea. Tampoco es que me vaya a suicidar por ello, pero sospecho que ser bilbaíno, en la actualidad, ya no tiene nada que ver con la legendaria tradición de las angulas, el poteo, las bilbainadas, los “Cinco Bilbaínos”, la herrumbrosa suciedad de la ría y los chistes de guipuzcoanos. Supongo que el Guggenheim nos ha transformado. Nos ha hecho, no sé, como más fotogénicos, más estilizados, menos toscos, más de diseño, casi, casi catalanes, pero, en fin, todo son opiniones, porque si ser bilbaíno también consiste en ejercer de alcohólico, prepotente, tragón, putero – la ciudad de España con más burdeles por m2 – y adicto a un régimen político hortera, aldeano, casposo, endogámico y singularmente clasista, un servidor, la verdad, preferiría haber nacido en la Conchinchina, en Reikjavik, en Guardamar del Segura e incluso, por huevos, en Torredolones.

No hay comentarios:

Publicar un comentario