miércoles, 10 de abril de 2013

Primavera


               Llueve y hace sol. Llueve de nuevo y no es un prodigio de brujas, cuentos de hadas, pócimas mágicas, lagartijas que juegan al escondite y otras fantasías animadas de ayer y de hoy, sino la primavera. En la plaza, una muchacha se ha puesto a bailar. Parece recién salida de un anuncio de vermut: delgada, risueña, bronceada, tan hermosa que resultaría fácil confundirla con el fotograma de alguna película francesa vislumbrada durante la adolescencia: salta arriba y abajo, da una vuelta, toca las palmas y levanta al cielo las manos y los ojos, contenta y entregada... El mundo se nos cuenta desde la catástrofe. Lo es, pero, por si acaso, todos los días nos lo recuerdan. La muchacha que se ha puesto a bailar en la plaza no abrirá mañana ningún telediario, no aparecerá en la portada de ningún periódico, no será minuciosamente despellejada en ninguna tertulia radiofónica porque, en este mediodía primaveral, no ha asesinado a nadie, se ha limitado a saltar arriba y abajo, a dar una vuelta, a tocar las palmas y a levantar al cielo las manos y los ojos, contenta y entregada...


             Hace tiempo que los medios de comunicación adquirieron el hábito de mostrarnos únicamente las tragedias que se suceden en el planeta. Durante la sobremesa de todos nuestros días no hacemos sino contemplar manadas de niños famélicos, mujeres apuñaladas por hombres destruidos, políticos que se corrompen por una mínima ración de codicia, cadáveres desmembrados que se amontonan en la calle tras cualquier atentado, hectáreas de bosques devoradas por incendios fabulosos o inmigrantes subsaharianos ahogados frente a las costas de nuestro paraíso occidental. El diablo sabrá porqué, pero lo cierto es que a la hora de elegir, los propietarios de los medios han elegido lo peor de la especie para mantenernos puntualmente informados del último asesinato, la última violación, la última hazaña terrorista o el último comunicado imbécil de cualquier grupo de psicópatas. En esto ha terminado derivando el negocio al que hace ya muchos, muchos años pertenezco.


                Todas estas desgracias parecen la suma exacta del tiempo que nos ha tocado vivir. Aunque no son más que un limitado fragmento de la realidad hacia el que han sido enfocadas las cámaras. Pero más allá de estas cámaras existe otra realidad que nunca es televisada: la vida de las personas que, perdidas en el tránsito diario, anónimas, sobrellevando como buenamente pueden las propias desdichas, trabajan como científicos, profesores, enfermeras, taxistas, dependientes, médicos o músicos callejeros; personas que cuidan leprosos, pasan los fines de semana con minusválidos, cocinan para el disfrute de sus amigos, mantienen distraídos a los niños, escriben para mostrarnos lo que desconocemos o limpian las casas que habitamos con la misma minuciosidad con la que las monjas de clausura, hace ya tiempo, hilaban tapices... Llueve y hace sol. Llueve de nuevo y en la plaza una muchacha se ha puesto a bailar. Baila solo por el placer de animarse y de reir. O tal vez, porque el viento la empuja y una voz interior le canta que el mundo es de ella; bailarina, sin pareja... 

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